20 de agosto de 1796: El año del viento.
Hace varios días que no he vuelto a la cabaña. Me he mantenido en esta cueva fría, pero acogedora. He ganado una compañía valiosa, capaz; quizá sea un poco incoherente a la hora de hablar y hablar. Pero Hiliria contiene un corazón gigante.
La comunicación ha sido algo complicada, debo de confesar. Su manera de hablar es muy ambigua, aunque también he notado que Hiliria ha llevado demasiados años sin poder hablar con otro ser vivo.
Ella es afectiva, es… un espécimen que desafía todos los datos conocidos sobre su especie.
Su habilidad en la caza es comparable con la maldad de los más terribles demonios. Con sus afiladas garras, es capaz hasta de talar árboles. Gracias a eso, nos hemos podido mantener en calor y en ningún momento el alimento ha llegado a ser un problema.
—¡Maestro, pequeño Axael! ¡Hiliria llega!
Sí… ahora soy “pequeño Axael”.
No he sabido aún la razón de aquella extraña foto, ni siquiera de por qué conoce mi nombre. Pero, al menos, puedo mantenerme con vida durante un tiempo más…
—Hiliria, qué bueno que hayas llegado. ¿Qué cazaste hoy?
Hiliria sacó de una gran bolsa que le cosí el día anterior una decena de conejos blancos de Franxic, una especie autóctona de las montañas heladas de Franxic.
—¡Pequeño Axael! ¡Vea, Hiliria traer!
Apuntó la bolsa hacia el suelo y, con ello, la decena de cadáveres cayó encima de la tela que solemos usar como mesa.
—Hiliria… ¡trata con mayor respeto a la comida!
Grité, mientras jalaba suavemente de su oreja.
Ella se retorció de dolor, ya que sus orejas son uno de sus puntos más sensibles en su cuerpo.
—¡Por favor! ¡Hiliria disculpe! ¡Hiliria no hacer otra vez!
Imploró por el perdón, así que no me quedó de otra que soltarla.
Su corta cola se movía de derecha a izquierda. Se notaba su felicidad al tener comida enfrente. La baba caía de sus colmillos que sobresalían.
Daba un repaso tras otro a los pobres cadáveres; sus expresiones fúnebres aún estaban marcadas en sus rostros… o bueno, lo que quedaba de ellos.
Hace mucho que no como una carne como esta… —pensaba, recordando aquellos días en donde comía en un salón de lujo junto a todo mi pueblo.
En estos dos días he tenido que aceptar demasiadas cosas.
—¡Pequeño Axael! ¡Cocinar!
¿Eh? ¿Dijo cocinar?
—Disculpa… Hiliria… ¿sabes lo que es cocinar?
Hiliria saltó de felicidad al momento en que sus recuerdos se conectaron con sus neuronas.
—¡Supuesto! ¡Hiliria lo sabe bien! ¡Mucho bien! ¡Maestro Axael hacer cocinar todos los días!
Eh… no entendí nada de lo que dijo…
Aun así, le respondí con una simple sonrisa. No me atrevía tan siquiera a refutarle cosas referentes a su antiguo maestro… “Axael”. Pero tenía un problema mucho más grande en qué pensar.
¿Cómo cocino esto?…
A pesar de mi sonrisa y de la alegría que transmitía Hiliria con su cara, yo me encontraba con la mirada perdida en el cadáver de todas esas pobres criaturas…
Sé que tuve que cazar para sobrevivir… por eso creé mi cuchillo… Pero nunca he tenido que cocinar o preparar alguna comida… Todo lo que he comido desde que me convertí en Axel ha sido crudo…
Glup… Tragué saliva antes de atreverme a tocar un pequeño conejo que tenía un corte profundo en su abdomen. Apenas apreté un poco mi mano para asegurar el agarre, muchas de las tripas salieron por las pequeñas aberturas…
—¡Wuuuahhhhhh!
No pude soportarlo…
¡Está bien! ¡Lo admito! ¡Nunca había asesinado a ningún animal! ¡Todos los que comía los encontraba muertos en el suelo! ¡El cuchillo solo fue creado para cortar bayas y plantas!
—¡Pequeño Axael! ¡¿Encontrarse bien?!
Hiliria corrió rápido para atraparme de mi caída, que, por si no fuera poco, iba directo hacia la decena de cadáveres de las pobres vidas inocentes…
——Hijo mío… ¿por qué no entras a la cocina un día?
——Tú eres el mayor. Deberías animarte a entrar algún día.
——Piensa en cómo motivaría eso a tus hermanos, ¿no te gustaría?
Recordar la voz de mi madre hizo que mi estómago se convirtiera en una marea agresiva de sentimientos. No podía sostenerme en mí mismo. El asco había tomado control completo de mi cuerpo.
El ver cómo la sangre de las criaturas recorría los extremos de la tela hasta llegar a la roca hacía que mi razón se fuera momentáneamente.
Hiliria intentaba sacarme de aquella escena. Podía ver preocupación en su cara… algo que nuevamente contrastaba con lo que sabía de su especie…
—¿Bien ya estar? ¿Pequeño Axael?
—Sí, Hiliria… no te preocupes… —respondí con un tono severo.