El Orfanato Saint Gabriel

Prólogo

Catorce años antes.

—¡Papi! ¡Es la hora del té! —grito, intentando llamar a mi padre desde mi habitación.

Él está abajo. Me dijo que cuando terminara su partido vendría a jugar conmigo. Mamá me compró jugos, galletas y gomitas para que esta vez papá no dijera que cada vez que viene a mi cafetería termina con mucha hambre.

No recibo respuesta de la primera planta.

Ordeno a mis amigos de felpa en las sillas frente a la mesa rosa y sigo con mi sartén friendo las gomitas amarillas. Para un par de vueltas serán unos huevos revueltos como los que mami prepara.

Mi hermano, Charlie, está en el pasillo corriendo de un lado a otro. Su remera sin mangas me da mucha gracia, tiene agujeros diminutos como si una polilla la hubiese devorado; tiene números y letras, es fea. A mí me gustan mucho más mis vestidos con rosas y gatitos.

Al fondo, debajo del ventanal, tiene un aro de basquetbol y siempre practica sus tiros o comienza a driblar, como me enseñó que se llamaba, por todos.

—¡Charlie!

Se detiene justo frente a mi puerta, con desagrado. Sostiene el balón bajo su brazo y respira agitado.

—¿Quieres venir a mi cafetería en París? —pregunto con una sonrisa de oreja a oreja.

—No.

Vuelve a lo suyo y yo me apresuro en levantarme de mi alfombra de juegos para correr detrás suyo. Me pongo de pie a su lado y cruzo mis brazos sobre la parte de adelante de mi vestido azul.

—¿Por qué no?

—Iré a jugar con mis amigos.

Siempre se va con ellos en vez de jugar conmigo, no entiendo cómo es más entretenido tirar una pelota que ir de compras y luego por la cafetería conmigo y mis animalitos.

—Por favor —le hago un puchero intentando convencerlo.

En eso, se escucha el llamado de Will y Nico desde afuera. Corro hacia la ventana de mi habitación y alzándome de puntillas, alcanzo a verlos. Con su atuendo gracioso parecido al de mi hermano. Mamá sale al instante para abrirles la reja de entrada.

—Quizás luego, Dalissa —dice mi hermano sin darme tanta atención.

—¡Charlie! —le llamo cuando se va casi corriendo escaleras abajo.

Estando sola otra vez, no me queda otra más que esperar a papá. Me devuelvo a mi cocina para seguir preparando el desayuno de mis comensales. Arrodillada, tomo la tetera con flores y vierto el líquido naranja sobre la taza frente a Honey, mi abeja.

—Dali.

Escucho que me llaman. Miro hacia la puerta de mi habitación. No hay nadie.

—¿Charlie? —pregunto ladeando la cabeza.

Nadie responde.

Me alzo de hombros y sigo repartiendo el jugo por el resto de las tazas. Hasta que escucho y veo a un niño correr frente a mi puerta hasta la habitación de mis padres.

—¿Charlie...? —vuelvo a preguntar, poniéndome de pie.

Camino hasta el umbral y miro el pasillo, no hay nadie. Pero la puerta de la habitación de enfrente se mueve. Sonrío. Quizás está jugando en casa con sus amigos al escondite. ¡Yo también quiero jugar con ellos!

Cruzo el pasillo corriendo hasta la habitación, el clóset está abierto y las perchas con la ropa de mamá se mueven aún. Alguno debe esconderse ahí.

—Te encontrarán si te mueves —susurro—. Yo me esconderé bajo la cama.

Me arrastro sobre mi estómago, debajo del colchón riendo. Me quedo frente al armario y mis pies hacia la muralla del otro lado. Aquí no me encontrarán.

—Dali —escucho que me llama, otra vez.

No es la voz de Charlie, así que debe ser alguno de sus amigos.

—Shhh —siseo, si metemos ruido nos vamos a delatar.

Por la pequeña vista que me queda, veo unas piernas delgadas y blancuchas salir del clóset. Está descalzo y sus pies están sucios. Deben oler muy feo.

Se acerca lento hasta la cama, acercándose a mi escondite. De seguro, quiere robarme el lugar. Los pies desaparecen de a uno sintiendo un peso sobre la cama, el colchón se mueve sobre mi hasta que lo recorre completo y siento que baja.

—Esto ya no me gusta, no quiero seguir jugando —digo, molesta, y con una extraña sensación en la espalda.

Antes de mover un músculo, siento un agarre frío sobre mis talones que me tiran hasta sacarme por completo. Un grito sale de mi garganta. Asustada, me vuelvo y no hay nadie detrás de mi. Tampoco sobre la cama.

—¡Ya no quiero jugar! —digo entre sollozos—. ¡No me gusta que me asusten!

—¡Dali!

Aparece papá por la puerta, seguido de mamá. Me suelto a llorar y estiro los brazos en su dirección. Se acerca a recogerme y me levanta.

—¿Qué pasa? —pregunta mamá, limpiándome las lágrimas—. ¿Qué hacías aquí sola?

—Estaba jugando con Charlie y sus amigos, pero me asustaron —respondo, sorbiendo por la nariz.

Mis papás se miran extrañados.

—Hija, Charlie no está en casa.

—¡Sí está! Ahí está uno de sus amigos —volteo a señalar el clóset, que ahora está con las puertas cerradas.

Mamá camina hasta el armario y abre las puertas despacio. Mueve las prendas y el armario está completamente vacío.

—Dali —dice papá, serio—. Aquí no había nadie.

Frunzo el ceño. Yo sé que sí había.

Porque todavía siento frío en los pies.



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En el texto hay: romance, suspenso, terrorpsicolgico

Editado: 17.02.2026

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