La lluvia volvió después de una semana de calma.
El viento golpeaba las ventanas con furia, como si quisiera entrar.
Ian estaba sentado junto a la chimenea de la señora Kellan, leyendo el libro de leyendas.
En una de las páginas, una frase lo hizo detenerse:
“Los que buscan el reflejo del agua encontrarán el rostro que creyeron perdido.”
Cerró el libro y pensó en su padre.
Aún guardaba la carta que había encontrado en casa, escondida entre su ropa.
A veces la leía en secreto, imaginando cómo sería aquel hombre: su voz, su sonrisa, su forma de mirar.
Esa tarde, se atrevió a preguntar:
—Señora Kellan, ¿usted conoció a mi padre?
Ella levantó la vista, sorprendida.
—¿Tu padre? Thomas McAllister… sí, lo recuerdo.
—¿Cómo era?
—Un hombre bueno, trabajador. Tocaba la guitarra en la iglesia. Siempre hablaba de ti.
Ian sintió que el aire se le iba.
—Mi madre dijo que nos abandonó.
La anciana suspiró.
—No fue así. Él quiso quedarse, pero Margaret lo echó. Hubo palabras duras, y después de eso… él se marchó.
El silencio cayó sobre la habitación.
Las lágrimas le quemaban los ojos.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Ian con la voz temblorosa.
—Nadie lo sabe. Algunos dicen que vive en Inverness. Otros, que se fue más al norte.
Ian apretó los puños.
El mundo le dio vueltas.
De pronto, comprendió algo: todo lo que su madre le había dicho era mentira.
La figura del paraguas azul, la canción, los sueños… todo parecía llevarlo a una sola verdad.
Su padre seguía vivo.
Y él debía encontrarlo.
Editado: 12.11.2025