El Orfanato Saint Gabriel

2.

Hay presencias que no esperan a ser vistas; solo observan.

Dalissa

Después del almuerzo, el orfanato parece otro.

Ya he conocido al equipo directivo y a los demás docentes. El almuerzo transcurrió entre nuevos nombres, apretones de mano y sonrisas medidas. Todo ocurrió con una normalidad casi tranquilizadora, como si Saint Gabriel se esforzara por mostrarse funcional, o tal vez predecible.

Ahora estoy de pie frente al pizarrón, con un plumón de tinta aún en la mano. El grupo tres ocupa el aula. Son nueve niños en total, de entre diez y doce años. Algunos se inclinan sobre sus hojas con el ceño fruncido; otros repasan los cálculos una última vez, borrando y corrigiendo con rapidez.

El murmullo que hay es bajo, contenido. Los niños al parecer son tímidos, y los más grandes, se limitan a una sonrisa amable y cortés. Según Elián, será así mientras aún no se acostumbren a mí.

—Recuerden revisar las operaciones —digo—. No se apuren.

Camino entre las mesas, observando por encima de los hombros. La actividad es sombre sumas y restas de fracciones simples. Nada fuera de lo esperado. Nada que no haya enseñado antes a los chicos de mi vecindario.

El timbre suena seco y metálico. Las sillas se mueven casi al mismo tiempo. Los niños se levantan y se acercan a mi escritorio, formando una fila desordenada. Me entregan las hojas de calculo una por una.

—Gracias a todos, hicieron un excelente trabajo —los felicito cuando van pasando.

—Hasta mañana, señorita Collins —se despiden dos pequeñas.

—¿Mañana hay examen? —pregunta Ruben asustado.

Es al que más le cuesta, aunque según Brenda, la profesora de artes, es un excelente pintor.

Lo tranquilizo con una sonrisa y le digo que no es algo que deba preocuparle por el momento, él suspira con alivio y se marcha. Cuando levanto la vista, la mayoría ya ha salido del aula.

Solo queda un niño.

Está sentado en su lugar, con la espalda ligeramente encorvada. Tiene el uniforme prolijo, pero su rostro se ve cansado. Las ojeras oscuras contrastan con su piel pálida. Sus manos descansan sobre la mesa, inmóviles, como si le costara levantarse.

—¿Todo bien, Paul? —pregunto con suavidad.

Él alza la mirada despacio. Sus ojos son grandes, atentos... demasiado atentos.

Se pone de pie con lentitud y camina hacia mí. Me entrega su hoja sin decir nada. Sus dedos están fríos cuando rozan los míos.

—Gracias —le digo—. ¿Quieres que te acompañe afuera?

No se mueve de inmediato.

Me observa un segundo más, como si estuviera midiendo mis palabras, o esperando algo que no dije. Pero no dice nada, da media vuelta y sale del aula.

Me quedo mirando la puerta cerrarse tras él. Solo entonces, bajo la vista hacia su hoja de cálculo. Y algo, sin saber por qué, me obliga a leerla con más atención.

Los cálculos son correctos, pero la escritura es inconsistente. Hay algunos números que están más grandes y oscuros que otros.

7, 1, 3, 0, 8, 9, 1, 0...

Uno de mis plumones cae del escritorio y sobresalto en mi lugar con el sonido seco. Lo veo rodar un par de pasos más lejos, deteniéndose cerca de la silla de Paul.

Dejo la hoja en el mueble y me dirijo a buscar el marcador. Me agacho a recogerlo y, cuando me pongo de pie, un escalofrío se instala en mi espalda. El aula esta vacía, silenciosa e intacta. Sin embargo, se siente más fría que hace un instante, logrando que se me erice la piel.

Escucho un leve roce detrás de mí y volteo en menos de un segundo. Entonces la veo. La hoja de Paul desciende en el aire. Flota apenas un segundo, a la altura de mi pecho, y baja con lentitud, como si alguien acabara de soltarla. El papel se inclina y termina por tocar el piso.

Recojo la hoja con cuidado. El papel está helado. Lo sostengo entre mis dedos y la inspecciono una vez más. Los números siguen tal cual, pero hay algo diferente.

Unas marcas oscuras y difusas, como huellas de dedos apoyados con fuerza. No están impresas con tinta; parecen más bien presiones, como si alguien la hubiera sostenido durante mucho tiempo.

Unos golpes suaves suenan en la puerta.

Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Observo hacia la entrada, con el corazón en la garganta.

—¿Dali? —es la voz de Elián.

Dejo salir el aire que no sabía que contenía, más tranquila.

—Lo siento, no quise asustarte —se disculpa, acomodándose las gafas de lectura.

—No es nada, solo estaba distraída —le resto importancia.

Él entra al salón, mientras vuelvo al escritorio para guardar mis pertenencias en el bolso. Trae un maletín de cuero café cruzado desde el hombro hasta su cadera, con un grabado sobre el broche que asumo son sus iniciales.

—¿Cómo estuvo la clase con el grupo tres? —se sienta en una de las mesas frente al pizarrón.

—Muy bien la verdad. Son niños muy agradables y se nota que se esfuerzan mucho en aprender.

—Tienen entre nueve y once, aprovecha eso antes de que se vuelvan adolescentes.

Ambos reímos con su comentario. Me cuelgo mi bolso y le hago un ademán para que salgamos del salón.

—¿Me acompañas a la biblioteca? Tengo que dejar un libro, de paso puedo mostrártela y darte algunas sugerencias.

—Por favor —le sonrío—. Me gusta leer pero no le he dedicado mucho tiempo, quizás sea una buena ocasión para retomarlo.

El pasillo se extiende frente a nosotros, largo y estrecho. La luz de las ventanas altas cae en franjas irregulares sobre el suelo. Hay algo en este lugar que vuelve los sonidos más suaves, como si el orfanato absorbiera lo que no quiere que escape.

Elián camina a mi lado con las manos en los bolsillos del saco. No parece apurado ni distraído. Y por algún extraño motivo, aunque recién lo conozca, me inspira confianza.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —digo de repente.

—Claro.

—De casualidad, ¿has notado algo con Paul? —pregunto con cuidado—. Su aspecto y su actitud me dejaron un poco inquieta.



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En el texto hay: romance, suspenso, terrorpsicolgico

Editado: 22.02.2026

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