Y aconteció que cuando la reina Iszáre hubo sido puesta en el trono de Ashkar, hubo gran júbilo en la ciudad, y las calles fueron adornadas con telas de fino lino, y el pueblo cantó alabanzas a su nombre.
Y su reinado fue próspero y justo, y la guerra cesó en toda la tierra, y los días de tribulación se convirtieron en días de abundancia, y no hubo hambre ni llanto en los campos, ni terror en las ciudades.
Pero en el corazón de la reina permanecía una sombra, pues su alma no hallaba descanso, y por las noches suspiraba con tristeza, y sus doncellas la hallaban en la cámara real con los ojos vueltos al cielo, como quien busca algo que ha sido perdido.
Y un día la reina llamó a sus consejeros y les dijo:
— Decidme, oh sabios de Ashkar, ¿qué ha sido de mi hermano Teshvón, el exiliado?
Y los ancianos inclinaron su rostro y respondieron:
— Mi señora, tu hermano huyó a la tierra de Bhan’Thék, la Lágrima de Piedra, donde moran hombres fieros y sin ley, y donde la arena devora a los viajeros.
Mas la reina no se inmutó, y su corazón ardió en compasión por su hermano, y en su alma nació un deseo inquebrantable.
Y se levantó Iszáre de su trono, y extendió su mano sobre los príncipes de Ashkar y les dijo:
— Iré en busca de mi hermano, y no volveré hasta hallarlo.
Y aconteció que la reina tomó consigo a treinta jinetes escogidos, hombres fieles de su guardia, y con ellos partió hacia el sur, hacia la tierra de Bhan’Thék, donde los montes son áridos y los ríos se han secado.
Y viajaron por cuarenta días y cuarenta noches, y en su travesía enfrentaron el calor de los desiertos y el frío de las llanuras sin nombre.
Mas la reina no se detenía, pues en su corazón ardía el deseo de hallar a su hermano, y no hubo descanso para sus pies hasta que llegaron a la entrada de Bhan’Thék.
Y al entrar en aquella tierra, vieron hombres de rostros endurecidos por la miseria, y la ciudad estaba llena de sombras y de ruinas, y sus moradores hablaban en susurros, como quienes temen ser oídos.
Y preguntó la reina a los hombres de la ciudad:
— ¿Dónde está Teshvón, hijo de Zhákar?
Mas los hombres apartaban la vista y callaban, y ninguno osaba responderle.
Hasta que un anciano de barba blanca se adelantó y le dijo:
— Señora, si buscáis a Teshvón, lo hallaréis en el valle de los errantes, donde moran los desterrados y los caídos en desgracia.
Y la reina agradeció al anciano y partió con sus hombres al valle de los errantes, y al llegar, vio una multitud de hombres vestidos con harapos, hombres que en otros tiempos habían sido príncipes y guerreros, mas ahora eran como bestias sin rumbo.
Y entre ellos vio a Teshvón, su hermano.
Y he aquí que el hombre que en su juventud fue altivo y soberbio, estaba ahora encorvado y vencido, con la mirada perdida y el rostro cubierto de cicatrices.
Y la reina descendió de su caballo y se acercó a él, mas él no la reconoció, y cuando la vio vestida con las ropas reales, cayó de rodillas y cubrió su rostro de vergüenza.
Y dijo Teshvón:
— ¡Oh, quién eres tú, que vienes con corona y escolta a esta tierra de olvidados! ¿Vienes acaso a burlarte de los que han caído en desgracia?
Pero la reina se arrodilló ante él y le tomó de la mano, y con voz dulce le dijo:
— No he venido a humillarte, hermano mío, sino a devolverte lo que perdiste.
Y al oír esto, Teshvón levantó su rostro, y vio en ella la misma hermana que había dejado atrás, aquella que nunca había tomado espada contra su propia sangre.
Y se postró ante ella y lloró, y su llanto fue amargo, y la tierra fue testigo de su arrepentimiento.
Y la reina le tomó de la mano y le dijo:
— Levántate, hermano mío, pues ya no eres un exiliado.
Y lo vistió con ropas nuevas y lo montó en su propio caballo, y juntos salieron de Bhan’Thék, y cuando llegaron a la ciudad de Ashkar, la reina proclamó ante el pueblo:
— Este es mi hermano, aquel que fue dado por muerto, pero ahora ha vuelto. He aquí que no hay mayor gloria en un reino que el perdón, y no hay mayor victoria que la redención.
Y restituyó a Teshvón todo lo que había perdido, y le dio tierras y un lugar en la corte, y en su corazón nunca guardó rencor.
Y así fue que en los días de Iszáre, la paz cubrió la tierra como un manto de estrellas, y los hijos de Ashkar aprendieron que la misericordia es más poderosa que la espada, y que el perdón es el arma de los reyes verdaderos.
Y el nombre de Iszáre fue recordado por generaciones, y el pueblo cantó su historia en las plazas y en los templos, diciendo:
— Bienaventurada la reina que no reinó con la guerra, sino con la gracia, y dichoso el pueblo que la tuvo por madre.