Pasaron tres días. Ian mejoró.
Cada tarde ayudaba a la señora Kellan a regar las plantas y cuidar a su gato.
Se sentía seguro allí, lejos de los gritos y del frío.
Una mañana, mientras ella horneaba pan, Ian tomó una hoja y comenzó a dibujar.
Sin darse cuenta, trazó el rostro del hombre del paraguas azul.
Ojos serenos, mirada triste, sonrisa suave.
Cuando terminó, la señora Kellan lo observó por encima del hombro y se quedó inmóvil.
—Ese hombre… —susurró—. Lo conozco.
—¿Cómo?
—Se llamaba William. Vivía aquí, hace muchos años. Tocaba el violín en las plazas, siempre bajo la lluvia.
—¿Y qué le pasó?
—Una noche de tormenta, un niño cayó al río. William saltó para salvarlo… pero nunca volvió a salir.
Ian sintió un escalofrío.
—¿Y el niño?
—Sobrevivió, pero se marchó del pueblo. Nadie supo su nombre.
El silencio llenó la habitación.
Ian miró su dibujo y notó algo extraño:
una gota de agua se deslizó por el papel, aunque no había llovido.
La señora Kellan sonrió con tristeza.
—Cuando los corazones buenos mueren, a veces la lluvia los recuerda.
Editado: 12.11.2025