Y cuando el rey Zhákar llegó a su vejez, sus hijos comenzaron a disputar por la herencia del reino. Cada uno de ellos se consideraba más digno que el otro, y su ambición se volvió como fuego que devora los campos.
Y en secreto tramaban contra sus propios hermanos, y alzaron ejércitos dentro de los muros de la ciudad, y cada noche el reino se llenaba de cuchicheos y de sombras que conspiraban bajo las lámparas.
Y el primogénito, Zháren, tendió la mano contra su hermano Malkhán, y lo hizo asesinar en su propio lecho.
Y cuando el rey Zhákar lo supo, rasgó sus vestiduras y clamó a los cielos con dolor.
Mas no pasaron muchos días antes de que Zhálrik, el segundo hijo, vengara la muerte de Malkhán, y en un banquete vertió veneno en la copa de Zháren, y este cayó muerto en la mesa de su padre.
Y la maldad creció en el corazón de los príncipes, y se tornaron como lobos hambrientos en busca de presa, y no hubo paz ni descanso en el palacio real.
Entonces Ishmáel, el tercero de los hijos, tomó su espada y se levantó contra Zhálrik en la plaza de la ciudad, y los hombres vieron cómo se cortaban con espadas de gran filo, hasta que ambos cayeron y la sangre corrió sobre las piedras.