El ataque no llegó con fuego. Llegó con silencios. Primero, el de los pájaros. Luego, el de la comunidad, al contener la respiración. Por último, el zumbido grave y eléctrico de las turbinas de los tres drones negros que se posaron en el lindero del bosque, sellando el único camino de salida.
Desde la cabaña de guardia, Aitor vio las máquinas y supo que el tiempo se había acabado. Apagó su radio de un golpe y corrió hacia la cabaña de Zeta. Lo encontró en un momento de pausa irreal.
Masha estaba de pie, con la mochila de Elián en la mano, su rostro una máscara de concentración pura. Justo cuando terminaba de cerrarla, su expresión se quebró. Una palidez de mármol la cubrió, sus ojos se nublaron. La mochila cayó al suelo y ella se desplomó.
—¡Masha! —Zeta la atrapó al vuelo y la llevó a la cama. Elián gritó, aferrándose a su padre.
Fue entonces cuando Aitor irrumpió:
—¡Zeta! Los drones, están...
—Ya lo sé —lo cortó Zeta, sin apartar los ojos de su esposa. Su voz era de cirujano, no de comandante—. Aitor, tú eres las piernas de Elián ahora. Llévalo al búnker por el pasadizo. Yo voy detrás.
Aitor, con la orden clara, asintió. Tomó la mochila y a Elián, cuyo último vistazo fue a su padre arrodillado junto a su madre, y salió hacia la oscuridad del túnel.
Al quedarse solo, Zeta respiró hondo. No era solo el esposo; era el médico, la herramienta de precisión. Tomó el pulso de Masha: rápido, pero fuerte. Le palpó el vientre, buscando una causa para el síncope. No había signos de trauma. Entonces, por puro protocolo de análisis, se llevó a los labios la yema de sus dedos, aún húmeda del sudor de la frente de Masha.
Para un humano, solo habría sabido a sal. Para Zeta, cuyos sentidos químicos eran sensores de diagnóstico, el sabor reveló una firma distinta: trazas ínfimas de hormonas en un perfil anómalo. No era estrés agudo. Era el perfil bioquímico del embarazo más temprano. Su sistema interno lo reconoció al instante: gonadotropina coriónica, progesterona elevada.
Zeta cerró los ojos, abrumado por el peso de la certeza. Ella estaba embarazada. Guardó el secreto en lo más profundo de su mente; no era el momento de palabras, sino de supervivencia.
Con una ternura extrema, cargó a Masha y salió. El poblado ya estaba vacío. Solo los tres drones, inmóviles y ominosos como buitres de metal. Caminó rápido hacia la única grieta en la base del risco: la entrada secreta.
Dentro, la oscuridad era total. Avanzó guiado por la memoria y el sonido de la respiración de Masha contra su pecho. Cuando emergió en la caverna del búnker, Aitor cerró tras de él la pesada puerta de troncos y hierro. El clunk final fue el sonido del mundo exterior quedando atrás.
Zeta depositó a Masha en una litera. Eunice se acercó al instante, angustiada.
—¿Está bien? ¿Qué le pasó?
—Es el shock del ataque —mintió Zeta, manteniendo la voz baja para no romper el frágil equilibrio del grupo—. Necesita descansar. Vigílala.
En ese instante, la radio de Aitor escupió estática y luego una voz metálica que heló la sangre de todos:
"... Anomalía Épsilon-1 no localizada en superficie. Escaneo detecta rastro hormonal de alta prioridad. Perímetro sellado. Protocolo de excavación: AL AMANECER."
Zeta miró a su gente. El enemigo no sabía qué buscaba exactamente, pero ya sentía el rastro de la vida. Miró a Masha, que seguía inconsciente, y luego a Elián.
—Preparen lo que puedan cargar —ordenó Zeta, y su voz no tembló—. Amanecer es nuestra única ventana. Aitor, envía a Ian el código 'Nido con Dos Huevos'. Nos vamos al norte. Mientras las lámparas de aceite 🪔 que Eunice y Aura habían encendido, eran la única luz entre tanta oscuridad.