CAPÍTULO I
La ceremonia de la Justicia
«Que los cielos pronuncien aquello que la sangre aún desconoce.»
Los dioses habían dejado de caminar entre los hombres, pero sus nombres todavía gobernaban las ceremonias de los reinos.
En el Imperio de Rowan y Erix ( Dios del Conocimiento y Diosa de la Justicia)el nacimiento de un heredero no pertenecía únicamente a su familia pertenecía también a la historia, al pueblo.
La cámara de los Oráculos había permanecido en silencio desde antes del amanecer,no era un silencio vacío era el silencio que precedía a los acontecimientos que serían recordados durante generaciones.
Las puertas de mármol permanecían cerradas y frente a ellas, aguardaban los miembros de la corte. Consejeros, sacerdotes, escribas y representantes de las grandes casas habían sido convocados para presenciar la presentación de la septima hija del emperador.
Sobre los muros se alzaban dos enormes relieves a la izquierda, el Rowan Dios del Conocimiento, con un libro abierto entre las manos y los ojos dirigidos hacia los cielos.
A la derecha, Erix Diosa de la Justicia, sosteniendo una balanza perfectamente equilibrada y la mirada hacia las tierras fertiles.
Entre ambos símbolos había una flor tallada en piedra, una flor que según los antiguos relatos, representaba aquello que debía crecer incluso en las tierras donde la injusticia había echado raíces.
En el centro de la cámara se encontraba el altar.
Sobre él reposaban dos objetos :Un libro cerrado y una balanza se dice ninguno había sido colocado allí por manos humanas.
A los pies del altar ardían siete lámparas de aceite, una por cada hijo del emperador, la séptima llama había sido encendida aquella mañana.
El emperador aguardaba frente al altar.
Vestía las insignias de su linaje y llevaba sobre los hombros una capa blanca bordada con hilos de oro. Su rostro conservaba la serenidad propia de quien estaba acostumbrado a ser obedecido.
Pero sus dedos golpeaban lentamente el brazo del trono.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Hasta que las puertas se abrieron, el murmullo de la corte desapareció.
Una sacerdotisa entró primero, detras caminaba la madre de la niña quien la llevaba entre los brazos.La pequeña dormía envuelta en telas blancas, completamente ajena a los ojos que se habían reunido para contemplarla.
La madre avanzó hasta detenerse frente al altar y durante un instante, nadie habló, entonces el sacerdote principal levantó ambas manos.
—Que los cielos pronuncien aquello que la sangre aún desconoce.
Las siete lámparas comenzaron a arder con mayor intensidad.
El aire de la cámara cambió.
No fue un viento.
No fue una corriente.
Fue algo más profundo como si el propio templo hubiese contenido el aliento.El libro sobre el altar comenzó a abrirse por sí solo.
Una página.
Después otra.
Hasta detenerse en una hoja completamente en blanco.
El emperador frunció el ceño, los sacerdotes permanecieron inmóviles.
La balanza comenzó a inclinarse primero hacia un lado, después hacia el otro hasta quedar nuevamente en perfecto equilibrio.
Entonces ocurrió algo que ninguno de los presentes había esperado.Una pequeña flor apareció sobre la página del libro, no estaba allí un instante antes era delicada, de pétalos claros, y parecía haber sido dibujada con luz.
La madre contempló la flor sin apartar la mirada.
La sacerdotisa retrocedió un paso.
—Los dioses han escuchado —susurró.
La balanza se elevó lentamente sobre el altar las cadenas que sostenían sus dos platillos comenzaron a brillar y una luz descendió desde lo alto de la cámara.
No iluminó al emperador.
No iluminó a los sacerdotes.
Se posó sobre la niña.
La recién nacida abrió los ojos por primera vez, la flor de luz se desprendió del libro y atravesó el aire hasta llegar a ella cuando tocó su pecho, las siete lámparas se extinguieron.Una tras otra hasta que solamente quedó encendida una, la que había sido colocada en honor a la recién nacida.
Entonces las campanas del templo sonaron.
Una vez.
Dos.
Tres.
Y sobre el altar aparecieron unas palabras primero, una sola.
FLOR.
La corte contuvo el aliento.
Después apareció la segunda.
DE LA JUSTICIA.
El sacerdote principal bajó lentamente las manos mientras sus ojos permanecieron fijos en aquellas palabras.
Nadie se atrevió a hablar la madre abrazó con mayor fuerza a su hija.El emperador fue el primero en romper el silencio.
Editado: 24.09.2026