El tercer día sin sol, Ian escuchó un golpe en la puerta.
Dejó el balde y se secó las manos en el pantalón antes de abrir.
Afuera estaba la señora Kellan, la vecina del final de la calle, con su abrigo largo y un paraguas verde lleno de goteras.
—Buenos días, Ian —dijo con una sonrisa amable—. ¿Tu madre está?
—Está dormida.
—Ah, ya veo. Siempre está dormida.
Su voz no sonó cruel, sino cansada.
Traía en las manos una cesta con pan caliente y una manta pequeña.
—Esto es para el bebé. Lo oigo llorar casi todas las noches.
Ian bajó la mirada, avergonzado.
—Gracias, señora Kellan. Yo… —
—No tienes que agradecer, muchacho. No hay vergüenza en aceptar un poco de bondad.
Ella entró unos pasos y miró el interior de la casa.
Las paredes estaban sucias, el aire olía a humedad y jabón viejo.
—Trabajas mucho para tu edad —susurró—. Tus manos parecen de un hombre.
Ian se encogió de hombros.
—Alguien tiene que hacerlo.
Antes de irse, la anciana le entregó un libro de tapa dura, cubierto de polvo.
—Era de mi hijo —dijo—. Se llama Cuentos de las Tierras del Norte.
Ian lo sostuvo como si fuera un tesoro.
—¿Puedo quedármelo?
—Por supuesto. Pero prométeme algo:
cuando leas una historia, cree en ella, aunque sea por un instante.
Esa noche, Ian abrió el libro bajo la luz tenue de una vela.
Las páginas hablaban de castillos invisibles, de duendes escondidos entre la niebla, de hombres que caminaban bajo la lluvia para cuidar los sueños de los niños.
Uno de ellos, según la historia, llevaba un paraguas azul.
Ian dejó de leer, con el corazón acelerado.
—Entonces… ¿sí existe? —susurró.
Editado: 12.11.2025