Aquella noche, la mafia tenía sus propios planes: un ataque armado contra los grupos subversivos de los barrios bajos. Desde hacía semanas habían surgido problemas con la distribución de la mercancía, y todos los indicios apuntaban a una nueva organización que intentaba ganar terreno. La operación de esa noche sería decisiva para recordarles quién dominaba realmente las calles.
Quien se cruzaba en el camino de los Cuervos Negros pagaba un precio muy alto.
Por lo general, la organización evitaba llamar la atención. No buscaban guerras innecesarias ni conflictos públicos. Sin embargo, cuando alguien decidía desafiarles, respondían de una forma que pocos olvidaban. Su castigo más temido era el llamado Águila Sangrienta, una ejecución tan brutal que bastaba mencionar su nombre para sembrar el miedo.
Debo apresurarme. Ir a comer con Ariadna me tomó más tiempo del previsto, aunque se lo merecía por su esfuerzo...
Apenas llegué a la casa, uno de los sirvientes me informó que el jefe me esperaba en la sala y que no estaba precisamente de buen humor.
Eso no era ninguna novedad, pensé. El señor casi siempre estaba de mal humor.
Antes de entrar, vi a varios hombres entrar y salir del despacho con carpetas, teléfonos satelitales y documentación. El avión privado despegaría esa misma tarde rumbo a Noruega y, cuando el jefe viajaba, todo debía quedar resuelto antes de su partida.
Apenas crucé la puerta, su voz resonó en la habitación.
—Creí haber sido claro esta mañana... Hoy no habría entrenamiento.
—No lo hubo. —respondí con tranquilidad.
—La chica estuvo aquí. Yo mismo los vi salir de la casa. Y, por cierto, ¿a dónde fueron? Espero que tengas presente quién es esa muchacha.
—Ayer terminó el semestre. Estaba algo desanimada y quise tener un detalle con ella.
—¿Terminar un simple semestre amerita felicitaciones?
—Lo siento, señor. No volverá a pasar.
Era mejor disculparse. No tenía ningún interés en escuchar otra de sus interminables reprimendas.
Dessmond revisó unos documentos antes de continuar. A un costado de la mesa había varios pasaportes, informes y una carpeta negra con el sello de la organización. Todo indicaba que estaba ultimando detalles antes de partir.
—Quiero que se me informe inmediatamente cuando la tarea esté hecha. Quiero un mensaje limpio y claro. Esa siempre ha sido nuestra firma, así que no quiero errores.
—No los habrá. Puede quedarse tranquilo. Ahora, si me permite, debo retirarme.
—Espera. Hay algo más.
Me detuve.
—Por supuesto, dígame.
—Quiero que alguien vigile a la muchacha. Esta tarde viajo a Noruega y quiero irme tranquilo.
Aquella orden me tomó por sorpresa.
No por lo de Noruega. Yo sabía perfectamente que el supuesto viaje familiar era solo una parte de la verdad. Aprovecharía la ocasión para reunirse con varios de los líderes europeos de la organización, como hacía un par de veces al año.
Lo extraño era lo otro.
¿Por qué Ariadna?
Durante meses la habíamos observado de cerca, igual que tantas otras cosas que interesaban al señor Dessmond. Sin embargo, nunca lo había visto insistir tanto en la seguridad de una sola persona y aunque era entendible, no comprendía porque justo esta noche.
Debí quedarme observándolo unos segundos más de la cuenta porque levantó la vista y me atravesó con esos ojos grises que parecían leer los pensamientos.
—¿Algún problema?
—Ninguno.
—Entonces asegúrate de que no ocurra nada. Quiero informes constantes mientras esté fuera.
—Así será.
Por un instante creí notar algo distinto en su expresión. Fue apenas un segundo, pero parecía preocupación.
Y eso, en alguien como Dessmond, era mucho más inquietante que cualquiera de sus amenazas.
—¿Dónde está ahora?
—Fuimos a comer al centro de la ciudad. Cuando usted llamó, preferí regresar inmediatamente. Ella dijo que se marcharía a casa.
Por primera vez en toda la conversación, vi cómo tensaba la mandíbula. Sus dedos golpearon una sola vez el brazo del sillón.
Miró el reloj.
—Demasiado tarde...
Aquellas palabras apenas fueron un murmullo, pero bastaron para erizarme la piel.
—Llámala. Esto no me gusta nada.
Al jefe casi nunca le fallaba la intuición. Después de todo, por algo era quien estaba al mando. Cuando Dessmond decía que algo no le gustaba, había aprendido a no ignorarlo.
Marqué el número de Ariadna.
—¿Hola? —respondió al otro lado.
—Ariadna, ¿dónde estás?
—Ahora estoy un poco ocupada. Sofía me invitó a una fiesta y estoy arreglándome. —No me dio tiempo de responder—. Hablamos mañana, ¿sí? Descuida.
La llamada terminó.
Me quedé unos segundos mirando la pantalla.
—¿Y? —preguntó Dessmond.
—Saldrá a una fiesta con Sofía.
El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para notar el cambio en su expresión.
—Sofía... —repitió.
No era la primera vez que escuchaba ese nombre de su boca.
Dessmond llevaba meses preguntando por las personas que rodeaban a Ariadna. Sus horarios, sus amistades, las rutas que utilizaba para llegar a la universidad, los lugares que frecuentaba. Nada relacionado con ella parecía pasar desapercibido para él.
Y yo conocía prácticamente lo mismo.
Sabía cuándo tenía clases, qué materias se le daban mejor, qué días visitaba a sus padres, con quién hablaba en la universidad e incluso qué camino acostumbraba tomar para regresar a casa.
La diferencia era que, para mí, toda aquella información había dejado de sentirse como un simple trabajo hacía tiempo.
—No confío en esa muchacha —dijo finalmente Dessmond.
—Yo tampoco.
Me miró con atención.
—Entonces sabes lo que tienes que hacer.
Asentí.
—Mandaré a alguien inmediatamente.
Salí de la sala mientras buscaba en mi teléfono el número de Nano. Era el mejor para moverse sin llamar la atención en lugares concurridos. La llamada sonó varias veces, pero nadie respondió.