Han pasado cinco días desde que connie murió.
Cinco días desde que todo cambió.
La secundaria ya no se siente igual.
Antes, cuando caminaba por los pasillos, siempre sabía que al final del día nos reuniríamos para hablar o mirar al cielo. Ahora todo se siente vacío. Como si algo importante hubiera desaparecido y nadie supiera cómo llenarlo.
La gente sigue hablando, riendo, viviendo sus vidas como si nada hubiera pasado.
Pero para mí todo es diferente.
A veces siento que el tiempo se detuvo justo ese día.
Hoy volví a ver a samuel en el patio de la escuela. Estaba al otro lado, sentado en una banca. Por un momento pensé en acercarme... Pero no lo hice.
Él tampoco se acercó.
Supongo que los dos estamos rotos de la misma forma, pero ninguno sabe cómo arreglarlo.
Las clases pasan lentamente. Los profesores hablan, escriben en la pizarra, hacen preguntas... Pero mi mente está en otro lugar.
Está con Connie.
Recordando su risa.
Recordando las veces que mirábamos las estrellas.
Esa noche, cuando llegué a casa, salí al patio y miré el cielo.
Las estrellas estaban ahí, brillando como siempre.
Pero esta vez se sentían diferentes.
Antes las miraba con Connie.
Ahora las miro solo.
Y mientras las observo, no puedo evitar pensar en algo que ella me dijo una vez:
—Las estrellas nunca desaparecen... Solo dejamos de verlas.
No sé si eso sea verdad.
Pero me gusta pensar que, en algún lugar del cielo, hay una estrella que brilla un poco más que las demás.
Y me gusta imaginar que esa estrella es connie.