En la penumbra del probador, el teléfono de Emilia seguía vibrando sobre el taburete, iluminando la seda del bolso con el nombre de Leonardo. Adriano miró la pantalla con una sonrisa de victoria antes de volver a clavar sus ojos negros en los de ella.
—¿Vas a contestar, Emilia? —susurró, su aliento rozando sus labios—. ¿Vas a dejar que el dueño del castillo interrumpa el momento en que su reina por fin empieza a respirar?
Emilia no respondió. El zumbido del teléfono era un recordatorio de su mundo de cristal, pero el calor de las manos de Adriano en su cintura era la realidad. Ella no estiró la mano para tomar el móvil. En lugar de eso, sus dedos se enterraron en la camisa de Adriano, buscando un anclaje.
Adriano aceptó la invitación. No fue un beso romántico de película; fue un asalto. Sus labios reclamaron los de ella con un hambre voraz, una posesividad que Emilia nunca habría imaginado. Fue su primer beso, pero lejos de la suavidad que ella esperaba, fue una colisión de deseo y ansias de ser poseída. Sus lenguas se encontraron en una danza húmeda y pecaminosa que la dejó sin aliento. Por primera vez en su vida, Emilia sintió una humedad traicionera y caliente en su ropa interior, una respuesta visceral a la masculinidad de Adriano que la dejó aturdida.
—Signorina Vercelli… ¿todo bien? ¿Necesita otra talla? —La voz de la vendedora al otro lado de la cortina fue como un balde de agua fría.
Emilia se separó de Adriano con un jadeo, mirándolo con horror. Estaba despeinada, sus labios estaban hinchados y su cuerpo temblaba con una intensidad que la avergonzaba. Acababa de entregarse al enemigo en un vestidor de Milán. Adriano, en cambio, se limitó a alisarse la chaqueta con una calma insultante, disfrutando del caos que había provocado en ella.
***El regreso a la mansión fue un tormento de pensamientos. Al entrar al comedor para el almuerzo con sus padres y los tíos, Emilia se sintió una extraña. Leonardo estaba allí, sentado con su postura impecable, hablando de negocios con la frialdad que lo caracterizaba.
Emilia lo observó mientras él cortaba su carne con precisión quirúrgica. Siempre lo había amado en secreto, lo había idealizado como su caballero de hielo, pero en ese momento, la comprensión la golpeó: nunca había deseado a Leonardo. Su cuerpo nunca había reaccionado ante su presencia de la forma eléctrica y carnal en que lo hizo ante Adriano. La imagen de Leonardo era confort; la de Adriano era un incendio que quería consumir.
—No me siento bien, el calor de la ciudad me ha dado jaqueca —mintió Emilia, poniéndose de pie—. Iré a ducharme, no me esperen.
Necesitaba el agua fría para borrar el rastro de Adriano, para calmar el temblor de sus piernas que aún recordaban la presión de los muslos de él contra los suyos.
***Salió de la ducha envuelta en una bata de seda color perla, con el cabello castaño goteando sobre sus hombros. Al entrar en su habitación, el aire se congeló. Leonardo estaba allí, apoyado contra la cómoda, con una expresión que prometía una tormenta.
—¿Por qué no contestaste mis llamadas? —preguntó él, su voz era un susurro gélido—. Mis hombres dicen que estuviste en la boutique de Via Montenapoleone... con Adriano Bianchi.
Emilia se tensó, ajustando el cinturón de su bata.
—Nos encontramos por casualidad, Leonardo. Milán es pequeño.
—Mientes —él se acercó, invadiendo su espacio personal. Leonardo no sabía que ella lo amaba, pero sentía que algo en Emilia se le escapaba entre los dedos—. Bianchi no aparece por casualidad en un probador de damas. ¿Qué buscaba ese animal contigo?
—No necesito darte explicaciones de mis encuentros —replicó ella, tratando de mantener la voz firme—. Soy mayor de edad y sé cuidarme sola.
Leonardo, perdiendo el control que tanto le costaba mantener, la sujetó del brazo y la atrajo hacia sí. En ese movimiento, la seda de la bata se deslizó, dejando al descubierto una pequeña marca roja en la base de su cuello. Los ojos grises de Leonardo se dilataron, fijos en la marca de los labios de Adriano. Su mirada bajó a la boca de Emilia, notando la leve hinchazón que el beso había dejado.
—Te ha tocado —siseó él, su mandíbula apretada hasta el punto de dolor—. Esa basura puso sus manos sobre ti... te ha marcado como si fueras de su propiedad.
Leonardo apretó más su brazo, la furia nublando su juicio.
—Te prohíbo volver a acercarte a él. No voy a permitir que un criminal como Bianchi ensucie el nombre de esta familia a través de ti.
Emilia sintió la punzada de dolor, pero en lugar de encogerse, sonrió con una dureza que Leonardo no conocía.
—¿Prohibirme? —se burló ella, clavando sus ojos avellana en los de él—. Tú no eres mi dueño, Leonardo. Y aunque me des tu protección, recuerda que no eres mi padre. Solo eres mi primo.
Vio cómo Leonardo retrocedía mentalmente ante esa palabra. Ella sabía que el parentesco era una formalidad legal, no biológica, y recordárselo era una forma de marcar una distancia insalvable.
—Voy a verme con Adriano las veces que desee —sentenció ella, disfrutando de ver cómo el hielo de Leonardo se agrietaba—. Porque él, al menos, parece verme como una mujer, no como un mueble que debes vigilar.
Editado: 05.05.2026