El Nombre que me Quitaron

PRIMERA PUERTA DEL PASADO

A los dieciocho años, Ariadna todavía creía que conocía perfectamente el mundo al que pertenecía.

Había crecido en una pequeña comunidad rural donde todos conocían la vida de los demás. No era un lugar perfecto, pero las personas procuraban convivir en paz. Allí, los problemas eran pequeños y conocidos: las discusiones entre vecinos, las cosechas que no siempre daban lo esperado, los animales que enfermaban o las preocupaciones propias de cualquier familia.

Para Ariadna, el peligro pertenecía a otro lugar.

A las ciudades.

Desde pequeña había escuchado historias sobre personas violentas, criminales y hombres capaces de hacer cosas que ella apenas podía imaginar. Sin embargo, nunca había tenido motivos para pensar que alguna de esas historias pudiera alcanzarla.

Hasta aquella mañana.

Un automóvil deportivo negro apareció recorriendo las calles de la ciudad cercana. Tenía los vidrios polarizados y no llevaba placas.

Ariadna lo vio desde lejos.

No supo por qué, pero se quedó mirándolo.

Había algo en aquel automóvil que le resultaba extraño.

Familiar.

Y, aunque todavía no podía saberlo, acababa de encontrarse con el primer indicio de un pasado que sus padres habían mantenido oculto durante toda su vida.

A pesar de todo, pronto viajaría a estudiar en la capital. La emoción de cumplir su sueño de convertirse en médica ocupaba la mayor parte de sus pensamientos. Siempre había querido ayudar a los demás y consideraba que no existía mejor manera de hacerlo.

Las cosas no podían ir mejor en su vida.

Los días transcurrieron con normalidad. Desde la aparición del automóvil negro no se había escuchado nada extraño durante más de una semana.

Sin embargo, algo comenzó a inquietarla.

Sueños que más bien eran como recuerdos difusos de su infancia emergían cada vez que pensaba en aquel vehículo, como si existiera una conexión que no lograba comprender.

Se veía llorando en una habitación desconocida. Escuchaba hombres entrando y saliendo, gritos por todas partes y una voz masculina que, extrañamente, le transmitía tranquilidad. También recordaba una marca en su costado derecho, una cicatriz que siempre había llamado su atención. Sus padres aseguraban, con excesiva seriedad, que se la había hecho jugando con una bayoneta y que no debía darle importancia.

Pero había otro recuerdo.

Era apenas un destello.

Una mano grande sosteniendo la suya mientras avanzaban por un pasillo oscuro. El aroma a cuero y humo impregnaba el ambiente. Al final del corredor, alguien abrió una puerta y por un instante distinguió el reflejo de unos faros negros brillando en medio de la noche.

Después, nada.

El recuerdo desaparecía tan rápido como había llegado.

Así transcurrieron los últimos días de agosto hasta que llegó el gran día de viajar a su nueva ciudad.

Como era de esperarse, fue una jornada agitada. Su madre terminaba de empacar las últimas cosas mientras su padre intentaba ocultar la tristeza que le producía la separación de su hija. Aunque sabía que era por su bien, no dejaba de repetirle las mismas recomendaciones:

Que tuviera cuidado.

Que no hablara con extraños.

Que se mantuviera siempre alerta.

—Ariadna —comenzó su madre—, siempre avísales a tus hermanos si tienes que salir, aunque solo sea a la tienda. Iré todas las veces que pueda para asegurarme de que estés bien. Escucha nuestros consejos y compórtate con prudencia.

—Lo sé, mamá. Recuerda que ya soy grande y puedo cuidarme. Te llamaré siempre que pueda.

La preocupación de doña Paula era evidente. Con lágrimas en los ojos, abrazó a su hija durante largos segundos.

—Estará orgullosa de mí. Seré una gran médica, ya lo verá —dijo Ariadna para tranquilizarla.

Reuniendo toda su valentía, salió de casa junto a sus padres rumbo a la terminal de autobuses.

La despedida con don Omar fue especialmente emotiva. Hubo abrazos, lágrimas y finalmente una bendición que la acompañó durante todo el trayecto.

El itinerario comenzaba con un viaje de cinco horas hasta la capital, donde sus hermanos las esperarían para llevarlas al departamento que alquilaban. Doña Paula permanecería con ella algunos días para que la separación no resultara tan difícil.

El viaje fue agotador.

Cinco horas en carretera eran más de lo que ambas estaban acostumbradas a soportar.

Tal como estaba previsto, Mario, el hijo mayor de doña Paula, las esperaba en la terminal. También habían acudido su esposa, Liliana, y su pequeño hijo, Josué.

Después de un cálido intercambio de abrazos, subieron a la camioneta y fueron a comer a un restaurante.

Ariadna no podía creer cuánto había crecido su sobrino. Hacía apenas cinco meses que lo había visto por última vez y ahora ya era capaz de pronunciar algunas palabras.

—¿Ya tienes todo lo que necesitas para el lunes? —preguntó Mario.

—Supongo que sí. Los materiales que vamos a utilizar me los indicarán durante los primeros días, así que no hace falta mucho por ahora —respondió Ariadna.

—Es verdad. La universidad no es como el colegio. Tendrás que estudiar bastante.

Todo el mundo sabía que medicina era una carrera difícil, exigente y sacrificada. Sin embargo, Ariadna tenía claro que nada verdaderamente valioso se obtenía sin esfuerzo.

Además, no había nadie que pudiera distraerla de sus objetivos.

Todo su tiempo estaría dedicado a estudiar.

O al menos, eso era lo que ella creía.

La primera semana transcurrió con normalidad. A Ariadna le costaba adaptarse y la ausencia de su madre la hacía sentirse un poco deprimida. Había nuevas calles, nuevas personas y, en realidad, su nueva vida no estaba nada mal; sin embargo, la costumbre hacía que extrañara su vida anterior.

Sus hermanos, por supuesto, trataban de brindarle todo el apoyo y la compañía que podían. Ariadna los adoraba. Eran su todo, e incluso sabía que daría la vida por ellos si con eso pudiera verlos felices. A pesar de ello, muchas veces peleaban como cualquier familia.



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En el texto hay: misterio con acción, drama y elementos románticos.

Editado: 28.08.2026

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