El Ojo de Aelarion. (parte 2)

Capítulo 4: El Eco de Uxma.

​Inmersión en la Selva.
​El Fantasma II aterrizó en una pista de aterrizaje abandonada en lo profundo de la selva del sur de México. La temperatura era asfixiante, el aire denso por la humedad y el olor a tierra y vegetación en descomposición.
​—Bienvenidos a Yucatán —dijo Nido, empuñando un machete que parecía incongruente con su atuendo tecnológico—. A partir de aquí, el sigilo es primitivo. Solo podemos usar machete, GPS y la buena suerte.
​Kira se puso el arnés, cargado con suministros para tres días. La selva era un enemigo silencioso, lleno de trampas naturales.
​—La base de El Cónclave que Victoria está buscando no es una instalación militar —explicó Vance, consultando las runas del Pergamino de Metal—. Es un templo de reclusión. Los atlantes lo construyeron en simbiosis con la civilización maya.
​El Pergamino mostraba una ruta precisa: debían seguir un antiguo cenote, que los llevaría a un complejo de cuevas subterráneas.
​—El cenote se llama El Ojo del Jaguar. Es la entrada al Templo Perdido —dijo Vance.
​El Canto del Cenote.
​Caminaron durante horas, cortando la maleza. El calor era brutal.
​Llegaron al Cenote del Jaguar. No era un simple pozo de agua; era una maravilla geológica. La boca del cenote era una oquedad perfecta, adornada con relieves que parecían ser una mezcla de iconografía maya y símbolos atlantes. Del interior emanaba un zumbido rítmico que vibraba en la boca del estómago.
​—Ese zumbido... —murmuró Nido, ajustando sus audífonos—. No es geológico. Es una frecuencia controlada.
​—Es la resonancia del Templo —dijo Vance, con una mezcla de fascinación y temor.
​El Pergamino de Metal reaccionó al zumbido. En lugar de mostrar la ruta de descenso, la luz del pergamino se volvió inestable. La resonancia estaba interfiriendo con la tecnología moderna.
​—¡El Pergamino no funciona aquí abajo! —advirtió Vance.
​El Guardián Sónico.
​Kira encendió su linterna. El descenso al cenote era una caída vertical, solo posible mediante anclajes y cuerdas. Justo cuando se preparaban para la inmersión, el zumbido se intensificó, volviéndose un estruendo ensordecedor.
​De las paredes del cenote, surgieron tres discos metálicos, del tamaño de escudos, que orbitaban a gran velocidad.
​—¡Es un sistema de defensa sónica! ¡No podemos bajar! —gritó Nido, tapándose los oídos.
​Los discos emitían una ráfaga de ruido blanco tan intensa que no solo aturdía, sino que hacía vibrar peligrosamente la roca a su alrededor. Los anclajes de la pared del cenote comenzaron a agrietarse.
​Kira sabía que no podían usar explosivos; la detonación sellaría el cenote para siempre.
​—Nido, si esto es sónico, tiene que tener una frecuencia de interrupción —ordenó Kira, cubriéndose.
​Nido, luchando contra la vibración que le hacía sangrar la nariz, se conectó a su tablet. El disco metálico era demasiado rápido para rastrear el patrón, pero Nido vio una anomalía: el tercer disco tenía una ligera variación en la frecuencia de rotación.
​—¡El tercero! ¡Está desfasado en 0.7 hercios! ¡Es el centro de control!
​La Solución Aelarion.
​Kira tomó su rifle de asalto, pero sabía que un disparo fallido significaría la muerte.
​Vance se dio cuenta de algo. —¡No dispares! ¡El pergamino!
​Vance tomó el Pergamino de Metal y, con un valor imprudente, lo sostuvo cerca de la boca del cenote. El Pergamino, al reaccionar a la resonancia, emitió una luz roja, tratando de contrarrestar el ruido.
​Vance no lo estaba usando como escudo; lo estaba usando como diapasón. Recordó las viejas canciones de cuna atlantes que su abuelo le cantaba, llenas de tonos armónicos.
​Vance respiró hondo y cantó. Cantó una secuencia de tonos bajos y vibrantes, armonizando con el metal del pergamino. El sonido no era fuerte, pero era puro y preciso.
​El canto resonó con el zumbido de los discos. Al alcanzar el tono armónico, el tercer disco (el desfasado) se sobrecargó, su rotación se detuvo y se estrelló contra la pared del cenote.
​Los otros dos discos se detuvieron al instante. El estruendo sónico se detuvo. El silencio regresó, solo roto por el goteo del agua del cenote.
​Kira miró a Vance con admiración. —Ya te dije, profesor. Eres un arma.
​—Ahora vamos —dijo Vance, recogiendo el Pergamino, su rostro exhausto—. Acabamos de encender la primera luz para Victoria. Tenemos que descender antes de que ella nos alcance.




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