Esa noche, Ian soñó con el sonido de un violín.
Era la misma melodía que escuchó en el bosque, suave y triste, como un suspiro del viento.
Al despertar, la melodía seguía en su cabeza.
La tarareó mientras caminaba hacia la escuela, hasta que uno de sus compañeros lo escuchó.
—¿De dónde aprendiste esa canción? —preguntó el niño.
—No lo sé. La escuché en un sueño.
—Suena bonita.
En clase de música, la maestra pidió a los alumnos que compusieran una pequeña pieza.
Ian tomó la flauta vieja de la escuela y tocó la melodía.
Cuando terminó, el aula quedó en silencio.
La maestra lo miró con los ojos brillantes.
—Ian… eso fue hermoso. ¿Cómo se llama?
Él dudó un instante y respondió:
—La canción del cielo gris.
Esa tarde, cuando volvió a casa, su madre lo esperaba con una mirada dura.
—¿Dónde estabas? —gritó—. ¡Te dije que vinieras directo después de clases!
—Estuve practicando música…
—¿Música? ¡Eso no sirve para nada!
Ian sintió las lágrimas subirle a los ojos, pero no las dejó caer.
Solo apretó los labios y pensó en la canción.
Sabía que, de alguna forma, esa melodía era su refugio, su secreto, su verdad.
Esa noche, el hombre del paraguas azul volvió a aparecer en su sueño.
—Esa canción… —dijo—. Es la llave para abrir lo que perdiste.
—¿Qué perdí? —preguntó Ian.
—La respuesta está en tu nombre.
Ian despertó con el corazón latiendo rápido.
Por primera vez, no sintió miedo.
Solo un impulso: descubrir quién era realmente.
Editado: 12.11.2025