Arianela
Había comenzado a revisar las cuentas y noté con satisfacción que el hotel había tenido un ligero aumento en el número de huéspedes. Sonreí mientras me levantaba de mi oficina para hacer una inspección general. No pensaba permitir que se repitiera la misma historia de antes: otra recepcionista que solo venía a perder el tiempo con el móvil y que ni siquiera se dignaba a atender a los clientes como se merecían.
Me dirigí al vestíbulo, caminando con paso firme, guiada por la supervisora y la gerente. Mis ojos recorrían cada rincón: el suelo brillaba, las lámparas relucían, y las mujeres de limpieza continuaban trabajando con esmero para dejar todo impecable. Este hotel fue fundado por mis padres cuando apenas tenían 25 años, así que para mí es sagrado mantenerlo perfecto, como un homenaje a su memoria.
Me detuve frente a las dos grandes fotografías de ellos, decoradas con elegantes marcos dorados, y solté un suspiro lleno de nostalgia. Tras ese breve momento, continué mi recorrido.
—¿Cómo ve todo, señora? —preguntó la supervisora, acercándose un paso.
Me detuve y la miré con seriedad.
—Todo impecable, justo como me gusta. Recuerden siempre que la atención al cliente es la base del crecimiento del hotel… y también del salario de cada uno de ustedes. La sonrisa es primordial: sonrían, aunque tengan problemas en casa, con la familia, con lo que sea. Aquí, las personas no vienen a rogar; vienen a hospedarse, y merecen respeto y amabilidad, aunque solo pidan la habitación más económica. No quiero groserías ni actitudes que los humillen.
—Claro que sí, señora, tiene toda la razón —respondió con convicción—. Seremos más eficientes y amables. Haré todo lo posible para que los demás también lo sean.
—Eso es lo que quiero escuchar —afirmé con firmeza—. Recuerda que cuando yo no estoy, tú eres la encargada. No lo olvides.
Solté un leve bufido mientras proseguía mi inspección, concentrada en cada detalle. Sin darme cuenta, choqué de frente contra un cuerpo. Estuve a punto de caer de bruces, pero unas manos fuertes me sostuvieron con firmeza por la cintura, ayudándome a recuperar el equilibrio. Al alzar la vista, quedé sorprendida: frente a mí, un hombre árabe me miraba con una sonrisa deslumbrante.
Tragué saliva, un tanto avergonzada, y bajé la cabeza. Él hizo lo mismo, inclinándose con amabilidad.
—Bienvenido —dije, intentando controlar mi voz.
—Gracias —respondió en un español perfecto que me dejó boquiabierta—. Vengo por una habitación.
—Claro que sí, pase adelante. Está usted en el mejor lugar —contesté, recomponiéndome.
—Gracias, señorita —sonrió con un guiño que me descolocó por completo.
Elevé las cejas, sorprendida, y le indiqué a la supervisora que lo acompañara directamente a recepción. Mientras me giraba, escuché una risita discreta detrás de mí: era la gerente.
—Perdón, señora, por la falta de respeto —se apresuró a disculparse.
—Tranquila —le respondí con un gesto de la mano—. ¿Viste qué guapo era?
—Sí… viene aquí constantemente.
—Me sorprendió que hablara español con tanta fluidez.
—Habla muy bien, señora. De hecho, viene seguido por aquí.
—Wow, es un hombre impresionante… Pero bueno, tengo que irme. Me esperan en la empresa, en la granja y en el restaurante. Hoy tengo demasiado trabajo. Espero que todo siga llevándose a cabo como hasta ahora. El aumento de huéspedes me ha dado confianza.
—Que le vaya bien, señora. Cuídese mucho —dijo la gerente con un tono de respeto.
—Nos vemos —me despedí mientras bajaba las escaleras hacia la estación de autos.
Subí a mi coche y comencé a conducir rumbo al restaurante. Pensé en ir a la granja hoy mismo, pero preferí dejarlo para mañana: originalmente planeaba hacerlo el sábado, pero le di libre ese día a Kenneth, y si no lo hago pronto, podría escaparse. Lo he notado dudoso últimamente; y con tres niños tan inquietos como los que tiene que cuidar, cualquiera querría salir corriendo.
Sacudí la cabeza para apartar esos pensamientos y me concentré en la carretera. Últimamente, manejar me ha puesto más nerviosa, así que procuro hacerlo con moderación, sin sobrepasar los 50 kilómetros por hora. Respiro profundo, observando cada detalle de la calle mientras avanzo con cuidado hacia mi siguiente destino.
***
Me encontraba sentada en la sala de reuniones, intentando concentrarme en lo que decía Morgan, que explicaba con entusiasmo su nueva estrategia para contactar a los dueños de varios talleres y empresas. Pero mi mente estaba en otro lugar; ni yo misma entendía por qué estaba tan distraída. Aburrida, apenas lograba captar lo que decía, hasta que proyectó en la pantalla las imágenes de algunos chefs que participarían en el gran concurso de dichoso concurso para ganar diamantes y estrellas.
Cuando la presentación terminó, Morgan me comento que el dueño del restaurante chino aceptó firmar con él para formalizar la fusión. No entendía por qué Morgan insistía tanto en que yo también firmara; al fin y al cabo, él es el gerente y segundo al mando, y yo ni siquiera estaba disponible por esa razón no era necesario mi firma. Para mí, lo realmente importante era que la fusión entre los restaurantes ya estaba cerrada; ahora solo quedaba esperar el dichoso evento, donde se definirían los tres primeros lugares entre, según imaginaba, miles de restaurantes de todo el país. Nada de eso me era importante.
Decidí mantenerme al margen de esa parte del proyecto; prefería que todo recayera en Morgan, porque no tenía ganas de lidiar con posibles imprevistos. Cuando terminó la reunión, me levanté con serenidad, saludé a los trabajadores, chefs y meseros, y les indiqué que pasaran con el administrador para recibir un pequeño bono que otorgo cada fin de mes como muestra de agradecimiento por su esfuerzo. Me dio gusto ver cómo todos me agradecían antes de marcharse.
Morgan se acercó a mí con una sonrisa y me extendió el contrato. Alzé las cejas y fruncí el ceño; no tenía el más mínimo deseo de leerlo en ese momento, pero tomé el papel y lo revisé por encima.