El Ojo Que Nos Vio Primero

CAPITULO 1: LA IMPERFECCION DEL SER.

No sé si estas palabras sobrevivirán a lo que queda del mundo, o si alguien tendrá los ojos necesarios para leerlas. Escribo esto no por vanidad, sino por una necesidad mecánica de dejar un rastro, una caja negra en medio de un naufragio que no tiene orillas. Hace dos meses, mi mayor preocupación era un sensor de proximidad defectuoso y el brillo molesto de las luces de sodio en la calle. Hoy, mi mayor preocupación es respirar sin ser detectado.

Dicen que la locura es la incapacidad de compartir la realidad con los demás. Si es así, entonces el mundo entero se ha vuelto loco conmigo, o quizás, por primera vez en la historia de nuestra especie, todos hemos recuperado la cordura al mismo tiempo y ese es el verdadero horror. Los pocos que logramos salir vivos de nuestros hogares, de nuestras ciudades natales, caminamos como espectros. Ya no existe un lugar seguro. No hay un búnker lo suficientemente profundo ni una montaña lo suficientemente alta. Están en todas partes. En las metrópolis de acero, en los campos de cultivo, sobre los océanos que antes creíamos vastos y que ahora parecen simples charcos a sus pies.

Lo más amargo de esta agonía es recordar cómo empezó. No fue una guerra. No fue un virus. Fue una solución. Todo nació de ese deseo tan humano y arrogante de reparar nuestra propia imperfección. Queríamos curar a la humanidad de una debilidad que cargábamos desde el inicio de los tiempos, algo que todos, absolutamente todos los seres humanos, dábamos por sentado.

Hablo de la vista. Hablo de estos globos de tejido y nervios que nos conectan con el exterior, pero que siempre han sido imperfectos.

Durante siglos, nos adaptamos a ver a través de un cristal empañado. La mayoría de las personas no lo notan hasta que es tarde, pero el ojo humano es una pieza de ingeniería biológica llena de errores. Tenemos lentes porque nuestras córneas se deforman; sufrimos de cataratas porque nuestras proteínas se rinden ante el tiempo. Pero había algo más, algo que todos compartíamos: el humor vítreo. Esa sustancia gelatinosa que rellena el ojo no es pura. Con los años, se llena de residuos, de fibras de colágeno que se aglutinan y proyectan sombras en la retina.

Cualquier persona que haya mirado al cielo azul en un día despejado sabe de qué hablo. Esas pequeñas manchas translúcidas que parecen gusanos de luz o filamentos que huyen cuando intentas enfocarlos. Las llamábamos "miedodesopsias" o moscas volantes. Los médicos nos decían que eran inofensivas, restos de basura biológica flotando en el líquido de nuestros ojos. Un parásito inerte con el que debíamos convivir.

Extraño esos días. Extraño la época en que ver mal era solo una cuestión de graduar unos cristales. Extraño mis lentes; eran una barrera física, una capa de vidrio que me separaba de la realidad, y ahora daría lo que fuera por volver a usarlos, por tener mi visión limitada, borrosa y protegida.

Nadie lo pensó de esa manera en aquel entonces. Nadie se detuvo a considerar que quizás esa "imperfección" no era un error evolutivo. Quizás ese parásito, esa suciedad en nuestro humor vítreo, era una membrana necesaria. Una protección que la naturaleza nos otorgó para que nuestros cerebros no tuvieran que procesar lo que realmente se mueve en el espacio que creemos vacío. Estábamos adaptados para ser ciegos a medias. Estábamos protegidos por nuestra propia basura celular.

Pero entonces, una mano invisible —cuya identidad prefiero no arriesgarme a escribir en estas primeras páginas, aunque el rastro de su tecnología esté en cada rincón de este Sector en Alaska— decidió que ya habíamos sido ciegos por demasiado tiempo. Decidieron que la humanidad merecía la transparencia absoluta.

Hace dos meses, me acosté en una camilla buscando la perfección. Me dijeron que limpiarían mi mirada, que eliminarían esos "parásitos" de luz que bailaban en mi visión. Me prometieron que vería el mundo tal cual es.

Dios mío, cumplieron su promesa. Y ahora no hay forma de volver a cerrar los ojos.

A veces, en el silencio gélido de estas noches de Alaska, me quedo mirando mis manos y me pregunto cuántas personas en este momento están suplicando por un milagro que antes despreciaban. La era de la miopía, de las cataratas y de las enfermedades oculares terminó de la noche a la mañana. Fue presentada como la victoria definitiva sobre la biología; un mundo donde nadie tendría que entrecerrar los ojos para leer una señal o vivir en la penumbra de una retina desprendida. Pero ahora que el polvo se ha asentado sobre las ruinas de nuestra civilización, entiendo la cruel verdad: cada defecto, cada dioptría de desviación, cada mancha de ceguera era un escudo.

Éramos como niños protegidos por una manta sucia. La miopía no era una falla; era un filtro que desenfocaba lo que no debíamos comprender. La ceguera no era una tragedia; era un santuario de ignorancia que mantenía a esas "cosas" en el reino de lo inexistente. Sabíamos que algo estaba frente a nosotros, sentíamos esa presencia eléctrica en el aire, ese escalofrío en la nuca cuando caminábamos por una habitación vacía, pero nuestra visión defectuosa nos permitía decir: "no es nada, es solo un fallo de mi ojo".

Si alguien encuentra estas hojas, le ruego, le suplico con lo poco que me queda de cordura: no cometa el error que nosotros cometimos. No busque la claridad. Si todavía ve el mundo borroso, si todavía tiene que usar lentes para distinguir las formas, quédese así. Abrácelos. No intente "curarse". Aquellos que lamentan no poder ver la nitidez del horizonte, no saben que el horizonte está plagado de geometrías que devoran la esperanza.

Es espeluznante decirlo, pero hoy le pido a Dios que me devuelva la oscuridad. Le pido que me arranque los ojos si es necesario, con tal de no tener que procesar ni un detalle más. La ignorancia no era un vacío de conocimiento; era nuestra única técnica de supervivencia. Éramos felices siendo vulnerables porque nuestra propia biología nos ocultaba la escala de nuestra insignificancia.



#136 en Ciencia ficción
#75 en Terror

En el texto hay: terror, terror cosmico

Editado: 31.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.