El Nombre del Héroe

Sin recuerdos. parte 2

Un hombre de mediana edad, que caminaba a una velocidad reducida y encorvado por una joroba pronunciada, se esforzaba en tirar una carretilla con dos costales de harina. Frenó golpeándose la espalda con el puño y frunciendo el ceño de dolor. Las personas pasaban a su lado sin dirigirle la mirada.

Esa situación abría una posibilidad la cuál nadie podía dejarla pasar. Se acercó a la carretilla con una sonrisa amable y la levantó.

—¿¡Qué haces!? ¡Suéltala! No eres más que otra rata sucia ladrona.

—¿Ladrón? —mostró una leve sonrisa cerrando los ojos—. Para nada —esbozó una leve sonrisa con sus ojos iluminados por el tenue brillo del sol, la imagen era igual a un ángel caído—. Déjeme ayudarlo, por favor. No le pediré nada a cambio.

—Si no vas a reclamarme nada haz lo que quieras. Pero si te atreves a robarme…

—No se preocupe, le prometo no llevarme nada. Además, todos de aquí podrían detenerme sin ningún problema. Confíe en mí.

—¡Ya…! Te dije que estaba bien, ¿No?

—Claro…

El señor caminaba delante a pasos de tortuga; un paso de Edwin era tres de él. Pero no se mostraba molesto, entendía que la diferencia de edad era la culpable. El señor le abrió la puerta de la casa, metió la carretilla hasta el fondo donde había cajones vacíos y apoyó las manos en el primer costal. Le era más pesada de lo que se había imaginado, aun así, no se detuvo y con mucha tenacidad fue levantando el costal con dificultad. Tensó sus delgados brazos a su vez que apretaba los dientes y fruncía el ceño. Con un efímero grito a todo pulmón colocó el costal en el cajón, terminando por desplomarse encima.

—Ay, señor… eres un bueno para nada, mocoso. Mírate. Tienes menos fuerza que un viejo como yo.

—Lo siento mucho.

—Ya lárgate.

—Me reúso hacerlo. Quiero ayudar y ganarme su confianza.

—¿Eso a mí qué? ¡Ya lárgate! —le agarró el brazo—. Mierda inútil.

Edwin le quitó la mano con un gesto de amabilidad y regresó a la carretilla a sujetar el otro costal con mayor firmeza. El señor se molestó al ver cómo lo desautorizaba y decidió patearlo repetidas veces en la espalda, aunque él pusiera resistencia y siguiera esforzándose en cargar el costal. Consiguió cargarlo y dar marcha en la corta distancia hacia el cajón; el señor insistía con las patadas sin demostrar algún tipo de pena. Al llegar ya tenía el costal casi por el suelo y se le resbaló del todo adentro. Respiraba agitado, escupiendo sangre.

El señor retrocedió despavorido con pasos torpes.

—¡Ni siquiera te golpeé tan fuerte!

—No es su culpa… señor.

—Entonces vete de una vez.

—Me iré, pero pídame ayuda en otra cosa cuando lo necesite —se marchó a un ritmo pausado, dejando asomar una leve mueca y limpiándose la mancha de sangre en su mejilla—. Ojalá sirva de algo.

De regreso a la casa, una mujer en carreta con cajones llenos de frutas y vegetales frenó delante de una tienda de mercados. Luego de bajar, fue acomodando los cajones allí. Edwin lo vio como otra oportunidad y llegó allí algo agitado, esbozando de alegría.

—¿Piensas robarme?

—Yo… no quiero nada de eso —masculló llevando la vista a un lado y frunciendo el ceño—. Estoy intentando darle… yo quiero… —suspiró—. No puedo dejar que ella viva de esa manera, está muy delgada —cayó de rodillas—. ¡Por favor, déjame ayudarla! ¡No le pediré nada a cambio para que vea lo mucho que quiero cambiar por mi hermana! —comenzó a toser.

—¡Santos cielos, niño! Haces demasiado escándalo. Es más de lo normal.

—¿Es en serio? —preguntó el señor de antes, acercándose irritado—. ¡Por el amor al señor, niño! ¿¡También estás molestando a ella!? ¡Ya déjate de tonterías!

—Ya vete de una vez —dijo la mujer.

—¡No puedo hacerlo!



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En el texto hay: fantasia, aventura

Editado: 28.06.2026

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