Sus caras llenas de incredulidad eran una suave sonata para mi corazón. Ninguno se atrevía a dar otro paso más de lo necesario; ninguno se atrevía a abrir su boca más de lo requerido. Todos se encontraron bajo el mismo silencio mudo que los ahogaba. Y a mí, me hacía brillar.
Bajé el ala de mi sombrero lo más que pude; no podía dejar que estos seres repugnantes se deleitaran con mi sonrisa. Con la mirada al suelo, pude ver el pobre estado de mis zapatos. Su cuero blanco había sido derrotado por lo maldito del barro. Tan solo ver eso hizo que mi barriga diera un corto retorcijón; sentí cómo mis intestinos se cruzaron entre sí… hasta que lo vi.
Dentro de toda la muchedumbre, la cara amorfa de un pequeño aldeano viéndome con ojos de confusión. Fácilmente pude encontrar una enorme diferencia entre él y los demás aldeanos. Unos cachetes inflados, ojos pequeños y una boca babeante… sin duda alguna, una terrible creación de la naturaleza misma.
Fijé mi mirada en él. Los habitantes que estaban a su alrededor se tensaron tanto que podría jurar que se estaban convirtiendo en miserables bloques de hielo a pesar de la fuerte luz solar. Él fue el único que no lo hizo. De hecho, tuvo el descaro de levantar su mano y saludarme como si fuese la bastarda de su madre.
Mi furia estuvo a segundos de arder en ese instante. Pero, mientras que mi población se centraba en esperar mi movimiento, en mi mente se estaba creando el nuevo juego que haría el día de hoy… Levanté mi mano de manera delicada, dándole la orden a un guardia de que se acercara a mí. Susurré en su oído lo único que necesitaba saber para obedecerme. Acto seguido, la orden fue desplazada a los demás guardias.
Uno por uno fueron llevando con fuerza a los asquerosos ciudadanos, dejando solo a ese pequeño igualado. Él no cambió su expresión para mal; de hecho, se contentó mucho más al darse cuenta de que se había quedado solo en el escenario junto a mí, su magnífica princesa.
Di un paso hacia el frente, después otro y, nuevamente, otro hacia delante. Di todos los pasos posibles para llegar hasta él. Teniendo su cuerpo aún más cerca, puedo decir que su apariencia es mucho más asquerosa de lo que se pueden imaginar. Su boca babea mucho más por cada segundo que mantiene su risa. Sus ojos se achinan de manera desagradable. Y sus dedos chocan entre sí. Sin duda alguna, una maldita desgracia producida por la naturaleza misma.
Le ofrecí mi mano, soportando el asco y el vómito que estaban a punto de salir de mi boca. Él, felizmente, aceptó mi ofrecimiento. Pude sentir las caras extrañadas de los guardias que nos veían desde la lejanía. Parte de la orden que les había dado era que vieran atentamente todo mi camino junto a este pobre ciudadano, pero claramente desde el sigilo. Todos se ubicaron en puntos estratégicos: escondidos entre callejones, murales o, incluso, dentro de las mismas personas que habían sido espectadoras de mi espectáculo anterior.
—¿Podría ser tan amable de decirme su nombre?
Mi voz salió tan natural que nadie sería capaz de descifrar mis intenciones ocultas. Él solo sonrió y, después de luchar contra la baba que frenaba su lengua, logró responder:
—Io… me giamo Genfi…
Su voz era tal cual como me la imaginaba: torpe, estúpida, sin sentido y sin un mínimo de inteligencia. Incluso, mientras pronunciaba esas palabras inventadas, se atrevió a escupir un poco mi mano. El guante, gracias a los dioses que me cuidan, protegió mi delicada piel… Esto solo acaba de empezar para ti, maldita escoria.
De reojo me fijé a mis espaldas, notando a dos guardias que nos seguían demasiado de cerca. Con tan solo entrecerrar mis ojos, hice que entendieran lo que les pedía: que se acercaran. Solo uno tuvo la valía de hacerlo; se acercó lo suficiente como para que el mocoso también notara su presencia, haciendo que frenara su paso. Hice la seña y el guardia bajó su cabeza hasta mi boca. Ocultando mis labios con mi mano, le susurré con mucha cautela:
—(Encuentren a sus padres).
Rápidamente se retiró y asintió de manera positiva. Tomó del hombro al otro guardia y ambos se fueron con el objetivo de encontrar su nuevo objetivo. Los demás guardias continuaron viendo de cerca la escena. Continuamos caminando por la calle de tierra; cada gramo de tierra que se pegaba al cuero y tela de mi vestimenta era una idea más para mi magnífico juego que estaba en preparación.
A unos 50 metros de la salida que había usado, vi a los guardias pasar con una gran silueta entre sus manos. Al parecer, habían encontrado justo lo que les ordené. Continué el camino, entreteniendo como una bufona mal pagada a la pequeña escoria. Su sonrisa no se iba de su cara; más bien, brillaba por cada chiste que hacía referente a mi distintiva realidad. No cabía duda de que su mente pobre de conocimiento no sabía reconocer el peligro de una belleza como yo.
Llegamos al castillo, entrando por la misma puerta por la cual salí. Ningún guardia se atrevió a salir de su escondite al verme entrar con la abominable criatura. Nos desplazamos entre pasillos y escaleras hasta que llegamos a mi espléndido regalo. Abrí sin ningún tipo de cuidado la enorme puerta de madera, dejando ver una escena muy bien elaborada…
Un salón lleno de cortinas coloridas, un par de sillas que rodeaban una elegante mesa de mármol de las montañas lejanas de Higfrix. Los ojos del maldito pueblerino al fin se abrieron de par en par; su sonrisa resplandeció aún más de lo que había hecho en el paseo. Con un tono demasiado emocionado, dijo: