17 de agosto de 1796: El año del viento
El bosque… cada día se vuelve más calmado —dije para mis adentros, sin duda me estaba empezando a acostumbrar al ambiente oscuro que, hace poco tiempo, me había perturbado.
El día de ayer. No tuve éxito en la búsqueda de suministros; lo único que pude conseguir fue un desolado lago. Su agua estaba contaminada por una gran cantidad de cuerpos de pequeños Burf —una pequeña especie de sapos del bosque de Ginflix—.
La suerte no caminaba a mi lado. Eso desde hace mucho tiempo, claro está.
El día de hoy, mi objetivo era explorar nuevas zonas del extenso bosque. Estaba usando como guía un pequeño mapa improvisado. Lo hice con un gran trozo de papel marrón que encontré dentro del armario apenas llegué. Tiene una enorme mancha roja en la parte superior izquierda…
El camino no mostraba dificultades, pero sí me gritaba desde la oscuridad. La soledad que me acompañaba en ese momento. El viento me silbaba al caminar, haciendo mover las hojas muertas que estaban debajo de mis pies.
Crujido… Algo se movía entre los troncos flacos de los árboles. Ese crujido resonó a pocos centímetros de mi posición.
Me alerté, sin duda esto no lo había causado yo al pisar alguna deplorable rama. Comencé a observar mis alrededores, buscando al culpable de aquel sonido. Pero no pude dar con él.
—Te escondes demasiado bien… —dije, esperando ser escuchado por aquella sádica criatura.
Claramente, no hubo respuesta.
Suspiro… Hice temblar el aire al frente de mí y continué con mi exploración.
Pasé nuevamente por aquel lago. Aún quedaban algunos cuerpos de Burf flotando en él. Había llegado al punto deseado. El panorama era muy parecido a lo que ya había visto. Árboles enormes de Ginflix, que dominaban con su corteza rojiza y maciza. Flores moradas, conocidas como flores de la vida… —una cruel mentira más…— pensé, mientras arrancaba una de su tallo.
Esta flor… en la ciudad solían decir que podía sanar cualquier enfermedad. Recuerdo cómo, en la planta baja de la casa, teníamos un enorme vivero en donde la flor que más abundaba era esta…
——¡Hermanito! ¡Mira! ¡Me encanta esta flor!
¡Apretar!
El morado de sus pétalos quedó marcado en mi mano, al igual que la voz de mi inocente hermana en mi memoria…
Ella no lo merecía… en serio…
Un nudo apretó mi garganta. Nadie me estaba atacando, era yo mismo el que se causaba este sufrimiento. Pero… recordar ese tipo de cosas, únicamente alimentaría mi venganza, y eso era lo que más necesitaba…
Sin pensármelo mucho, decidí ir hacia la única parte que me faltaba rellenar en el mapa: el norte. Al mirar la hoja, veía cómo todo era de un marrón frío. Así que, no quedaba de otra más que caminar hacia esa dirección.
Aún me mantenía alerta por aquellos crujidos. Sabía que no era ningún animal que pertenecía a la fauna de Ginflix, ya que, según mis estudios, ninguno es capaz de producir ruido al pisar. Así que tenía que llevar el camino con sumo cuidado.
Después de un tiempo de ruta, llegué a una nueva zona, tal como lo esperaba. Había abandonado la parte plana del bosque, y ahora me encontraba al comienzo de un descenso.
Lo único que traía conmigo, además de mi vestimenta y el mapa, era un pequeño cuchillo que había hecho con restos de mi ciudad. No es el más seguro, pero al menos cumple con su función.
Di un paso al frente, y con mucho cuidado comencé a avanzar por la bajada. Podía sentir la textura de la roca seca debajo del camino muerto de hojas secas. Todo era un fuerte recordatorio de aquel día.
Para sincerarme un poco, me gustaría confesar que, durante mi época en Axael, no solía salir mucho de los muros del reino, ya que era algo que se me tenía prohibido. No solo a mí, sino a todos los hijos de las casas reales.
Ahora mismo… me pregunto por qué…
¡Crack!
Un par de ramas fueron pisadas fuertemente. El sonido viajó entre la vegetación muerta hasta llegar a mis oídos. Sin duda, había algo siguiéndome en este lugar y ya no podía seguir ignorándolo.
Empuñé con más fuerza mi cuchillo casero. Estaba dispuesto para todo lo que tuviera que pasar. Pero… no entiendo por qué mi cuerpo está temblando tanto…
Crack… crack… crack…
Los pasos venían desde el camino por el que ya había pasado. Me di la vuelta con rapidez, y, como si fuese una broma de mal gusto, los pasos cesaron…
—¡Muéstrate! ¡Ven a luchar de frente~!
Mi voz… temblaba por el miedo…
Sé que no nací para ser un guerrero… Ni siquiera nací en una ciudad en donde se necesitaran guerreros… —Maldita sea…
Crack…
Un paso más… se escuchó un paso más. Ya tenía más que confirmado que esta criatura no era perteneciente a este bosque, al igual que yo. Sentí mi sangre helarse, mis piernas ya no me respondían y aquel pequeño cuchillo, ahora se sentía como un enorme mazo pesado.