El Nombre del Héroe

Sin recuerdos. parte 1

La luz cálida del sol, pasando por una ventana con el cristal roto, rebosaba en el interior alicaído de una casa nada interesante de un remoto pueblo en las lejanías de alguna otra civilización. Cuya luz cayendo en el rostro pálido de un joven, que dormía en una cama vacía y solo con una sábana sucia ya desgastada, causaba molestias en sus ojos y provocaba que los moviera de forma descontrolada y que al poco tiempo se despertara observando en cada rincón.

El olor a papel viejo saliendo de la madera mojada, con la que estaba hecha toda la estructura de la casa, le causaba un efecto nauseabundo como si fuera la peor sensación de su vida; o eso creía él. Desde el primer segundo no recordaba nada sobre ella. Se fue arrimando a la orilla y apoyó despacio los pies sobre el suelo, mirándolo con las manos en la frente y con los ojos entrecerrados. Ponía el empeño en recordar, pero le hacía incluso imposible saber su nombre. No sentía ningún malestar o tristeza; la confusión era lo único que le invadía su mente.

Entre los muebles viejos y desgastados, y la suciedad, buscaba con la mirada un espejo para verse el rostro y encontró uno, con el tamaño de la palma de un adulto joven, por debajo de un velador, apenas a la vista. Fue directo a recogerla sin dejar pasar un segundo más, al igual que lo haría un gato salvaje con su presa. Abrió los ojos como un niño apenas verse reflejado y se tocó la cara. Quería abrir el cajón, pero con tanta oxidación había quedado atascada. Aun así, lo tironeó varias veces hasta lograr separarlo y guardó el trozo del espejo en él.

La casa no tenía ninguna otra habitación, todo lo necesario como una mesa o la zona del caldero estaban en el mismo espacio. Decidió salir para encontrarse con gente circulando en las calles de tierra. Las carretas levantaban demasiado polvo que le provocaba estornudos y molestias en los ojos. Algunos habitantes no le quitaban la mirada de encima, si supieran algo sobre él. Una chica igual de joven que él, llevando consigo dos manzanas y vestida con un vestido blanco desgastado y algo sucio, frenó a unos pasos en frente suyo con una mueca de alegría. Él se quedó inmóvil mirándola sorpresivo por tener un rostro casi idéntico al suyo, como los ojos igual de grises que el de un ciego y el cabello blanco. Soltó las manzanas y corrió hacia él para abrazarlo entre lágrimas al igual que lo haría alguien al reencontrarse con aquella persona especial.

—¿Quién... eres?

—¿Eh? —alejó la cabeza para verlo—. ¿No sabes quién soy? ¡Soy tu gemela, Edwin…! Soy Telia.

—Lo siento, yo… —dobló las cejas confundido—. No recuerdo nada.

—Tal vez sea tu enfermedad —se paró de puntillas, sujetándole los dedos, y con los ojos invadidos de preocupación.

—¿Mi enfermedad? ¿Cuál enfermedad?

—Eso no lo sabemos, ¿tampoco lo recuerdas?

—No… Así que no sabes si es mortal, ¿verdad?

—Desafortunadamente no lo sabemos —intentaba secarse las lágrimas usando las manos—. No podemos pagar un médico y por eso…

—Está bien… no llores —acudió a ella abrazándola con algunas caricias en su cabello descuidado que sobrepasaba la cadera—. ¿Por qué no entramos? Iré a recoger esas manzanas por ti.

Fue hacia las manzanas y se agachó para recogerlas. Las personas que pasaban aun lo miraban, esta vez notó que lo hacían con desprecio. Sonrió, se levantó y entró con Telia a la casa. Ella intentó hablarle, pero Edwin, curvando los labios ligeramente, se lo impidió apoyando el dedo índice en sus labios resecos e hizo sentarla en la única silla. Lo miró con desconcierto. Manteniéndose en frente la ojeaba de manera detallada. Telia encorvó los hombros con las manos entre las piernas y viéndolo como un gatito con las mejillas rojizas.

—¿Qué… pasa, hermano…?

—Nada, ¿cuál es nuestra edad?

—Trece, lo cumplimos el otro día, hermano, ¿Eh? ¿A dónde vas?

—Tú quédate aquí y come esas manzanas, las necesitas. Estás muy delgada.

—Pero también tú, hermano.

Ignorando esas palabras salió a la calle sin decir nada. Tomó marcha al recorrido por las calles del pueblo en busca de alguien que pudiera ayudar y ganar su confianza para un trabajo; pero las miradas ásperas de las personas se clavaban en él, pareciendo que hubiera hecho algo que nadie pudiera perdonar nunca.

Telia se arrimó a la puerta, mirando de un lado a otro en busca de Edwin, al no notarlo salió de la casa y se echó a caminar por la misma calle de antes sin apartar la vista de su alrededor, como si estuviera ocultando algo que nadie debiera ver. Con pasos cortos y lentos, frenó en la puerta de una casa algo alejada y le dio algunos golpes. De allí salió un señor robusto con una mirada que podía incomodar a cualquiera; llevaba puesto una túnica marrón con un rosario en el cuello. Ella entró con la cabeza agacha mientras lagrimeaba y, de manera natural, caminó hacia un cuarto.



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En el texto hay: fantasia, aventura

Editado: 26.06.2026

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