Lucas había pasado la mañana en el mercado. Caminó entre los puestos de frutas y verduras sin prisa, casi con la intención de que el bullicio y los colores borraran los ecos de la noche anterior. Saludaba con una sonrisa forzada, preguntaba precios que no le importaban, y demoraba cada paso como si el tiempo pudiera estirarse lo suficiente para evitar su regreso.
Pero la realidad lo alcanzó, como siempre. La bolsa de compras se volvió más pesada que de costumbre y el sol empezaba a caer sobre su espalda. No había excusa: tenía que volver a casa.
El portón oxidado crujió al abrirlo y, mientras trataba de convencerse de que la noche anterior había sido solo producto de su imaginación, lo vio. Ahí estaba su vecino, impecable como siempre: la camisa planchada, el césped de su jardín perfectamente alineado, la sonrisa precisa al notar la presencia de Lucas.
Quizá cualquier otro lo habría admirado, incluso envidiado, pero a Lucas le pareció demasiado perfecto. Tan perfecto que resultaba sospechoso.
Ese hombre, al que apenas había prestado atención antes, de pronto se le antojó como una pieza que encajaba demasiado bien en el rompecabezas de sus miedos.
—Hola, Lucas. ¿Tu madre todavía no llega? —preguntó el señor Heig con una sonrisa impecable, tan amable que interrumpió los pensamientos de Lucas.
—Buenos días, señor Heig. No, aún no llega —respondió él, intentando sonar tranquilo mientras disimulaba sus sospechas.
—Vaya… —dijo el vecino, inclinando apenas la cabeza— ¿y no te asusta estar solo tanto tiempo?
Por un instante, Lucas se quedó sin palabras. La sonrisa amable del señor Heig contrastaba con la punzada helada que la pregunta le había dejado en el pecho. ¿Por qué alguien querría saber si le daba miedo estar solo? ¿Acaso lo había estado observando?
Forzó una risa breve, como quien quiere restarle importancia, y murmuró algo sobre que ya se había acostumbrado. Pero mientras entraba a la casa con las bolsas en la mano, no podía sacarse de la cabeza la sensación de que había dicho demasiado, de que su vecino había encontrado una grieta en la que colarse.
El silencio lo envolvió de nuevo cuando cerró la puerta tras de sí, pero ya no era el mismo silencio. Ahora estaba cargado con la voz del señor Heig repitiéndose en su mente: “¿y no te asusta estar solo?”
¿Eran esos los momentos a los que su madre se refería cuando hablaba de un “sexto sentido”? Posiblemente. Solía decirle: “Lucas, a veces el cuerpo sabe lo que la mente todavía no entiende. Escúchalo, porque ese presentimiento es una voz que no miente.”
Y ahora, esa voz interior le gritaba que algo en el señor Heig no encajaba, aunque todo en su apariencia dijera lo contrario.
Con las bolsas en la mano, Lucas apresuró el paso hacia su casa. Cerró la puerta detrás de sí y el silencio lo recibió como un viejo enemigo. No era el silencio común de una casa vacía, sino uno más denso, como si también guardara secretos. Se dejó caer en la silla de la cocina, intentando convencerse de que eran solo ideas suyas. Pero la frase de su madre insistía en su mente, golpeando al mismo ritmo que su propio corazón.