16 de agosto de 1796: El año del viento
Me levanté de mi cama, como cualquier otro día. Con un saco lleno de polvo, una lámpara añeja alumbraba la habitación. En ella, la cama deteriorada en donde pasaba todas mis noches; una pequeña mesa de madera del bosque de Ginflix que ocultaba, con su altura, una pequeña silla del mismo material.
Mi ropa estaba guardada en un pobre armario. Y no es mi culpa su condición, al fin de cuentas. Solo soy un joven de dieciséis años que hace poco perdió a sus padres y hermanos por la guerra…
Desde aquel armario lleno de mugre y de mis ropas, saqué el pequeño espejo que antes le pertenecía a mi hermana y lo puse sobre la mesa. Con mucha dificultad, logré colocarlo en equilibrio. Saqué la pequeña silla de debajo y me senté.
En el espejo se reflejaba mi figura. Un joven de cara sucia, cabello blanquinegro y unos ojos marrones, pero tan oscuros como la muerte. Una mirada que gritaba desesperanza por donde se viera, una nariz bien perfilada —herencia de mi hermosa madre—, una mandíbula de líneas suaves y unos labios algo sucios por la tierra.
Sí, así es como me veía en aquel entonces.
Mi nombre es Axael, una vil copia del nombre de mi padre, que también es una vil copia del nombre de mi abuelo, así como de mi bisabuelo… ¿Mi apellido? Es imposible de escribirlo en este escrito. Actualmente es considerado como uno de los nueve apellidos malditos del noveno mundo.
Antes de continuar con mis acciones del presente, permítame contarle un poco del pasado. Es una historia demasiado larga, pero la podría resumir de la siguiente manera:
La envidia de los otros pueblos y la maldad de los seres vivos hizo presencia en un gran número de personas. Personas que atacaron, saquearon y quemaron aquella ciudad en donde vivía con mi familia… la hermosa Virsfilia. Una ciudad que, durante años, fue considerada como el centro de la paz y los sueños de todo ser vivo. No importaba tu especie, no importaba tu edad y mucho menos tu género; si te topabas con Virsfilia, te estabas encontrando con la paz que tanto se te había prometido.
Mi familia era una de las antiguas, una de las nueve casas que comandaban la ciudad. Con tan solo decir que mi antepasado más lejano, Axael I, fue el primer habitante en lo que para ese entonces era un terreno lleno de naturaleza, sin una sola pizca de humanidad.
Créanme, es necesario que les cuente esto para que puedan entender mi situación sin sacar malas conclusiones…
Yo era el primer hijo de una gran familia de reyes y, por consecuencia, uno de los tantos posibles herederos al trono. Mis padres habían sido los reyes de la ciudad durante más de cuatro décadas, pero una vez nací yo, por petición de mi madre y consideración de mi padre, ambos se retiraron y decidieron pasar el título a otra familia.
Esto no afectó nuestro renombre; más bien fue un impulsor. Recuerdo las veces en que salía a pasear con mi madre y mis hermanos por las amplias calles. Siempre nos agradecían los aldeanos; no importaba si estábamos comiendo, bebiendo o sencillamente disfrutando del día, siempre aparecía alguien a dar su gratitud por los años dorados de mis padres.
Pero bueno, eso no es lo que importa. De seguro lo que les interesa es cómo llegó a tener una guerra un reino tan solidario y neutro como Virsfilia, ¿verdad?
Todo empezó un par de años antes de la masacre. A las casas reales nos llegó una carta de aviso: una princesa de un reino naciente vendría junto a su familia a visitar la tierra prometida. Todas las casas aceptaron. Incluso los aldeanos, ya que en Virsfilia todos tenían voz y voto sobre los hechos de la ciudad… o al menos eso creía.
Todos se esforzaron en decorar las calles. Era algo que nunca había visto en mi vida, pero no me era extraño; sabía muy bien que el pueblo de Virsfilia era más unido que la sangre que recorre mis venas.
Al llegar el día, nada fue como lo imaginábamos.
Aquella princesa, de nombre que no quiero recordar, llegó junto a sus padres, la realeza del reino de Crinfeld. Mi familia fue la que se encargó de recibirlos junto al resto del pueblo en la entrada… grave error.
El trío llegó en un lujoso carruaje de materiales dorados y blancos. Con ellos venían distintos guardias escoltándolos; llegaron con enormes lanzas y espadas. Fue la primera vez que vi un arma en mi vida. Ni siquiera saludaron. Ignoraron a nuestro pueblo y nos ignoraron a nosotros, esperando sencillamente que se les hiciera paso para seguir avanzando.
Llegaron al salón de reuniones y nos llevaron a todos los menores a un lugar aparte. También la trajeron a ella.
Yo estaba tranquilo, teniendo a mi hermana menor de unos cinco años sobre mis piernas. Le estaba leyendo una famosa historia de niños, su favorita. Lo hacía para conseguir que se durmiera y después ir a jugar con los demás, pero alguien al parecer no quería que eso fuera así.
—¿Qué es eso? —preguntó aquella princesa, con una mirada vacía y un tono poco educado.
Fue la primera vez que la oí hablar. Hasta ahora me sigue causando rabia recordar su voz, y más recordar lo que viene después.
Despegué mi mirada del libro, pero seguía hablando, ya que me lo sabía de memoria. La vi de abajo arriba: un clásico vestido blanco, un sombrero del mismo color con una extraña flor azul encima. Su mirada era vacía, algo que no cuadraba con sus ojos azul cielo. Su cabello era largo y sobresalía del sombrero con un tinte negro. Simplemente la observé un poco y después volví mi atención al libro, usando esa acción como respuesta.