El Ojo Que Nos Vio Primero

CAPÍTULO 7: LA CONTRACCIÓN DEL MUNDO

Ha pasado una semana completa desde que mi realidad se partió en dos, y todavía no encuentro la forma de respirar sin sentir un peso abrasador en el pecho. El tiempo ya no avanza de manera normal; se mide en el eco de los gritos que presencié aquel maldito miercoles. Dos traumas. Dos salvajadas atroces ocurridas el mismo maldito día, con apenas unas horas de diferencia. Primero, el llanto agónico de aquel bebé en el estacionamiento del Walmart, con sus manos diminutas buscando un orden que le habían extirpado; y después, la sangre en el pasillo de mi propia casa, los alaridos roncos de mi abuela y la visión grotesca de su rostro mutilado en la camilla de la ambulancia. Nadie está diseñado para soportar ese nivel de violencia psicológica en un lapso tan corto. Mi mente se quedó estancada en ese día, repitiendo las imágenes en un bucle mental que me desgasta los nervios cada vez que cierro los ojos.

La semana pasada se convirtió en una procesión fúnebre y gris. Cada día consistía en subir al coche con mi padre y mi madre para ir al hospital regional, un trayecto silencioso donde el aire gélido de la región parecía congelar los pocos pensamientos cuerdos que nos quedaban. Visitar a mi abuela era una tortura diaria, un golpe doloroso que desmoronaba la estructura de nuestra familia. Verla postrada en esa cama de hospital, sedada hasta el estupor, con los vendajes blancos cubriendo las cuencas vacías de lo que alguna vez fueron sus ojos dulces, nos destrozaba por completo. No podíamos soportar verla así. Era horrible contemplar la degradación de un pilar de mi vida por culpa de una locura invisible. Me pasaba las horas en vela preguntándome si este dolor terminaría alguna vez, si los problemas de mi casa tendrían un maldito límite, pero la respuesta no estaba en las paredes del hospital. La respuesta estaba afuera, en cómo la situación global se estaba pudriendo a pasos agigantados.

Recuerdo bien cada detalle de estos días porque, aunque no lo sabía con total certeza, estaba viviendo los últimos momentos de la normalidad. No era el fin de la humanidad propiamente dicho, sino el fin del tejido social que nos mantenía cuerdos. Al final, no fui al vertedero industrial. Ya no era necesario ir, la curiosidad técnica había sido aplastada por la urgencia de la supervivencia. Sin embargo, mantengo el video del dron guardado en mi laptop como una evidencia maldita. ¿Por qué Aethelgard tiraba esas costosas máquinas médicas láser en los basureros? La verdad es que ya no me importa. Toda la especie humana estaba perdida de antemano y lo peor, lo que más náuseas me provocaba, era ver cómo la gente en la calle seguía caminando, trabajando y consumiendo como si todo esto fuera un bache temporal, una crisis normalizada.

Pero aquí es donde el miedo se vuelve una aguja que me perfora el cráneo: si mis padres y aquel bebé reaccionaron así, ¿cuánta gente en alguna parte del mundo ya se había autolesionado de la misma forma grotesca al sintonizar la Segunda Capa? No tenía internet suficiente ni reportes oficiales para saberlo, pero desde mi punto de vista técnico y lógico, las mutilaciones debían estar ocurriendo por miles en cada rincón del planeta donde la cirugía láser de Aethelgard se había aplicado. El horror no era local; era una epidemia de ceguera voluntaria.

Ese miedo me impulsó a no bajar la guardia. Durante toda la semana, en cuanto terminaba mi turno en el puesto de reparación, me dedicaba exclusivamente a seguir comprando comida y todo lo que pudiera durar meses o años enlatado. Productos que no se echaran a perder, bidones de agua, suministros médicos. Mi abuelo, consumido por una mezcla de culpa, rencor y desesperación, me presionaba constantemente para que no me detuviera. Él me había dado su dinero, sus ahorros de toda la vida, y era normal que me exigiera usar cada centavo para blindar la casa. Se había vuelto huraño, obsesivo, vigilando mis regresos del trabajo para revisar el maletero. Yo no decía nada. Solo obedecía. Sabía que cada lata de conservas que metía a la despensa era un minuto más de vida que le compraba a mi familia antes de que la noche final decidiera caer sobre el pueblo.

Lo peor de aquel fatídico miercoles es que el daño no se detuvo cuando la ambulancia se alejó con mi abuela. Ese mismo día, mi propio cuerpo terminó de traicionarme. El dolor punzante y abrasador que me había atacado en mitad de la autopista no había sido un simple arranque de tierra o fatiga; como tanto temía, era el aviso de que el sistema interno de mis ojos había completado su sincronización. Al llegar la noche, tras despedir a los vecinos que habían venido a consolar a mi madre y a mi hermana, intenté acostarme para buscar un refugio en el sueño, una tregua que me apartara de la tristeza y el horror. Fue inútil. El insomnio, el maldito síntoma definitivo, se había instalado detrás de mis párpados. Mis ojos ya estaban desarrollados al 100% de su capacidad.

Tuve que recurrir a las pastillas que había comprado días atrás en el Walmart. No sé si fue una coincidencia o una especie de premonición instintiva, pero recordar que me había abastecido de esos fármacos antes de manifestar el problema se sintió como una pequeña victoria en medio de la derrota. Tengo cajas suficientes en mi escritorio para mantener una falsa rutina de descanso, lo necesario para obligar a mi cerebro a apagarse mientras intento sobrevivir a lo que viene. Toda la semana la pasé sumido en un estado de alerta física insoportable, consciente de que ahora poseo el filtro biológico para ver a los Estractos.

El foro de Reddit no se equivocó al bautizarlos con ese nombre; suena igua que "estrato" mis propios análisis como técnico me confirmaban que es el término perfecto. Un estrato es una capa, una sección de algo que compone una estructura mayor, y estas cosas no son monstruos sólidos ni criaturas de carne. Sus cuerpos parecen estar compuestos en su totalidad por aire modificado, una densidad atmosférica diferente, una especie de "piel de aire" translúcida que no se puede tocar ni contener. No ocupan un lugar en nuestro espacio físico de forma convencional; simplemente se sintonizan en una banda distinta. Su presencia no se anuncia con ruidos, sino con una caída drástica en la temperatura y una corriente gélida y repentina, un soplido helado que surge de la nada como si el aire mismo estuviera expulsando su propio frío al ser desplazado por su volumen.




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