Antes de continuar, permítanme contarles cómo fue que llegamos a este punto…
Al momento en que salí de la habitación, dejando solo a la gran escoria bastarda de Genfi, me dirigí de inmediato al lugar en donde me encontraría con los guardias.
Ellos estaban allí, efectivamente, con el objetivo que yo misma como su princesa les había impuesto: el de familiar de Genfi.
Entre ellos dos, se soltaba la esbelta figura de una mujer, que tenía la cara cubierta por una enorme bolsa de tela oscura. Con tan solo mover mi dedo índice de manera ascendente, los guardias retiraron la bolsa de su rostro, mostrando una enorme belleza. Debo de admitir que: su belleza era digna de admirar. Pero… no en este reino, nunca lo será en mi reino…
La mujer tenía los ojos llorosos, sus pestañas le pesaban más que mil toneladas del oro más barato de este mundo. Su cabello, a pesar de desorganizado, se mostraba medianamente impecable, dando breves destellos de un brillo que es únicamente particular de una estrella.
La miré aún más de cerca, notando sus distintivas facciones. Todas gritaban armonía por el lado que se le viera: mandíbula bien definida, labios perfectamente ubicados, una naríz sin ninguna imperfección. Una belleza sin igual…
Pero, esos rasgos, cambiaron repentinamente una vez un guardia cualquiera pasó por delante de la escena.
¿Eh? ¿Dónde escondiste tan linda sonrisa?... No me digas que…
En el pasado, mi madre me contó la historia de muchas mujeres de este reinado. Mujeres que habían sido hechas para servir a nuestro imponente ejército al momento de las Guerras de Creación.
El momento en que ese recuerdo cruzó por mi mente, mi sonrisa natural volvió a florecer. Esa hermosa sonrisa que aparece únicamente al momento en que encuentro lo que quiero, lo que busco y lo que necesito.
Alzando mi voz, le ordené a ese guardia que se detuviera en ese preciso instante. El mismo frenó en seco. Por poco pude ver como su alma intentaba escapar de su horroroso cuerpo.
Sin tan siquiera preguntarle su nombre, le dije:
—Usted, ¿podría decirme si conoce a dicha mujer?
Ambos guardias que las sostenían, la empujaron desde la espalda hasta el suelo, dejándola enteramente indefensa para la vista del interrogado.
Este, sonrió de par en par cuando la vio. En ese momento, no necesité más palabras para entender. Pero, está maldita si las necesitaba…
—-Por supuesto que sí, mi princesa Elodie. Está mujer que ve en el suelo, no es más que una fiel servidora del deseo masculino. Una apasionada a la noche que se entrega en ser y alma a cualquiera que lo necesite…
En ese momento, la mujer sacó fuerzas que jamás había visto en una lamentable prostituta y se abalanzó contra el hombre. Justo allí, fue cuando su alma alcanzó el límite que necesitaba. Con la voz ronca, y la mirada llena de rencor, gritaba:
—-¡Eso no es más que una cruel mentira! ¡Malditos! ¡Malditos sean desde el día de su nacimiento hasta el de su muerte! ¡Ustedes! ¡Malditos de mierda! ¡Abusaron de mí! ¡Sin importar mis llantos! ¡Sin importar que les suplicara! ¡Sin importar que les gritara! ¡Ustedes me hicieron infeliz! ¡Ustedes se robaron mi pureza! ¡Malditos sean~!
El soldado, se la quitó de encima, haciendo que se pusiera de rodilla y acto seguido, le propinó un fuerte golpe en una de sus mejillas.
El cuerpo de la mujer, fue empujado de su posición, causando que nuevamente volviera al suelo entre quejidos y sollozos.
Aún así, su queja continuó a pesar de la adversidades impuestas por su mismo cuerpo.
—-¡Ustedes! ¡No pararon incluso esos días! ¡No importaba cuánto se notara! ¡Eso lo… emocionaba más! ¡Malditos! ¡Son todos unos-!
El mismo guardia, que al parecer, había sido un testigo muy cercano a la pobre desgracia de esta mujer. La detuvo antes de que continuara. Con una expresión fría la miró y dijo:
—-¡Qué rata tan desagradable! ¡Una zorra indeseable para cualquier hombre! ¡Dices y exclamas con dolor todo eso! ¡Y aún así! ¡Fuiste capaz de tener a tal engendro! ¡Jajajaja!
El humor del guardia había llegado a su mejor punto. Las risas provenientes de él, no pararon hasta el punto en que el llanto desesperado de la mujer al fin se tradujo en lágrimas que recorrían su cara.
Ya no hacía falta perder más tiempo en este pequeño juego de inmundos. Yo, la realeza de Crinfeld, he de ayudar en cualquier momento a mis ciudadanos. Eso es lo que cualquier reinante quiere darle a su hermoso pueblo.
Le ofrecí la mano a la mujer. Ella me veía entre las lágrimas y la sangre que ahora brotaba desde su frente. Por un momento desconfió de mí, evitando mi ofrecimiento. Pero, mis ojos azules, tan dulces y suaves como el cielo, lograron convencerla de que aceptara mi ayuda.
Veanme en ese momento, una hermosa princesa, ayudando a la basura de su pueblo.
Ella se levantó con mucho esfuerzo, pero logró ponerse de pie. Por lo que vi, sus rodillas habían sido muy castigadas al estar tanto tiempo arrodillada.
Saqué un limpio paño oculto de mi vestido que aún guardaba algo de suciedad. La miré calidamente y se la ofrecí también. Ella lo aceptó con algo de miedo, secó sus lágrimas de manera pausada y temblorosa.