Algunos lugares son demasiado grandes para contener tanto silencio.
Dalissa
El orfanato Saint Gabriel me recibe con el frío del invierno rozándome la espalda. Me detengo frente al portón de hierro negro antes de entrar, con los dedos aferrados a la correa de mi bolso como si aún pudiera darme la vuelta.
Este será mi primer empleo luego de graduarme de la universidad y, aunque estoy entusiasmada, algo en mi pecho se mantiene en alerta, tenso.
Empujo la puerta de reja y el sonido metálico resuena en el interior. Avanzo por el camino de piedra sobre el césped recién cortado y toco el timbre a un lado de la enorme puerta de entrada.
Espero unos segundos hasta que un hombre de edad algo avanzada con un overol azul y una escoba en mano abre la puerta.
—Buen día, ¿puedo ayudarla en algo? —pregunta amable.
—Buen día, soy Dalissa Collins —estiro la mano y el señor la estrecha con una sonrisa—. Me contrataron como maestra de Matemáticas y Geometría.
—¡Oh, usted es la nueva maestra! Adelante. Llamaré a la directora Ashford —se hace a un lado y me invita a pasar.
—Muchas gracias,...
—Harryson. Harryson Jones —termina por mi, presentándose—. Todos me llaman Harry.
—Entiendo, Harry.
El señor sonríe y se va por el pasillo en busca de la directora.
Observo todo a mi alrededor. El vestíbulo es amplio, con el piso de cerámica de un tono oscuro que refleja la luz que entra por las grandes ventanas. Las paredes tapizadas en color café se elevan altas, con un diseño antiguo. Todo está limpio, ordenado. Huele a aromatizante de lavanda y ropa recién lavada, y aún así el aire se siente pesado
Camino despacio, curiosa. A mis lados, se extiende un pasillo con varias puertas de madera claras; en frente, una escalera amplia de dos direcciones conduce a los pisos superiores.
El sonido de unos tacones repicando contra el piso anuncia la llegada de la directora antes que la vea.
Es una mujer alta, esbelta, de cabello oscuro pulcramente recogido y expresión serena. Su postura es recta y no sonríe de inmediato, pero su mirada es atenta, evaluadora. Me recorre de la cabeza a los pies antes de elevar una comisura de sus labios pintados de rojo.
A su espalda, Harry la sigue aprovechando de pasar un paño por ciertos lugares de las paredes.
—Señorita Collins —dice, tendiéndome la mano—. Soy la directora Ashford. Bienvenida a Saint Gabriel.
Su apretón es firme, aunque breve.
—Muchas gracias por recibirme —respondo.
—Harry me dijo que ya estaba aquí —el señor asiente cuando voltea a verlo—. Acompáñeme, por favor.
Me despido de Harry, alzando la mano y él me regala una sonrisa. Sigo a la directora Ashford por el pasillo, camina con paso seguro, sin prisa, como alguien que conoce cada rincón del lugar. Mientras avanzamos, me explica el funcionamiento general del orfanato.
—Actualmente tenemos treinta y cuatro niños, desde los cinco hasta los diecisiete años. Los grupos están divididos por niveles, no solo por edad. Aquí intentamos adaptarnos a ellos, no al revés.
Asiento, escuchando con atención.
—Como se le informó por teléfono, su labor principal será impartir clases de matemáticas y geometría —continúa—, pero también esperamos que nuestros profesores participen en la rutina diaria. Ayudar con tareas, supervisar actividades, y acompañar cuando sea necesario.
Se detiene junto a una puerta de madera clara con una placa dorada con su nombre.
M. A. Ashford. Leo de reojo.
—No solo buscamos docentes —añade—. Buscamos adultos confiables.
—Cuente conmigo para ello —contesto con una leve sonrisa.
Asiente una sola vez, satisfecha.
—Bien. Si tiene alguna inquietud, puede acudir directamente a mi. Prefiero los problemas sobre la mesa —señala la puerta—. Esta es mi oficina, no dude en buscarme aquí.
Hace un ademán con la cabeza para que vuelva a seguirla. Unos pasos más adelante nos detenemos frente a uno de los salones. Abre y un aula pequeña de paredes blanco viejo, se muestra ante mis ojos.
—Este será su salón.
Entramos y analizo el lugar con emoción contenida. Es sencillo, funcional. Mesas ordenadas, una pizarra limpia en el frontal, estantes con libros y a un lado, ventanas que dejan ver el patio, en el cual veo a los primeros pequeños corriendo en la zona de juegos.
—Los niños empiezan las clases a las diez en punto —se mira el reloj de muñeca—. Aún queda hora y media para que desayunen, jueguen y los mayores aseen las habitaciones.
Del bolsillo delantero del bolso, saco una libreta con un bolígrafo y anoto la información, mientras asiento en respuesta.
—Tiene dos fines de semanas libres al mes, contando el viernes que no hacemos clases —informa—. Ese día lo guardamos para que los niños tengan actividades recreativas.
—Me parece estupendo —sonrío—. Ya quiero ser parte de ellas.
—Bien. Entonces no le quitaré más tiempo.
Se dispone a salir del aula cuando un par de golpes suaves suenan en la entrada.
—Adelante —dice ella, girándose.
Volteo, encontrándome a un hombre que entra al salón con una sonrisa. Es alto, con el cabello oscuro apenas desordenado, como si se lo hubiese acomodado a medias. Viste de manera sencilla, camisa celeste arremangada y pantalón oscuro. Lleva un libro empastado bajo el brazo y unos anteojos de marco negro en la mano.
—¿Me llamaba, directora Ashford? —pregunta con voz tranquila.
—Justo a tiempo, Elián.
Mis ojos se cruzan con los suyos apenas un segundo. No sé por qué, pero me quedo inmóvil. No es una mirada incómoda, tampoco intensa. Es... curiosa. Mutua.
—Señorita Collins —continúa la directora, señalándome—, él es Elián Foster, nuestro profesor de literatura.
Vuelvo a mirarlo. Él inclina apenas la cabeza a modo de saludo.
—Mucho gusto —dice.
—El gusto es mío —respondo, y noto que mi voz suena más baja de lo normal.
Editado: 17.02.2026