El ocaso de la Luz que guarece

Cuarta historia (INMORTALES)

 

INMORTALES

 

 

Escribe VLAD STRANGE

 

Una fina silueta arremetía sin ningún esfuerzo contra la ventisca invernal que azotaba el valle en el que se encontraba la Cabaña a la que había sido cordialmente invitada. Poderosa se mostraba firme a cada paso que daba en dirección a su destino, con una gabardina negra que iba ajustada a su delgado cuerpo y un sombrero que mágicamente iba sujeto a su cabeza pelirroja.

 

Unos ojos negros reflejaban una convicción inigualable, enmarcados con unas cejas oscuras y fuertes, con tenues tonos de canela, observaron cautelosamente la casita con las tenues luces encendidas en su interior. Poco podía ver desde ahí, pero el aire le decía que Anciano no se encontraba solo. Sin embargo, ella conocía muy bien a ese hombre ermitaño, que de solitario no tenía mucho. Usualmente celebraba cenas a las que eran invitados variopintos personajes que poco tendrían en común para convivir alrededor de una mesa más que un elemento en común: aquel misterioso hombre.

 

Desde el interior de la cabaña, él alcanzó a ver la figura de la mujer y por su porte, distinguió su identidad: Romina, La bruja del interior. Ansioso por saludarla, el anciano se puso de pie, dejando de escuchar la charla taciturna de Lector y sirvió una copa de licor de crema. Para cuando el vaso estuvo lleno de líquido cremoso, tres golpecitos llamaron a la puerta.

 

Sus ojos brillaron, pero solo por un instante que pasó totalmente desapercibido para su acompañante estrella, quien ya se había adelantado a recibir a la invitada.

—He sido honrada con esta invitación, señor Anciano. —La mujer sonrió, aunque poco de sus rasgos podían verse detrás del sobrero y el cuello de la gabardina—. ¡Wow! ¡Menuda nevada la de hoy! —dijo, quitándose el sombrero para revelar una hermosa melena de jengibre y una piel llena de pecas que la hacían ver menos severa. Después, sin decir mucho más, se despojó de la gabardina y de un abrigo de lana que llevaba debajo.

 

 

El anciano, en silencio, esperó a que su invitada terminara de acomodarse a la mesa y le pasó la copa de licor en cuanto llegó el momento.

—¿En dónde están todos?

—Llegarán. —Anciano contestó, soplando una bocanada de humo sobre la mesa—. Por el momento, te presento a Lector, nuestro invitado de honor.

—Enchanté, Lector.

—Quizá podrías contarnos alguna de tus historias para amenizar la velada mientras esperamos a los que están por venir —Anciano pidió—. ¿Qué opinas, Lector?

Él solo asintió.

—Bueno, creo que podría contar algo, entonces.

Romina, la bruja del Interior, alzó los hombros y antes de comenzar a hablar, sorbió un poco de licor.

 

 

Hay una historia antigua, una que ya se contaba desde antes de mi tiempo, que afirma que los héroes renacían en gatos. Sí, esas pequeñas bolas de pelo con miradas perspicaces y personalidades altivas. Se dice que Hércules no regresó como un león, sino como un Maine Coon. Y todas aquellas celebridades de tales siglos, desde Leónidas, Alejandro el Magno, hasta Helena de Troya tienen una segunda partida en el mundo de los mortales como felino…

 

Cuentan los antiguos que durante la edad de oro, ante tanto héroe caído en espartanas batallas, el mundo se enfrentó a una sobrepoblación de gatos, y formando filas, siempre acostumbrados a actuar como soldados de míticos ejércitos y a ser parte de una organización naturalmente jerárquica (y ante la presencia de Alejandro Catno), fundaron un pequeño poblado en los Pirineos.

 

Liderados por el más grande emperador de Alejandría, una colonia de heroicos gatos se estableció en lo que pronto descubriríamos los brujos que es el centro del universo, dónde todos los caminos convergen y las dimensiones pierden sentido.

Al poco tiempo de vivir en sus empedradas callejuelas, los más avispados y versados en las artes místicas se dieron cuenta de que se encontraban ante la mismísima Puerta de Minhar, el paso oficial de las criaturas, el portal de los mundos. No era raro observar legendarios seres «mitológicos» caminar camuflados entre los ríos de humanos, algunos pasaban como simples viajeros y otros se habían establecido ya como comerciantes a los que podías recurrir para conseguir objetos extraños.




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