CAPITULO 4: EL TACTO ANTES QUE LA VISTA.
Desperté antes de que la alarma tuviera oportunidad de romper el silencio. No fue un despertar abrupto, de esos donde el corazón galopa contra las costillas y el sudor frío te empapa la nuca; al contrario, fue como emerger suavemente de un lago de aceite templado. La pesadez química de las pastillas de Walmart había cumplido su promesa. Por primera vez en días, mi mente no era un hervidero de cables sueltos y sombras chinescas.
Me quedé un momento tumbado, mirando el techo de mi habitación. La penumbra del amanecer filtraba una luz grisácea y mansa a través de las cortinas. Todo estaba en su sitio. El armario de madera crujió levemente por el cambio de temperatura, un sonido doméstico, real, reconfortante. Sentí una paz que me pareció casi extraña, como si hubiera recuperado una parte de mi alma que se había extraviado en la carretera la noche anterior.
—Solo era cansancio —susurré para mis adentros, disfrutando del sonido de mi propia voz sin el temblor de la paranoia.
Me sentía renovado. El efecto secundario del que hablaba el jefe, ese insomnio que supuestamente "hackeaba" el cerebro, parecía haber sido domado por una simple dosis de farmacia. Qué ridículo me sentía ahora al recordar mis pensamientos sobre ballenas en las nubes o tentáculos de humo. La mente humana es una máquina biológica fascinante, pero cuando se queda sin energía, empieza a inventar piezas para que el motor no se detenga. Yo simplemente había estado operando en reserva, alucinando con retazos de películas y miedos infantiles.
Me incorporé lentamente, estirando los músculos. No había manchas bailando en mi visión. No había zumbidos extraños. Mis ojos de Aethelgard se sentían... integrados. La nitidez era asombrosa; podía ver las motas de polvo suspendidas en el aire con una claridad que ningún ojo humano natural podría soñar. Pero era una claridad lógica, física.
Empecé a planificar mi día con una eficiencia casi mecánica. Desayunaría con mi madre y mi hermana, les daría un beso antes de salir y me enfocaría por completo en el taller. Tenía tres unidades de diagnóstico que necesitaban calibración y un par de drones domésticos con fallos en el sensor de proximidad. Trabajo real. Metal, soldaduras, circuitos impresos. Cosas que puedes tocar, que puedes arreglar con un multímetro y paciencia.
Me levanté de la cama y caminé hacia la ventana para abrir las cortinas. Quería ver el sol de Alaska, aunque fuera tras las nubes. Quería confirmar que el cielo era solo cielo y que la carretera era solo asfalto. Me sentía tan seguro, tan dueño de mis pensamientos, que incluso me reí de la idea de tirar el componente que había dejado en el contenedor del pasillo. Quizás lo recuperaría, solo para desarmarlo y demostrarme que dentro no había más que silicio y polímeros de alta resistencia.
—Hoy será un día normal —me prometí, mientras mi mano buscaba el borde de la cortina—. Un día perfecto.
Pero al estirar el brazo, antes de llegar a la tela, mis dedos tropezaron con algo que no debería estar ahí. No era la cortina. No era la pared. Fue un contacto físico, una resistencia elástica y fría que vibró bajo mi tacto, como si acabara de hundir la mano en una telaraña hecha de agua congelada.
Mi corazón, que hacía un segundo latía con una calma perfecta, dio un vuelco violento. El silencio de la habitación cambió. Ya no era un silencio de paz, sino el silencio de una tumba donde algo acaba de despertar.
El roce fue tan nítido que retiré la mano por instinto, como si hubiera tocado una placa de hielo suspendida en el aire. Durante un segundo infinito, el mundo se detuvo. Mis dedos guardaban el eco de una resistencia elástica, algo que cedió bajo mi presión pero que recuperó su forma de inmediato. Miré el espacio vacío entre mi cama y la ventana, esperando ver un cable suelto o una telaraña gigante, pero solo había aire. Aire denso y gris.
Entonces, noté el movimiento de la cortina. Un leve vaivén, un jirón de tela que bailaba al ritmo de una corriente imperceptible. Mis pulmones soltaron el aire que retenían en un suspiro de alivio que me hizo vibrar los hombros.
—El viento —murmuré, forzando una sonrisa ante mi propia estupidez—. Solo es el maldito viento.
Me acerqué y comprobé que, efectivamente, la hoja de la ventana no estaba cerrada del todo. El frío exterior se filtraba como una lengua de escarcha, creando esa sensación de densidad que mi mente, todavía intoxicada por el miedo de ayer, había interpretado como algo sólido. Cerré el marco con fuerza, escuchando el clic del seguro como si fuera el cierre de una celda para mis propios delirios. Ya no más. Me froté las manos para recuperar el calor y me convencí de que la "textura" que sentí era solo el contraste térmico del aire helado contra mi piel caliente. Lógica. Siempre había una explicación lógica.
Bajé a desayunar con una calma impuesta. El olor al café recién hecho de mi madre y el sonido de la televisión de fondo eran el ancla perfecta. Saludé a mi hermana con un gesto tranquilo y rechacé el segundo plato de avena alegando que quería llegar temprano al taller. El ambiente familiar, tan ajeno a mis tormentos nocturnos, me ayudó a enterrar el incidente de la ventana en el fondo de mi memoria.
Al salir, el pueblo de Alaska comenzaba a desperezarse bajo un manto de neblina baja y persistente. Era una mañana de esas en las que el mundo parece estar dibujado al carboncillo. Las luces de las casas se encendían una a una, pequeños puntos amarillos que luchaban contra la penumbra. Vi a mi vecino de enfrente subir a su camioneta, el vapor de su aliento mezclándose con el humo del escape; vi a otros caminar hacia sus autos con los hombros encogidos por el frío, repitiendo la coreografía diaria de la supervivencia laboral.
Encendí el motor y me puse en marcha. Los árboles a los lados de la carretera pasaban como centinelas limpios y mudos. Saqué mi celular un momento en un semáforo: el pronóstico confirmaba lluvias ligeras y una humedad del 95%. Nada extraño. Manejé despacio, disfrutando de la normalidad de ver los escaparates de las tiendas abrirse y las oficinas iluminarse. Pasé junto a un autobús escolar; los niños pegaban sus caras al cristal empañado, ajenos a cualquier cosa que no fuera el inicio de sus clases. Todo encajaba. El mundo era, finalmente, predecible.