Lado B: El bosque / 3
El crujido de las vértebras celestiales siempre ha sido el mejor sonido del mundo. Supera por mucho el cantar de los pájaros, al viento entre los árboles y, por supuesto, al estúpido silencio de la cabaña. Aunque 1 y 4 no opinan lo mismo, yo tengo claro que tengo razón.
Apoyé mi bota directamente en el centro de la espalda del ángel, hundiéndolo contra el lodo negro del bosque. El suelo vibró bajo nosotros. Sentí el pulso rítmico recorrer mis piernas, subiendo directo a mis antebrazos, donde mis puños zumbaban, calientes y ansiosos.
—¡Suéltame ya, bestia salvaje…! —Gimió el enviado, su voz supuestamente mística distorsionándose mientras tragaba tierra y su propia sangre.
—Cállate y no te muevas —Le respondí, ensanchando mi sonrisa. Tenía la respiración acelerada y los dientes apretados de puro éxtasis. Hacía meses no podía sentir esta maldita adrenalina—. Va a doler. Bueno, a mi no.
Metí mis manos desnudas en la base de su espalda, en un punto donde la carne humana se convertía en una masa densa de plumas blancas y según 4, energía sagrada. Cerré los puños, asegurando mi agarre en la raíz de sus extremidades. El ángel soltó un grito que hizo eco en todo el perímetro, pero a mí solo me dio más fuerza. Tensé los músculos de mis brazos, eché el cuerpo para atrás, y con un tirón, le arranqué sus alitas.
El sonido fue majestuoso, como si escuchara los llantos de los niños. Un desglose húmedo de tendones y cartílago rompiéndose a la fuerza.
La sangre que, por algún motivo era dorada, saltó a chorros, pintándome la cara y el pecho, estaba caliente. El ángel colapsó por completo contra el suelo, perdiendo las fuerzas, temblando mientras sus “hermosas” alas blancas quedaban tiradas en el lodo como lo que eran, basura inútil. Solté una carcajada limpia, limpiando mi mejilla con el dorso de mi mano. Eso si era vida de verdad, no limpiar platos o picar leña para simular que éramos mortales normales.
—¡Y no intentes escapar o algo así si no quieres que te arranque las piernas también! —Dije antes de volver a reírme—.
Una sombra se deslizó por mi izquierda, si no fuera por mis extraordinarios y agudizados instintos, ni me habría dado cuenta.
¡Era 4!, salió de la niebla del bosque. Llevaba su bufanda azul como el mar acomodada a la perfección, sin una mancha de lodo o sangre encima y sostenía su katana con la punta hacia abajo. Siempre me pareció aburrido que a ninguno les guste estar llenos de sangre del abismo o de enviados como este.
—Ya te diste el gusto, 3. Déjalo respirar un segundo. —Dijo 4. Su voz, como siempre, era una línea plana de calma que bajaba la emoción que tenía de golpe—.
Se agachó frente al ser moribundo. El ángel empezaba a desaparecer, sus bordes estaban volviéndose una especie de ceniza que el viento de mi amado bosque se llevaba de a poco. 4 apoyó la punta fría de su arma debajo de la barbilla del enviado, obligando al mismo a levantar la mirada.
—¿Quién los envió? —Preguntó 4, con una tranquilidad que me daban ganas de patearlo a él también—. Habla antes de que tu esencia regrese al paraíso.
El ángel escupió algo de sangre, mirando a 4 con un desprecio descomunal.
—Las deidades… no olvidan a sus herramientas desertoras —susurró el moribundo, con su voz empezando a apagarse como el fuego de una fogata que 1 no le tiró más leña—. No importa cuánto… se escondan en este basurero mortal… el Cielo vendrá a reclamar sus armas y… y… hará este mundo un lugar mejor… El Cielo no dejará cabos sueltos…
4 no pestañeó. Presionó un poco más la katana haciendo que el cuello del ángel soltara un último hilo de sangre.
—¿Cuántos más vienen tras de ti? —Insistió 4 sin apartar la mirada—.
El enviado no respondió. Solo soltó una estúpida risa ahogada que, por un golpe mío se convirtió en un suspiro de las cenizas que el viento de la noche se llevaba tras de sí. El peligro había terminado. El bosque volvió a quedarse en ese maldito y aburrido silencio.
—Vaya, qué divertido, no dijo nada útil. —Bufé, cruzándome de brazos y dejando caer el peso de mi cuerpo sobre una pierna—. Todo un poeta el pajarito. ¿Ahora qué?, ¿nos sentamos a tejer o a contar cuantos mosquitos pasan hasta que lleguen 1 y 2?
4 guardó su katana con un chasquido limpio en su funda, acomodando su preciada bufanda.
—Limpiamos el rastro. —Respondió mirándome el pecho, que estaba manchado de sangre dorada—. Si esa energía se queda en la tierra, lo más probable es que lleguen refuerzos o que los satélites humanos registren una anomalía térmica y 1 nos colgará vivos. Muévete 3.
—Primero y antes que nada… —Cubrí mi pecho con ambas manos, simulando estar indignada—. ¡Qué pervertido!, ¿qué haces mirándome así, 4?, ¿qué crees que dirá 1 o 2 cuando se enteren?
—3 —Me fulminó con la mirada—. No estamos para tus bromas. Concéntrate.
—Bah, que aburrido. Tú te quedas limpiando, yo estaré en la cabaña.
4 no hizo más que asentir, dejándome ir. Caminé de regreso pateando una piñita de pino con la punta de mi bota, lo mandé a volar como a ¿10, 20?... Muy lejos. Aburrido. Todo en ese siglo era un somnífero.
Llegué a la cabaña y empujé la puerta con la cadera. El olor a madera y al café que 4 trajo por la tarde me recibió. Crucé directo al baño y me miré en el espejo. Tenía la cara y el pecho salpicado de sangre que ya estaba empezando a secarse, volviéndose opaca. Abrí la llave y dejé que el agua helada me escurriera por las mejillas, frotando con fuerza hasta que mi piel empezó a ponerse roja. La sangre de los ángeles siempre ha sido difícil de quitar. Como la pintura barata de la que 2 me habló una vez.
Cuando salí, me tiré de espaldas en el sillón de la sala, dejando mis botas sucias apoyadas en la mesa. Sabía que si 1 me veía haciendo eso me usaría de trapo para el piso. 1 no estaba allí.
Me quedé viendo el techo un momento. Mis puños todavía vibraban un poco, ese cosquilleo siempre me quedaba en los tendones luego de un subidón de adrenalina. Las palabras de ese pajarito me daban vueltas en la cabeza “El Cielo vendrá a reclamar sus armas.”