Su padre la esperaba tras el borde de un periódico, pero su mirada protectora lo delataba.
—Parece que medio Milán intenta llamar tu atención hoy —dijo con una voz cargada de una preocupación que no lograba ocultar.
Emilia se sentó, ignorando el café humeante.
—Son solo flores, papá.
—Te vi en el balcón, Emilia —soltó él, dejando el diario sobre la mesa con un golpe seco—. Vi tu llanto... y luego te vi en los brazos de ese animal. Adriano Bianchi es un incendio, hija. Un hombre que no entra en una casa si no es para verla arder. No quiero que seas el combustible de su guerra contra nosotros.
Emilia sostuvo la mirada de su padre. El dolor de la noche anterior seguía ahí, pero ahora estaba envuelto en una capa de hielo.
—Tal vez el problema, papá, es que en esta casa hace demasiado frío. No te preocupes por Bianchi; él solo es... una distracción.
***Necesitaba salir de esa atmósfera cargada de secretos. Tomó las llaves de su deportivo y condujo por las calles de Milán hasta detenerse frente a una boutique de ultra-lujo en Via Montenapoleone. Quería gastar, quería sentir el peso de las bolsas en sus manos y la suavidad de las telas nuevas para borrar la sensación de ser una pieza de ajedrez en manos de Leonardo.
Dentro de la boutique, el silencio era absoluto. Emilia eligió un vestido de seda líquida color medianoche, con una caída que prometía delinear cada centímetro de su figura. Entró al probador, se deshizo de su ropa y se deslizó dentro de la prenda. La seda estaba fría, pero su piel seguía ardiendo. Al intentar subir el cierre en su espalda, el metal se trabó a mitad de camino.
—Maldita sea... —susurró Emilia, arqueando la espalda, sus dedos luchando inútilmente contra la cremallera.
De repente, el aire en el pequeño cubículo se volvió pesado, eléctrico. No escuchó pasos, pero sintió una presencia que le erizó el vello de la nuca. Unas manos grandes, calientes y firmes se apoyaron en su cintura, sujetándola con una posesividad que le cortó el aliento. Emilia se quedó petrificada.
Los dedos del intruso rozaron su piel desnuda con una lentitud tortuosa. El cierre subió centímetro a centímetro bajo el mando de esas manos expertas, mientras ella observaba en el espejo cómo sus propios ojos avellana se dilataban por la sorpresa y el deseo repentino. Cuando el metal llegó al final, sintió unos labios húmedos y calientes depositar un beso lento y profundo en su hombro.
—Te dije que el verde era mi favorito —susurró esa voz de terciopelo y ceniza en su oído—, pero este azul... este azul me hace querer olvidarme de todo lo que tengo que hacer hoy.
Emilia se giró con el corazón martilleando contra sus costillas, atrapada entre el espejo y el pecho de Adriano Bianchi. Él estaba allí, impecable en su traje oscuro, pero con una mirada salvaje que no encajaba en esa boutique refinada.
—¿Qué hace aquí? ¿Cómo se atreve a entrar así? —logró decir ella, aunque su cuerpo se traicionaba inclinándose imperceptiblemente hacia él.
—Te vi bajar de tu auto —respondió Adriano, acortando la distancia hasta que sus cuerpos se rozaron. Su aroma a sándalo y tabaco caro la envolvió como una red—. Tenía una reunión importante a dos manzanas de aquí, socios esperando por un contrato de millones... pero te vi a ti. Y de repente, los negocios me parecieron una pérdida de tiempo comparados con la posibilidad de verte a solas.
Adriano atrapó un mechón de su melena castaña y tiró suavemente hacia atrás, obligándola a mirarlo.
—Dime que me vaya, Emilia. Dime que no sientes cómo tu pulso se vuelve loco bajo mi mano... y saldré de aquí ahora mismo.
Pero Adriano no se movió. Sus manos bajaron de nuevo a la curva de sus caderas, presionándola contra él con una firmeza que decía que, para él, ella era la única reina que importaba, y que no había contrato en todo Milán que valiera más que ese momento en la oscuridad del probador.
Mientras Adriano la sostenía contra el espejo, Emilia sintió el peso de su propia mentira. En Milán, el apellido Vercelli era sinónimo de realeza, de una pureza de linaje que ella defendía cada día con la espalda recta y la barbilla en alto. Solo el círculo más íntimo sabía que el hombre que desayunaba con ella no compartía su ADN; que solo era el hombre que amó a su madre y le dio un nombre para protegerla.
Ese secreto era su armadura, pero también su celda. Y en ese probador, bajo la mirada de Adriano, sentía que él podía ver a través de las costuras de su vestido de seda y de su identidad.
—Pareces perdida en tus pensamientos, principessa —susurró Adriano. Su mano subió desde su cadera hasta su mejilla, obligándola a centrarse en él—. ¿O es que estás pensando en cómo explicarle a tu "familia" que el enemigo te ha encontrado en un lugar tan íntimo?
—Usted no debería estar aquí, Adriano —logró decir ella, recuperando un poco de esa frialdad aristocrática—. Si alguien nos ve, el escándalo destruiría todo lo que mi padre ha construido.
Editado: 05.05.2026