El Noveno Apellido Maldito

Capítulo 5.

18 de agosto de 1796. Año de un nuevo reinado.

Han pasado unos largos meses desde que destruimos por completo aquella ciudad maldita.

Virsfilia, tanto que decían que era donde la armonía y la paz reinaban. Que vil blasfemia…

Aquella ciudad inmunda, no era más que una simple fachada de cientos de secretos oscuros… ¡No es más que una cruel mentira!

Pero, antes de proseguir. Me gustaría presentarme ante ustedes primero, soy la princesa y próxima hereda del trono de Crinfeld: Elodie de Crinfeld. Mis padres, Frent y María de Crinfeld, han sido los gobernantes de esta imponente nación.

Nuestro pueblo, vive por y para nosotros, como cualquier pueblo debe de vivir. Siempre para atender a su realeza.

Desde pequeña, he sido educada a base de esa regla. “Ellos, nacieron en el lodo. Tú, lo hiciste en el oro”. Ha sido la frase que mi madre que me ha dicho desde mi uso de conciencia.

Y, desde esta ventana, puedo decir que tiene toda la razón.

¿Cómo puedo compararme con ellos? Esos granjeros y herreros llenos de mugres hasta por debajo de sus uñas. Son personas que no tienen ni un cuarto de mi valor. Personas que nacieron únicamente para venerarme a mí.

Para todas esas insolentes vidas, mi apellido representa el dios de estas tierras. Así me lo han hecho saber mis padres, y sé que es cierto. Solo necesito ver como todos esos niños me ven desde abajo…

Todos esos niños, sé muy bien porque su mirada grita hambre y desesperación. Le agradezco demasiado a mi padre por darme momentos de disfrute como estos…

En mi reino, Crinfeld. Está prohibido de que cualquier ciudadano coma antes de la realeza. De hecho, a pesar de que contemos con las mejores comidas, cocinadas por los mejores chefs que hemos logrado conseguir. Cada habitante debe de darnos una porción de su plato.

Esta regla fue impuesta por mi maravilloso padre, quien la creo de manera en que nuestro pueblo, nos demostrará su gratitud hacia nosotros…

Jejeje… solté una pequeña risa, cerrando la gran ventana de vidrio que tenía al frente. El ruido de los seguros alarmó al guardia que se encontraba detrás de mi puerta, entrando para asegurarse que todo siguiese en perfecto orden.

—Ya veo… disculpe mi intromisión, señorita Elodie… —dijo, mientras agachaba la cabeza ante mi presencia.

Pasé al lado de su asqueroso cuerpo. Pude sentir como temblaba y su respiración se entrecortaba por cada paso que daba.

Después de cruzar los límites de mi habitación con el resto del palacio. Me detuve, sintiendo aún como el guardia se mantenía temblando sin poder moverse un solo centímetro.

Abrí mis ojos, dedicándoles una mirada seca a los dos guardias que ahora se encontraban al frente de mí. Sin tener que abrir un milímetro de mi boca, ambos captaron la orden. Entrando a mi habitación después de darme una larga reverencia.

Mientras me alejaba bajando por las enormes escaleras de oro blanco. Pude escuchar como aquel guardia gritaba los últimos segundos de su mugrienta vida. Después de eso, toda la sección oeste del palacio quedó en un profundo silencio.

La enorme puerta de madera y oro que tenía enfrente, me indicaba el lugar al que había llegado: el comedor de la familia real de Crinfeld. Esta entrada, era para el uso exclusivo de nuestro linaje, ni los mejores cocineros y guardias podían entrar por ella.

Con un poco de esfuerzo, logré abrirla, viendo como desde más allá de la ancha mesa. Había una hambrienta audiencia que se encontraba desesperada en vernos comer.

En el extremo derecho de la mesa, se encontraba mi padre, con su característico uniforme blanco y plata, demostrando la enorme brecha que nos diferenciaba de esas escorias de la existencia. En el extremo izquierdo, se encontraba mi madre, vestida de blanco y plata al igual que mi padre, mostrando su sedoso cabello negro con toda la elegancia que podría existir en una mujer.

Y en el medio, me senté yo. La futura heredera del trono que guía a esta gentuza.

Levanté un poco mi sombrero, dejando ver un breve destello de brillo de mi ojo azul. Muchos quedaron impresionados al ver mi hermosura natural. Otros pocos, me vieron con un desprecio injustificado. Los guardias los detectaron rápidamente y fueron a por ellos para que sean castigados.

Ninguno de los tres nos animamos a hablar. Simplemente, comenzamos a comer todo lo que estaba servido en nuestros platos de mármol.

Toda la mesa y en el suelo donde estábamos, estaba implacable. Ni un solo gramo de polvo, ni un hedor fuerte que se filtrara desde abajo. Solo comida preparada de la mejor manera, cuidando hasta el más mínimo porcentaje de calorías—

¡Ah!

Mi padre gritó con euforia, haciendo que el ruido de los cubiertos cayendo llenaran toda la habitación. Aquellas personas que nos veían desde abajo se quedaron atónitas, el miedo de ver a mi padre molesto los paralizó en un instante.

Mi madre, se recuperó de la sorpresa y llevándose una servilleta de tela a los labios se limpió y después dijo:

—Querido mío, ¿a qué se debe esa interrupción?




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