Y el rey Zhákar lloró por sus hijos, y su llanto fue escuchado hasta en las murallas de la ciudad.
Y le dijeron sus consejeros:
— ¡Oh, mi señor! Tus hijos se han convertido en carniceros de su propia carne, y la tierra está teñida con la sangre de tu linaje.
Y respondió el rey:
— ¿Qué pecado he cometido para que mis hijos se destruyan entre sí? ¿Qué maldad se esconde en mi casa, que el hijo se vuelve contra el hermano y el hermano contra el hijo?
Mas su dolor no tenía fin, pues aún quedaron dos de sus hijos, Yazmór y Teshvón, y ellos no eran menos crueles que los demás.
Y se levantó Yazmór con su ejército y puso sitio a la ciudad de su propio padre, y las puertas de la fortaleza temblaron bajo el peso de su ambición.
Pero en la hora más oscura, su propio hermano Teshvón lo traicionó en la batalla, y Yazmór fue entregado a los leales del rey, y su cabeza fue puesta en una pica en las puertas de la ciudad.
Y cuando Teshvón entró a reclamar su victoria, el mismo rey Zhákar lo enfrentó con la mirada ardiente y le dijo:
— ¡Maldito seas, hijo mío, por haber bañado esta tierra en la sangre de tu linaje!
Y al oír estas palabras, Teshvón huyó de la ciudad, y no se supo más de él, y la paz volvió a reinar.
Y la única que quedó en la casa del rey fue Iszáre, la menor, la única que jamás alzó la mano contra su propia sangre.
Y el pueblo decía:
— De entre las espadas, la flor ha permanecido intacta.
Y el rey Zhákar, viendo que todos sus hijos varones se habían destruido entre sí, proclamó ante su pueblo:
— He aquí que mi reino será heredado por aquella que nunca derramó sangre. Iszáre será mi sucesora, pues en ella está la paz que mis hijos no supieron encontrar.
Y así fue que la menor de las hijas del rey, la más hermosa y la más sabia, ascendió al trono de Ashkar sin haber empuñado jamás una espada, y en su reinado la guerra cesó, y el pueblo vio tiempos de prosperidad.
Y su nombre fue recordado por generaciones, como la reina que no gobernó con la espada, sino con el corazón.