El Ojo Que Nos Vio Primero

CAPITULO 2: LA MEMORIA DEL ABISMO.

Había pasado una semana desde que cruzamos el umbral del Sector [DESCONOCIDO], pero el frío de esas instalaciones parecía haberse quedado instalado en mis huesos. El pago llegó puntualmente, una suma generosa que debería haber servido para acallar cualquier duda, pero el dinero no podía borrar la imagen que se repetía cada vez que cerraba los ojos.

En el taller, la atmósfera era tensa. Nuestro jefe descargó su frustración contra el compañero que había golpeado la cama número cuatro, regañándolo por nuestra "salida precipitada" y por poner en riesgo futuros contratos con Aethelgard. Sin embargo, detrás de los regaños, todos evitábamos mirarnos a los ojos. Había un pacto de silencio nacido del miedo, no del respeto.

Yo permanecía incrédulo, sumergido en un mutismo que mis colegas confundían con cansancio. Pero no era fatiga. Era la imagen de ese microscopio.

Lo que vi a través de los lentes de la máquina no era un sistema óptico. No había espejos de reflexión, ni prismas de cristal tallado. Lo que mis ojos captaron en ese breve segundo de curiosidad prohibida fue algo que "reaccionaba". Aquella geometría fractal no era estática; se cerraba y se abría con una cadencia biológica, como un esfínter o una pupila que se ajusta a la luz. Pero no había luz allí dentro, solo esa oscuridad densa que parecía tener profundidad propia.

Y luego estaba el líquido.

Me perseguía el recuerdo de la viscosidad de ese rojo cayendo sobre la sábana blanca. Un láser no sangra. Un láser no tiene pulsaciones. Sin embargo, cuando la máquina recibió el impacto, el derrame no pareció una fuga mecánica; pareció una hemorragia. Fue como si hubiéramos herido a algo que estaba usando la carcasa de metal como un caparazón.

Intentaba convencerme de que mi ojo malo me había jugado una mala pasada. Que la falta de profundidad y la neblina de mi visión habían distorsionado componentes electrónicos comunes. "Es solo tecnología que no comprendes", me decía a mí mismo mientras soldaba cables en el taller. Pero mi mano temblaba.

Sabía que el gran accidente, el horror que ahora devora el mundo, no comenzó cuando las máquinas se encendieron para todos. Comenzó allí, en el silencio de ese almacén, cuando nos permitieron asomarnos al abismo y decidimos ignorar que el abismo nos estaba devolviendo la mirada.

Faltaban solo siete días para mi cita. El número 1896 quemaba en mi memoria. Cada vez que pasaba frente al espejo y veía mi ojo empañado, sentía una dualidad aterradora: el deseo desesperado de dejar de ser un lisiado visual y el terror instintivo de permitir que esa "cosa" que latía dentro de la caja negra proyectara su esencia directamente en mi cerebro.

La ciudad seguía tranquila, pero yo ya no podía ver la nieve de la misma forma. Ahora sabía que debajo de la perfección blanca de Alaska, algo rojo y espeso estaba esperando su turno para despertar.

Faltaban solo siete días. Esa cifra se sentía como una cuenta regresiva hacia una ejecución o hacia un milagro; la línea entre ambas cosas era cada vez más delgada. Pasé esas jornadas en un estado de nerviosismo constante, debatiéndome entre la lógica y el miedo. Pensé en cancelar la cita, en borrar mi nombre de la lista de Aethelgard y seguir viviendo en mi mundo neblinoso. Pero entonces abría el refrigerador y veía los productos: las gafas negras de diseño geométrico, las gotas, el kit de postoperatorio. Estaban ahí, recordándome que el futuro ya había sido pagado.

Intentaba aferrarme al recuerdo del hombre con el que casi choqué en la calle. Él se veía bien, ¿no? Tenía una precisión física envidiable. Mi corazón intentaba negar lo que mis ojos habían visto en el taller, rogando por volver a esa ignorancia donde las máquinas son solo herramientas y el líquido rojo es solo una fantasía de mi mente estresada.

A falta de solo dos días para la cirugía, me encontraba en mi hora de descanso en el taller. Necesitaba distraer la mente, alejarme de los circuitos y de la paranoia. Abrí mi computadora y, por puro hábito, me sumergí en los foros de Reddit. Siempre me han gustado las historias de terror, las leyendas urbanas y las teorías sobre vida alienígena; son mi válvula de escape. Pero lo que encontré ese día no era el entretenimiento que buscaba.

En la página principal, un hilo me detuvo en seco: "¿Es solo mi sospecha o alguien más está viendo cosas en el cielo?".

Entré pensando que sería la típica publicación de un entusiasta de los OVNIs, pero el tono era distinto. El usuario no hablaba de luces o naves. Decía, con una frialdad que me erizó la piel, que esto no era una historia ficticia. Describía manchas. No eran nubes, ni pájaros, ni suciedad en el lente de una cámara. Eran formas que solo él podía ver, tanto de día como de noche, moviéndose con una lentitud glacial sobre la ciudad. Mencionaba que había intentado grabarlas con su celular y cámaras profesionales, pero en los videos el cielo aparecía limpio, azul o estrellado. Solo sus ojos percibían la anomalía.

Al principio, los comentarios lo tildaron de esquizofrénico. Pero luego, el hilo explotó.

"Yo también las veo", escribió alguien de Seattle. "Parecen jirones de algo sólido, pero a la vez transparentes". "¿Sienten esa presión en la nuca cuando miran hacia arriba?", preguntaba otro desde Londres. "Es como si hubiera una presencia, como si el cielo ya no estuviera vacío, aunque nadie más parezca notarlo".

Me salí del foro, sintiendo una inquietud creciente. Busqué en otros chats, en otras redes sociales, y el patrón se repetía como una plaga digital. Las preguntas se multiplicaban: "¿Ves las manchas?", "¿Por qué ahora?", "¿Estás viendo lo que yo veo?". Ya no eran casos aislados.

Lo que terminó de helarme la sangre fue cuando regresé al motor de búsqueda principal. En la tabla de tendencias populares, en el primer puesto de lo más buscado a nivel global, no estaba la política, ni el deporte, ni la celebridad del momento. El término número uno era: "Manchas en el cielo - Síntoma visual".




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