El Noveno Apellido Maldito

Capítulo 7.3

21 de agosto de 1796: El año del viento.

Nos preparábamos para el largo viaje de ida hacia la cabaña. Hiliria estiraba sus músculos; flexionándolos y masajeándolos, haciendo que empezaran a tomar una forma mucho más abrupta. Por mi parte, estaba metiendo un par de prendas en una pequeña bolsa de tela.

—¡Pequeño Axael! ¿Faltar mucho?

Ja… eché un largo suspiro y después respondí:

—Solo un poco, Hiliria. ¿Podrías esperar unos minutos más?

A pesar de no verla de frente, supe del pequeño puchero que había hecho con sus labios al escuchar mi respuesta. Desde el momento en que le pedí volver, ella se había mostrado demasiado intensa por ello. Su cola no ha dejado de moverse de un lado para otro ni un solo segundo.

Terminé por cerrar la bolsa y subirla con la fuerza de mi hombro. A pesar de que no eran tantas prendas, la bolsa se sentía un poco más pesada de lo que debería. Quizás sea por la distribución de los pesos o porque llevo unos cuantos días sin hacer nada de fuerza…

Me volteé hacia la cama, encontrándome con una Hiliria que no se cansaba de revolcarse entre las plumas. Había desorganizado todo lo que ya había ordenado. Sentí cómo el peso de todo cayó nuevamente sobre mí…

—¿Pequeño Axael? ¿Por qué cambiar de color?

—Yo… Solo vámonos…

Recogimos todo lo necesario y salimos de la cueva, encontrándonos nuevamente con la hermosa vista. El imponente bosque que crecía con enormes árboles. A la lejanía se podía apreciar el verde claro del territorio de Wheeloq. Y aún más lejos, se veía como niebla una enorme cortina de nieve. Pero, en esta ocasión, esos lugares no serían nuestro destino.

Hoy era fijo el lugar adonde iríamos: la añeja cabaña.

No he parado de pensar en ella en ningún momento. No sé en qué creer sobre lo que vi en aquel sueño. Ese hombre era demasiado parecido a mí. Incluso más que mi propio padre y madre. Los colores blancos y negros reflejados en su cabello son idénticos a los míos; el mismo brillo, la misma densidad… casi iguales…

—¡Pequeño Axael! ¡Hiliria no esperar más! —gritó con una gran fuerza e ímpetu. De verdad, no tengo la más remota idea de dónde saca tanta energía.

La miré; ella apuntaba con su filosa mirada hacia la parte que no había conocido aún de la montaña. Aquella parte que era igual que mi espalda. Su piel deslumbraba como siempre ante los fuertes rayos del sol; aquella silueta semihumana, con sus curvas bien marcadas, me traía una extraña sensación de calidez y de seguridad.

Me despejé de mis pensamientos. Nuevamente sentí esa imponente fuerza que transmitía con su mirada; esos ojos intensos me indicaban exactamente la intensidad del viaje al cual tendría que prepararme.

Sin pensármelo mucho, salté sobre su musculosa espalda y, apenas sintió mi peso, dio una fuerte galopada hacia delante, traspasando la gran roca que nos separaba del otro lado de la montaña.

El paisaje que se abrió ante mis ojos fue aquel que no había visto desde hace tantos días. Esos árboles, ese aroma… la presencia de Ginflix se hizo presente nuevamente ante mí.

—¡Llegar tiempo poco! ¡Pequeño Axael! ¡Agarrar fuerte!

Hiliria gritó antes de que empezáramos a caer por el peso. Sus pies y garras sacudieron la dura roca que la intentaba frenar en un inútil intento. Nuevamente estaba viendo su destreza física en su máximo esplendor. Bajaba en zigzag, esquivando todo obstáculo que se encontrara.

En cuestión de un abrir y cerrar de ojos, ella tocó tierra nuevamente y, sin tomarse un solo momento de respiro, continuó dando fuertes galopadas y se hizo paso entre la maleza. Las hojas secas se rompían y crujían con fuerza, alterando el eterno orden que mantenía el extenso bosque de Ginflix. Podía ver en cámara lenta todos aquellos animales que habitan la zona, siendo intimidados por la legendaria velocidad y pureza de la Lynx que me guía.

—Al fin~ hemos llegado~~… —Mi voz salió como el pobre canto de un ser derrotado. El viaje duró segundos, pero la verdad pura es que recorrimos muchos más kilómetros que la anterior ocasión.

Hiliria parecía no haber sido afectada ni un poco. Ni siquiera mostraba signos de cansancio; sus piernas, llenas de músculos, mostraban una energía que mi propio cuerpo rechazaba. La miré a los ojos y esa hermosa sonrisa afilada se mantenía aún en ella, con los colmillos sobresaliendo un poco de sus labios.

—¿Estar bien? ¿Pequeño Axael?

—Sí… no te preocupes…

Respondí casi en automático. Mi mirada se desviaba entre ella, las largas ramas y el suelo lleno de hojas secas. Sentía cómo mi cabeza daba vueltas consigo misma, mareándome y generándome náuseas.

—¿No entrar a casa cabaña? —preguntó Hiliria con su tono blando habitual.

Asentí con la cabeza mientras un largo bostezo salía de mi boca. Ella dio los primeros pasos hacia la cabaña que estaba a pocos metros de nosotros. Yo me tomé un poco más de tiempo; no había recuperado las energías necesarias como para poder caminar nuevamente. Me había acostumbrado en pocos segundos a estar cargado en la espalda de Hiliria.

—¿…?

Hiliria se volteó y me vio de forma extraña, como si estuviese observando a un pequeño animalito que ha sido gravemente herido y que ahora sufre sus últimos instantes de vida con una mirada perdida…




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