Me quedé mirando el techo de mi habitación durante lo que parecieron horas, atrapado en una parálisis que no era física, sino puramente emocional. El miedo no era una ráfaga súbita, sino una marea alta que me cubría el pecho, dictándome que quedarme bajo las sábanas era la única forma de seguir existiendo. Hoy era mi día libre, el día que tanto había planeado, pero la incertidumbre de lo que aguardaba fuera de estas paredes me golpeaba con una fuerza paralizante. No sabía qué me esperaba hoy; el futuro inmediato era un lienzo en blanco manchado por la sospecha de que, en cualquier momento, el mundo tal como lo conocía se terminaría de romper.
Sentía el miedo recorrer cada terminación nerviosa de mi cuerpo, una corriente eléctrica de preocupación por lo que podría pasar antes de que el sol se ocultara. Ni siquiera había ocurrido nada aún, la casa estaba en silencio, pero el terror de ayer seguía suspendido en el aire como ceniza. No podía dejar de pensar en mi padre y en mi hermana. Aunque yo no estuve en ese coche, aunque no experimenté físicamente esa sensación de ser acechado por una masa transparente en la oscuridad de la carretera, el pavor en sus rostros al llegar a casa fue suficiente para transferirme el trauma. El miedo que ellos pasaron se había convertido en mi motor y, a la vez, en mi freno.
Lo que más me carcomía era ver a mi familia recuperar una calma ficticia. Me aterraba que no se tomaran esto en serio, que lo vieran como un "susto" y no como el heraldo de un cambio irreversible. El mundo, allá afuera, seguía extrañamente civilizado. No había colapsado en segundos; no escuchaba noticias de guerras, ni conflictos armados, ni disturbios en las calles de la comunidad. Era una paz inquietante, una cortesía biológica que me hacía sospechar aún más. Reconozco que tarde o temprano esa civilidad terminaría por desmoronarse; no podía confiar en la estabilidad de nuestra raza una vez que el hambre o el pánico real se instalaran. Tenía que ser rápido. No podía permitirme el lujo de la duda.
Finalmente, entre el sudor frío y los latidos acelerados, encontré una motivación para levantarme. Si iba a enfrentar el fin, no lo haría con las manos vacías. Dividí mi existencia en dos proyectos urgentes: el primero era puramente instintivo, comprar provisiones suficientes para intentar sobrevivir antes de que el colapso cerrara las tiendas y convirtiera el alimento en oro. El segundo, quizás el menos importante para mi supervivencia física pero el más vital para mi cordura, era averiguar qué eran esas cosas. Necesitaba entrar en ese basurero industrial, rastrear el origen de la tecnología láser de Aethelgard que ahora habitaba en mis propios ojos. Mis pensamientos me gritaban que era inútil, que no encontraría una forma de detener lo que venía, pero no buscaba una solución. Estaba buscando el origen del fin.
Me obligué a salir de la cama. El tiempo, ese recurso que siempre consideré infinito, ahora me quemaba en las manos. Me vestí con una lentitud deliberada, como si cada prenda fuera una capa de armadura contra la incertidumbre. Me puse una camisa gruesa y unos pantalones de trabajo resistentes; cada movimiento era productivo, cada gesto buscaba sacudirme la inercia del miedo. Estaba angustiado, sí, pero mi cuerpo respondía con una relajación extraña, una especie de entumecimiento necesario para no colapsar. No sabía si este día sería normal, o si la humanidad estaba dando sus últimos suspiros en este preciso instante, pero no podía permitirme el lujo de perder un solo segundo.
Me senté al borde de la cama para ponerme los zapatos. Atar las agujetas me llevó un momento de paz forzada. Con los pies ya listos, me acerqué a mi escritorio y tomé mi tarjeta de crédito. La sentí fría entre mis dedos. Durante años había trabajado, ahorrado y acumulado una cantidad considerable de dinero para un futuro que hoy parecía una broma cruel. Mi plan era simple pero radical: ir al banco más cercano y vaciar mis cuentas. Sacar todo lo necesario para empezar a acaparar.
Mientras guardaba la tarjeta en la billetera, recordé a los dos hombres que vi ayer comprando materiales para un generador. Mi instinto de técnico se activó. No solo necesitaba comida; necesitaba energía. Yo podía hacer algo mejor que ellos; podía diseñar un generador más resistente, más duradero, algo capaz de soportar lo que sea que el nuevo ecosistema nos arrojara. Anoté mentalmente las piezas: bobinas de cobre, reguladores de voltaje, filtros de combustible.
Caminé hacia la ventana y descorrí la cortina. El paisaje era de un azul oscuro profundo, a escasos minutos de que el sol rompiera el horizonte. Desde aquí podía ver la carretera, la misma por la que llegaron los camiones de Aethelgard. Lo recordaba con un nudo en la garganta: pensamos que eran nuestra cura, el milagro que nos devolvería la vista, pero solo eran los transportes de nuestra perdición. Mi cirugía ya había pasado. Ya no había vuelta atrás. Ya para qué lamentarse.
Sin embargo, había algo que me aterraba más que la cirugía: la ausencia de síntomas.
Aún podía dormir. Mi capacidad visual todavía no llegaba al 50% de adaptación. Eso significaba que aún no veía la segunda capa, el filtro donde habitaban los Estratos más peligrosos. Me daba pavor pensar en el momento en que mi nervio óptico terminara de sintonizar esa frecuencia. ¿Qué pasaría cuando el mundo se volviera traslúcido ante mis ojos? ¿Me convertiría en uno de los desaparecidos en cuanto viera lo que no debía ser visto? Esa preocupación era una sombra constante, pero la empujé al fondo de mi mente para concentrarme en las provisiones.
Al salir de mi cuarto, el silencio de la casa me resultó asfixiante. Me detuve a observar a mi familia. Parecían estar viviendo en una burbuja de negación absoluta. Mis abuelos estaban instalados frente a la televisión como cualquier otro día; a pesar de que los Estratos ya habían sido mencionados en las noticias, ellos actuaban como si fuera un reporte del clima sin importancia. Mi hermana se preparaba para su trabajo en el otro lado de la ciudad. Mi madre estaba absorta en los quehaceres domésticos y mi padre... él seguía hablando de su jubilación.