El negativo de ti

Damon, el odioso

Lo sé. Soy una mala persona.

Soy una mala persona porque, mientras mi madre lloraba en el porche de nuestra casa en Texas, yo solo podía pensar en lo mucho que deseaba que el taxi acelerara para no tener que mirar atrás. Y soy una mala persona porque ahora, seis meses después, estoy sentada en un ático de tres millones de dólares en la calle 22, bebiendo un café que no puedo pagar y deseando que el novio de mi mejor amiga se caiga por el balcón. O que me bese. Lo que ocurra primero.

Nueva York no te recibe con los brazos abiertos. Te recibe con un puñetazo en las costillas y el ruido constante de las sirenas que te recuerdan que, si te detienes un segundo, la ciudad te pasará por encima. Al principio, cuando llegas de un lugar como Brownsville, crees que las luces de Times Square son para ti, que el brillo de los rascacielos es una invitación. Pero luego te das cuenta de la verdad: esas luces solo sirven para que los demás vean cómo fracasas en alta definición.

Mi mejor amiga, Mila, no tiene ese problema. Ella nació para ser iluminada. Ella es el sol y yo soy... bueno, yo soy el negativo de la foto. La parte oscura que nadie quiere mirar hasta que el papel se sumerge en el químico.

—Elara, por el amor de Dios, deja de mirar ese negativo como si fuera a revelarte el sentido de la vida —la voz de Mila me sacó de mi trance.

Apareció en el salón envuelta en una bata de seda color perla que probablemente costaba más que todo mi equipo fotográfico. Tenía el pelo recogido en un moño perfecto y olía a esas flores caras que solo crecen en invernaderos privados. Ella se movía por el loft con una gracia natural, como si el suelo de madera de roble hubiera sido colocado solo para sus pies.

—Es para el proyecto de fin de mes, Mila. El profesor Harrison dice que a mis fotos les falta alma. Yo creo que lo que les falta es que él deje de ser un pretencioso —respondí, aunque mis manos temblaban un poco mientras sostenía la tira de celuloide frente a la lámpara.

—Damon llegará en diez minutos —anunció ella, ignorando mi queja mientras se revisaba las uñas—. Vamos a ir a cenar al Buvette y luego hay una fiesta en el Soho. Por favor, dime que no vas a recibirlo con esa camiseta vieja. Tiene manchas, El. Parece que te has peleado con un calamar.

—Es mi ropa de trabajo, Mila. Y no voy a ir a esa cena. Tengo que terminar esto.

—No seas aburrida. Damon dice que necesitas socializar más. Que pareces una ermitaña atrapada en el siglo veinte con tus cámaras de rollo.

Apreté los dientes. Damon Cavendish. El nombre sabía a ceniza en mi boca. Damon era el hijo de Alistair Cavendish, una leyenda del cine, y él mismo ya era la cara de una de las series más vistas de la televisión. Era guapo de una forma que resultaba ofensiva; de esa forma que te hace querer odiarlo solo para protegerte de lo que te hace sentir.

No tardó mucho en aparecer. Damon no entra en las habitaciones; las invade. Cuando la puerta del loft se abrió, el aire pareció succionarse hacia él, dejando un vacío que solo él podía llenar. Llevaba una chaqueta de cuero desgastada sobre una camiseta negra básica y unos vaqueros que le quedaban demasiado bien. Su cabello oscuro estaba revuelto de esa manera estudiada que los tabloides llamaban estilo rebelde sin causa.

—Vaya, la intrusa ha salido de su cueva —soltó a modo de saludo.

Ni siquiera me miró a la cara. Caminó directamente hacia la mesa de madera donde yo tenía desplegadas mis hojas de contactos y, con un movimiento descuidado, tiró sus llaves de Mercedes justo encima de una de mis fotos favoritas.

—Se llama trabajar, Damon. Algo que tú solo haces cuando hay un cheque de seis ceros de por medio —le solté, sintiendo ese picor familiar en la sangre. La adrenalina de la pelea era lo único que me hacía sentir viva en ese apartamento.

Él se detuvo. Se giró hacia mí con una lentitud exasperante, metiendo las manos en los bolsillos de la chaqueta. Sus ojos azules, fríos como el hielo de Central Park en enero, me recorrieron de arriba abajo con un desprecio que me hizo sentir repentinamente pequeña.

—¿Trabajar? —repitió, acercándose un paso. Su presencia era como una pared de calor—. ¿Esto es lo que llamas trabajo? ¿Fotos de callejones sucios y gente durmiendo en el metro? Es muy... poético, Elara. Muy de artista atormentada que vive de la caridad de su mejor amiga.

Sentí el golpe directo en el estómago. Mila, desde la cocina, no dijo nada. Ella siempre decía que Damon era así, que solo estaba bromeando. Pero yo sabía que no era una broma. Era un recordatorio de mi lugar en su mundo.

—Se llama realismo, Cavendish. —respondí, sosteniéndole la mirada aunque por dentro quería gritar—. La gente real tiene problemas reales. No se pasan el día preocupándose por si su perfil izquierdo sale bien en la portada de Variety.

Damon soltó una risa seca, un sonido bajo que vibró en el aire entre nosotros. Se inclinó sobre mi mesa, apoyando las manos en el borde de madera, atrapándome en su espacio. Estaba tan cerca que podía olerlo: sándalo, tabaco caro y esa fragancia limpia que solo tienen los que nunca han tenido que limpiar su propio desorden.

—El realismo es para los mediocres, preciosa —susurró, bajando la voz para que Mila no nos oyera. El uso de ese apelativo sonó como un insulto—. La gente no paga por ver la miseria que ya tiene en sus casas. Paga por la fantasía. Paga por verme a mí porque represento lo que ellos nunca serán.

—Representas un guion escrito por tres personas y editado por otras diez. No eres real, Damon. Eres un producto.

La mandíbula de Damon se tensó. Vi cómo un pequeño músculo saltaba en su mejilla. Por un segundo, la máscara de actor arrogante se agrietó y vi algo oscuro, algo cargado de una rabia antigua que me hizo dar un paso atrás.

—¿Quieres ver algo real? —preguntó, su voz apenas un hilo peligroso—. Ven conmigo esta noche. Deja tu cámara de juguete y tus humos de superioridad moral en este apartamento y mira cómo funciona el mundo de verdad. Si aguantas dos horas sin juzgar a todo el mundo, quizás te deje tomarme una foto. Una de verdad.




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