Esos días la estaba pasando muy triste y solo, así que mi papá me compró un telescopio con sus ahorros. Me puse tan feliz, porque sabía que a mi papá le había costado mucho esfuerzo comprarlo.
Cuando lo vi, sentí que algo dentro de mí volvía a encenderse.
Obviamente llame a Samuel y a connie para estrenarlo juntos, y así fue: fue una noche muy bonita. La pasamos muy bien mirando el cielo, intentando descubrir nuevas estrellas.
—Mira esa —dijo connie señalando una estrella brillante —. Esa va a ser nuestra estrella.
Samuel se río y dijo:
—Entonces cuando estemos lejos podemos mirar esa estrella y acordarnos de este momento.
Y no dije nada, pero me gustó la idea.
Nos quedamos mucho tiempo mirando el cielo. En ese momento sentí que nada podía salir mal.
Pero al mismo tiempo lamentamos que al día siguiente yo tendría que ir a otro colegio.
Llegó el día de entrar al nuevo colegio. Ya solo faltaban tres meses para que el año escolar terminara y me propuse aguantar, pero fue muy difícil, porque todos, sin excepción, me hacían bullying.
A veces me escondía en el baño durante el recreo para que nadie se burlara de mí.
Aun así aguanté todo, porque sabía que pronto terminaría.
Pasó un año.
Y era hora de entrar a la secundaria.
Como lo prometí, me inscribí en el mismo colegio que Samuel y Connie.
Pensé que todo volvería a ser como antes.
Pero no empezó nada bien.
Un día antes de comenzar las clases, Connie y su padre sufrieron un accidente automovilístico.
Durante tres días no pude dejar de pensar en ella.
Miraba el cielo todas las noches y repetía en mi mente:
Por favor, que no le pase nada.
Pero a los tres días connie falleció.
Sentí como si el mundo se hubiera detenido.
Cuando fui al hospital, la madre de connie se acercó a mí con los ojos llenos de lágrimas.
—Lo siento mucho —me dijo —.
—Connie te dejo una carta antes de morir.
En ese momento no pude decir nada.
Solo tomé la carta con las manos temblando.
En ese momento no pude decir nada.
Solo tomé la carta con las manos temblando.
Después de eso caí en una crisis durante una semana. No comía, no dormía. Lo único que hacía era mirar las estrellas desde mi ventana.
Sentía que si dejaba de mirarlas...
También perdería a connie.
Cuando pasó esa semana comencé a ir al colegio, aunque seguía muy triste.
Cuando vi a Samuel me acerqué a él y le dije que iba a extrañar mucho a connie.
Él me dijo lo mismo y me prometió que los dos seguiríamos siendo amigos, y que nadie podría remplazar el lugar que connie tenía. Pero no fue así.
Samuel no aguanto la presión social de que lo vieran con un niño "raro" como yo.
Poco a poco comenzó a alejarse.
Primero dejó de sentarse conmigo.
Luego dejo de hablarme.
Y un día lloré mucho.
Lo único que hacía después de ese incidente era pensar en connie y en como ella me habría defendido.
Esa noche miré el cielo otra vez.
Las estrellas brillaban como siempre.
Pero había una que brillaba más que todas.
En ese momento lo entendí.
Esa estrella era connie.
Y mientras la miraba, pensé algo que nunca olvidaría:
Las estrellas siempre estuvieron conmigo.
Cuando estaba feliz.
Cuando estaba triste.
Y cuando más necesitaba a alguien.
Tal vez por eso sentí que las estrellas eran mis únicas amigas.
Porque siempre iluminaron mi niñez cuando mas lo necesité.