Llegué a las 6:47 AM a casa, con el sol asomándose por las cortinas de mi habitación.Mi cuerpo era un mapa de un pasión violenta:
-Mi blusa rota colgando de mis hombros, la costura desgarrada desde el nacimiento de mis senos.
-Los chupones morados floreciendo en mi cuello, uno tan oscuro que casi sangraba.
- Las marcas de dedos en mis caderas, donde Alex me había aferrado con fuerza demasiado familiar.
Entré en la cocina con los pies descalzos, el mármol frío bajo mis plantas despertándome más que el agua que buscaba. La madrugada aún pesaba en mis párpados, en el dulce dolor que me recorría el cuerpo.
Y entonces lo vi.
Bruno, apoyado contra la encimera, con una taza de café entre las manos y el torso desnudo, marcado por las sombras del amanecer que se filtraban por la ventana. Sus ojos —siempre tan fríos, tan calculadores— se clavaron en mí como cuchillos.
—¿Qué pintas tú a estas horas ?—murmuró él, pero la frase murió en el aire cuando su mirada descendió.
No tuve que seguir su recorrido para saber qué veía:
- El borde de mi blusa rota, que no había tenido tiempo de cambiar.
- Los chupones violáceos que me decoraban el cuello, como uvas maduras bajo mi piel.
- Y, quizás lo más revelador, ese brillo en mis ojos, ese aire de quien ha sido devorado y vuelto a armar, pieza por pieza.
Vi como Bruno apretó la taza hasta que los nudillos se le blanquearon ¿Por qué tanta furia?
—Parece que has tenido una noche ocupada—dijo, con una voz que pretendía indiferencia pero que cargaba algo más áspero, más peligroso.
Me encogí de hombros, fingiendo no notar el filo en sus palabras.
—Alex es... entusiasta.—respondí para herirlo.Ni yo misma se por qué.
Algo crujió en el aire. Bruno dio un paso hacia mí, y por un segundo, pensé que me volvería a besar, que me gritaría, que haría algo. Pero solo pasó de largo, rozándome con el calor de su piel.
—Ponte algo decente —gruñó al alejarse— O mejor quédate callada en tu cuarto. No quiero recordatorios de tus aventuras.
Y entonces, justo cuando creí que había terminado, Bruno se detuvo en el marco de la puerta. Sin volverse, añadió:
—Aunque con lo que te gusta exhibirte, dudo que te importe.
Sonreí, amarga, por su absurdo comportamiento al que ya me estaba acostumbrado.
Bruno Lombardi
El crujido de la puerta al cerrarse.El tintineo de llaves cayendo en el jarrón del recibidor.
El roce de sus pies descalzos sobre el mármol.
Yo sé que no durmió ayer aquí.Salió muy temprano en la mañana y ahora es que vuelve ¿Dónde carajos pasó la noche esta estúpida?
Me quedé inmóvil en la cocina, los nudillos apoyados sobre la encimera fría, esperando.Con una taza de café en las manos.
No tenía que esperar mucho.
—¿Qué pintas tú a estas horas? —la pregunta salió sola y mi voz sonó extrañamente calmada para el huracán que rugía dentro de mí.
Pero cuando mi vista cayó en su cuerpo mis dedos se encerraron solos alrededor de la taza.Su cuerpo estaba en un estado desagradable con la blusa desgarrada y el cabello revuelto. El amanecer pintaba franjas doradas sobre su piel sudorosa, iluminando cada marca, cada violación a mi tranquilidad.
- El rastro de moretones en forma de dedos en sus caderas.
- La costura rota de su blusa que revelaba el nacimiento de sus senos.
—Parece que has tenido una noche ocupada.
Ella se encogió de hombros.
—Alex es entusiasta —murmuró, y esas tres palabras me clavaron cuchillos en el diafragma.Sentí como algo se rompió dentro de mí.
Subí las escaleras como una tormenta con la ira recorriendome las venas cada paso resonando como un trueno en la madrugada silenciosa.
¡Que chica más ofrecida! Es una estúpida.
Los dientes me rechinaban al pensar en cómo se dejó marcar, cómo regaló su piel a ese imbécil.
¡Oh cuánto la odio!
Golpeo la pared con el puño una, dos veces.Mis nudillos sangran.El dolor agudo en los huesos apenas se registró—nada comparado con el fuego que me quemaba por dentro.Pero no me importa.Como puede estar con el estúpido de su novio y presentarse a esta casa toda marcada por él.
Cada vez que recuerdo las marcas en su cuello, sus labios partidos.Me hierve la sangre.En el pasillo me encontré con Eva saliendo del baño.
—Bruno, ¿qué fue ese ruido? —preguntó, frotándose los ojos.
—Nada —respondí, escondiendo la mano izquierda tras la espalda.
Me dirijo al baño para quitar la sangre que brota de mis nudillos.Las gotas de sangre caían sobre el mármol del baño mientras me vendaba los nudillos. Cada latido del corazón bombeaba rabia pura.
Esa maldita.
¿Cómo se atrevía a llegar así? Con su piel marcada por otro, con ese brillo en los ojos que solo aparecía cuando alguien la había hecho pedazos y la había vuelto a armar.
Alex.
El nombre me quemó la lengua como veneno.Busco el botiquín de primeros auxilios y desinfecto con alcohol y bendo mi mano con cuidado.
Entro de nuevo a la habitación y Eva está sentada en la cama.
—Buenos días mi amor—estruja sus ojos y bosteza.
Se pone de pie e intenta besarme, la tomo de los hombros y la esquivo.
—Voy a ducharme ya voy tarde.
Vuelvo al baño quitando mi ropa para darme una ducha fría a ver si me olvido de cuando la ví entrar a la casa con su cabello revuelto, con rastros de fibras de almohada ajena, la misma ropa del día anterior, arrugada y mal abrochada y su andar ese balanceo leve entre los muslos que conocía demasiado bien.
Bajé las escaleras con paso firme, ignorando el dolor punzante en mis nudillos. La casa estaba en silencio, demasiado silencio, como si las paredes contuvieran la respiración esperando la siguiente explosión.
Y allí estaba ella ajena a la explosión dentro de mí.
Cuando baje por completo estaba sentada en el sofá de la sala, con una taza de té entre las manos y esa blusa de cuello alto que no lograba ocultar completamente el morado en su piel.
Era imposible no fijarse en las marcas que Alex le había dejado. Cada moretón, cada rasguño, era una bofetada.
No la miré. No podía permitirme ese lujo.
Salí de la casa sin despedirme de nadie con mis nudillos lastimados apretando el volante a toda velocidad hacia mi empresa.
Editado: 28.08.2025