El frío del bosque le pasó factura.
A la mañana siguiente, Ian despertó con fiebre.
Sus manos estaban enrojecidas, con grietas que ardían al contacto del agua.
Intentó levantarse para preparar el desayuno, pero las piernas le temblaban.
Su madre lo vio toser, y en lugar de preocuparse, frunció el ceño.
—Si te enfermas, ¿quién va a limpiar? —dijo con voz áspera.
—Puedo hacerlo más tarde, mamá.
—No, lo harás ahora.
Ian obedeció en silencio. Lavó los platos, barrió el suelo, cambió el pañal del bebé.
Cada movimiento era un dolor, pero su madre no lo notaba.
Al mediodía, su cuerpo ya no resistía más.
Se desmayó frente al fregadero, cayendo sobre el piso mojado.
Horas después, un golpe en la puerta lo despertó.
Era la señora Kellan.
—Dios santo, Ian… —exclamó al verlo pálido, temblando—. Ven conmigo, hijo.
Lo llevó a su casa, una vivienda cálida que olía a pan recién hecho y lavanda.
Le puso una manta y le preparó una sopa.
—No debiste venir solo al bosque —le dijo con suavidad—. Está lleno de cosas que no todos pueden ver.
—Yo lo vi… al hombre del paraguas azul.
La anciana se detuvo.
—¿Qué dijiste?
—Me habló. Dijo que lo imaginé… pero parecía real.
La señora Kellan guardó silencio unos segundos, luego dijo:
—A veces, las almas perdidas buscan a quienes aún pueden verlas.
—¿Entonces no estoy loco?
—No, Ian. Solo tienes el corazón despierto.
Editado: 12.11.2025