20 de agosto de 1796: Año de un nuevo reinado.
Han pasado dos días maravillosos desde mi magnífico cumpleaños. El regalo de mi madre, sin duda, fue un regalo increíble. El hecho de convencer a mi padre de que tocase a una escoria como esa, y no solo eso, sino que también lo empujara y que ensuciara gran parte de nuestro caro piso con sus líquidos... Sin duda, mi madre es una mujer espléndida. La única de este sucio pueblo que merece tener todo esto.
Pero no quiero desmerecer a mi cálido padre. Su regalo no se quedó atrás, para nada lo piensen. De hecho, podría atreverme a decir que su regalo fue mil veces mejor que el de mi querida madre, la hermosa María de Crinfeld.
Recuerdo sus palabras como si aún las escuchase por primera vez. Su voz, imponente pero amorosa, claramente dedicada a mí, diciendo estas hermosas palabras:
—Querida hija. Mi querida Elodie, esta habitación que ves aquí es totalmente tuya. Admírala ahora y piensa qué uso darle. No te preocupes por tu madre, María; ella no se quejará por nada de ello.
Al frente de mí, en ese preciso instante, tenía una habitación desolada, vacía, sin alma alguna. Únicamente poseía dos lienzos blancos con sus soportes hechos de las maderas caras del norte. Más al fondo, descubrí la verdadera intención de mi padre…
Así que… esto era lo que me tenías pensado en realidad, ¿no?, pensé en aquel momento al notar las enormes herramientas de metal que estaban regadas a lo largo del suelo frío de piedra. Entendí rápidamente la razón de aquellos lienzos. A pesar de ser una gran amante del arte, nunca fui una aficionada a realizarlo como aquellos artistas… pero quizás ahora podría entender las emociones que ellos ilustran con lindos e inocentes colores…
Hoy debía cumplir una misión muy importante. En los días anteriores, mi madre, mi admirable reina de Crinfeld, me había hecho un… ¿cómo decirlo? ¿“Pequeño llamado de atención”? Ya que, según ella, no puede seguir usando tantos guardias como yo tenía pensado…
Así que, ¿qué haría una princesa con una mente tan brillante como yo? La respuesta es demasiado sencilla: empezar a usar pequeñas escorias y bastardos.
Hasta hace poco conocí una entrada que, al parecer, era muy popular entre algunos guardias. Claramente, eso no lo dejé pasar. Aquellos guardias que tuvieron la fortuna de ser escuchados por mí obtuvieron invitaciones cordiales a mi nueva habitación de juegos. Sin duda alguna aprendieron bien que no se debe ocultar nada ante mi presencia: la hermosa Elodie de Crinfeld.
Volviendo un poco al tema, permítanme explicarles cómo llevaré a cabo esta espeluznante misión. Primero, pasaré con tranquilidad por aquella puerta. Si a alguno de los guardias se le ocurre regañarme, sin duda tendrá un peor destino que aquel pobre cocinero. Después, pasearé un poco por esas asquerosas calles. Tercero, escogeré minuciosamente al afortunado ser que podrá compartir tiempo a solas con su próxima reina…
Todo parece normal… creo que ya podría salir…, pensé. Observando atentamente la posición de cada uno de los guardias, y una vez que confirmé que ninguno se percataría de mi presencia, decidí avanzar. Con pasos rápidos y sigilosos, logré salir por aquella pequeña puerta de madera.
Las luces doradas del sol chocaron de manera directa con mi delicada piel clara. Mi belleza. La belleza de la realeza. La belleza de mi apellido. La belleza de la princesa Elodie de Crinfeld.
Acomodé el ala blanca de mi elegante sombrero. Al frente de mí tenía el territorio permitido para la escoria. La calle de tierra y barro, las casas de piedras podridas, sucias y asquerosas. Los techos baratos de madera podrida que protegen a pequeños bastardos de los efectos del clima. Claramente, la diferencia entre ellos y yo es demasiada.
Empecé con mi caminata. Mis zapatos blancos se mancharon con el barro del suelo, pero, solo por hoy, no le daré importancia a eso. Lo que vendrá después vale mucho más que estos zapatos. Estas calles… hace mucho que no camino así por ellas. Recuerdo aquel día, ese último día en que hice esta actividad desagradable para alguien como yo. Ese día, el día en que derribamos la novena y última casa real de Virsfilia…
La imagen de aquel día volvió a formarse en mi mente. Aún mantenía la atención a lo que sucedía a mi alrededor, pero era mucho más entretenido centrarme en lo que mi mente comenzaba a recordar… Recuerdo muy bien sus cuerpos… cuatro cuerpos en el suelo, al frente de mí. El cuerpo de la maldita reina de Virsfilia, atravesado de lado a lado por la espada de uno de nuestros guardias. Debajo de ella, los cuerpos sin cabezas de sus tres hijos, que murieron como pequeñas ratas junto a su mujerzuela madre.
Sí, ese es el momento exacto en donde mi reino, el maravilloso Crinfeld, se convirtió en el verdadero centro de la paz de este mundo. De este noveno mundo que estará por completo en mis manos. Y por supuesto… no me puedo olvidar de la cara de ese maldito niño. Ese supuesto príncipe que carga una maldición en sí: Axael.
Tras sumergirme en mis pensamientos y no parar de caminar, noté que había llegado a una zona que muy poco conocía. Las casas ya no eran de humanos, por supuesto que no; sus formas eran totalmente distintas a las que conocía. Eran casas gigantes, casas inmensas comparadas con la muchedumbre que me obedece. El ambiente era distinto. Ya no había tantos seres caminando sin rumbo por el barro… todo se encontraba en soledad. Nunca antes me había encontrado con esta sensación. Ver estos hogares enormes y limpios me hace sentir… muy enfadada…