Eiden
El calabozo era un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido. Las paredes de piedra estaban cubiertas de humedad, y el olor a podredumbre se mezclaba con el sonido persistente de las ratas correteando entre los charcos. El frío calaba hasta los huesos, pero ya nada de eso me importaba. No más.
En un rincón, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos rodeándolas con fuerza, mantenía la mirada fija en el suelo. Las lágrimas caían sin cesar, resbalando por mis mejillas sucias, empapando la tela desgastada de mi túnica.
Mi trono…
Mi trono había sido robado.
Mi madre, la princesa heredera, había sido asesinada por ser lo que yo también era: una Omega. Su único crimen fue nacer con una naturaleza que el reino despreciaba, y ser lo bastante valiente para desafiarlo. Tras la muerte de mi abuelo, el rey, ella debía gobernar… y yo, como su hijo mayor, debía heredar su corona algún día.
Pero el reino no estaba dispuesto a aceptar a una mujer Omega en el trono. Ni mucho menos a un príncipe con la misma naturaleza. Los lores, los alfas de la corte, se llenaron la boca hablando de honor y tradición, mientras tejían su traición entre copas de vino. Y entre ellos estaba él… el usurpador.
El hijo del general fingió lealtad durante años, sonriendo ante mi abuelo mientras su padre comandaba las tropas del reino. Pero cuando llegó la hora, mostró su verdadera cara. Desató la guerra.
Y nosotros… perdimos.
Mi madre fue ejecutada ante el consejo. Yo fui arrastrado hasta este agujero.
No sé qué fue de mis hermanos. Quizá también murieron, o quizá fueron convertidos en piezas de un nuevo reino que no les pertenece.
Un ruido metálico interrumpió mis pensamientos. El chirrido de una cerradura oxidada me heló la sangre. Levanté la cabeza lentamente, y vi cómo la puerta del calabozo se abría con un golpe seco.
Un guardia alto, con armadura ennegrecida por el hollín, me miró con desdén.
—Salga. —Su voz era áspera, como si cada palabra le molestara.
No me moví. No tenía fuerzas. Ni voluntad.
El hombre frunció el ceño, cruzó la puerta y me tomó del brazo con brutalidad. Su agarre era tan fuerte que sentí cómo las uñas se me clavaban en la piel. Me arrastró por el pasillo sin decir una palabra. Mis pies descalzos rozaban las piedras frías del suelo, dejando un rastro de suciedad y sangre seca.
Al subir las escaleras, una corriente de aire fresco me golpeó el rostro. No recordaba cómo olía el castillo fuera de las mazmorras: a cera, a metal y a perfume rancio. Todo seguía igual… y sin embargo, ya no era mi hogar.
Delante de mí, dos mujeres esperaban al final del pasillo. Ambas eran Omegas, podía sentirlo. Llevaban vestidos sencillos de color gris y rostros inexpresivos, como si el miedo las hubiera vaciado por dentro.
El guardia me lanzó hacia ellas con violencia, haciéndome tropezar.
—Ahí está. Hagan lo que Su Majestad ordenó. —Su voz sonó burlona al pronunciar ese título.
Su Majestad.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Su Majestad? —repetí con amargura—. Ese no es un rey… es un maldito usurpador.
El golpe llegó antes de que pudiera reaccionar. Un puño cerrado directo al rostro. Caí al suelo, el sabor metálico de la sangre llenándome la boca. El guardia me miró con desprecio, escupió a un lado y se marchó.
Las dos mujeres se inclinaron sobre mí con prisa. Sus manos temblaban al tocarme.
—Por favor… no hable —susurró una de ellas.
Me sujetaron por los brazos y me obligaron a ponerme de pie. El mundo giraba a mi alrededor, la cabeza me daba vueltas y apenas podía mantener el equilibrio. Me arrastraron por un corredor iluminado por antorchas, mientras mi respiración se entrecortaba.
No sabía adónde me llevaban. Pero en el fondo lo presentía.
El usurpador me quería con vida…
y eso era lo que más me aterraba.
Me llevaron a un cuarto más cálido, aunque las paredes aún rezumaban humedad.
El vapor llenaba el aire y un leve olor a hierbas perfumadas me revolvía el estómago. Una de las mujeres abrió la llave de una tina tallada en piedra, dejando que el agua tibia corriera hasta llenarla.
—Por favor, alteza —murmuró la más joven, evitando mirarme a los ojos—. Debe bañarse.
No respondí. No había motivos.
Nada de eso tenía sentido.
El agua estaba agradablemente tibia, casi relajante. Pero ni el calor ni la limpieza podían borrar la sensación de vacío en mi pecho. Me habían arrebatado todo: mi madre, mi nombre, mi trono. Ya no era un príncipe, solo un prisionero con un título que nadie reconocía.
Las mujeres me ayudaron a lavarme con movimientos mecánicos, sin decir palabra. Parecían tan resignadas como yo. Cuando terminaron, me ofrecieron una toalla y se acercaron con un pequeño cofre de madera.
—Debemos vestirlo, alteza —dijo la mayor.
Asentí, sin siquiera mirar. Pero al abrir el cofre, mi respiración se detuvo.
Lo que sacaron de allí no era una túnica real, ni siquiera la vestimenta sencilla de un reo. Era algo peor.
Un conjunto de tela ligera, casi transparente, de un blanco tan fino que apenas cubría la piel.
Era la clase de ropa que los Omegas usan en los burdeles.
Mi sangre hirvió.
—¿Qué… qué es esto? —Mi voz tembló entre incredulidad y furia—. ¿Cómo se atreven?
Las mujeres me miraron por primera vez, con una mezcla de enojo y miedo.
—Es lo que hay —respondió una, con dureza contenida—. Si no le gusta, puede quedarse sin nada. De todas formas, a Su Majestad no creo que le importe.
Su Majestad.
Otra vez ese maldito título.
—¿A qué se refieren? —pregunté, pero no respondieron.
Simplemente dejaron la ropa sobre la cama y salieron del cuarto, cerrando la puerta tras ellas.
Escuché el sonido del cerrojo asegurándose desde afuera.
—¡Oigan! —grité—. ¡Abran esta maldita puerta!
Nada. Solo el eco de mi voz y el goteo del agua que aún caía de la tina.