El amanecer llegó con un cielo bajo y nubes pesadas.
Ian se levantó antes que todos y preparó un pequeño bolso.
Metió dentro su cuaderno, el libro de leyendas, la carta y una flauta.
Nada más.
Ben dormía tranquilo.
Ian lo observó con ternura, acariciando su mejilla suave.
—Algún día volveré por ti —susurró—. Y te llevaré lejos de aquí, donde el sol salga de verdad.
Al bajar las escaleras, su madre lo esperaba despierta.
—¿Dónde crees que vas? —dijo con voz ronca.
—A la escuela —mintió.
—No me mientas, Ian. —Se levantó, tambaleante—. ¿Vas a buscarlo, verdad? ¡A ese hombre!
—Sí —respondió con firmeza.
—¡Él no te quiere! ¡Nadie te quiere!
Ian respiró hondo.
—Tal vez no… pero quiero saber por qué.
Su madre se quedó en silencio, con el rostro tenso.
Por un momento, pareció quebrarse.
Luego se dio la vuelta.
—Vete entonces. No vuelvas.
Ian no contestó.
Cruzó la puerta y sintió la lluvia caerle en el rostro.
Caminó sin mirar atrás.
Cada paso era un golpe, pero también una liberación.
El viento olía a mar y a tierra húmeda.
Por primera vez, el cielo gris no le parecía triste.
Era el mismo color que tenían los sueños antes de hacerse realidad.
Editado: 12.11.2025