Un sábado, mientras su madre dormía, Ian buscó algo en el cajón del comedor.
Entre papeles viejos encontró un sobre amarillento con letras torcidas.
Decía: “Para Thomas McAllister”.
El corazón le dio un vuelco. Ese era el nombre de su padre.
Abrió la carta con cuidado.
La tinta estaba corrida, pero alcanzó a leer:
“No sé si fue un error dejarte ir o si fue lo correcto.
Ian pregunta por ti todos los días.
Yo no sé cómo decirle la verdad.
—Margaret.”
Ian se quedó quieto. No sabía si llorar o gritar.
Su madre nunca le había hablado de su padre. Siempre decía que los había abandonado, que era un cobarde.
Pero esa carta decía otra cosa.
Se guardó el sobre en el bolsillo, y esa noche, mientras el viento golpeaba la ventana, soñó con un campo dorado, sin lluvia.
En medio del campo estaba el hombre del paraguas azul.
Solo que esta vez, el paraguas no era azul:
era blanco, brillante, como si guardara la luz del cielo.
—Ian —dijo el hombre en su sueño—, cuando la lluvia termine, encontrarás la verdad.
—¿Quién eres? —preguntó él.
—Soy lo que has perdido… y lo que aún te espera.
Despertó sobresaltado. El bebé lloraba, la madre dormía, y afuera volvía a llover.
Pero en su pecho, por primera vez, Ian sintió algo nuevo: esperanza.
Editado: 12.11.2025