El Origen

Capítulo I

Montañas Urales, Rusia. Glaciar de Dÿkov.

El viento aullaba como un alma en pena, cortando como cuchillas de hielo a través de las capas de su traje térmico. Vladimir Mueller, con el cuerpo entumecido y la respiración formando nubes de vapor que se congelaban al instante, observó el abismo que se abría a sus pies. El derretimiento acelerado del glaciar de Dÿkov, una tragedia para el clima global, pero una bendición macabra para la ciencia.

—¡Doctor! ¡Aquí! ¡Mira esto! — la voz de Anya Solovyev, su joven y brillante asistente, llegó distorsionada por el vendaval. Su linterna, potente como un faro, iluminaba una sección profunda de la pared de hielo.

Mueller se acercó, sus botas con crampones clavándose con crujidos secos en el hielo. Lo que vio le hizo contener la respiración. Allí, en perfecto estado de conservación, como durmientes en una catedral gélida, había tres criaturas. No eran humanas. No del todo.

La primera era alta, delgada, con extremidades larguísimas y una caja torácica abovedada. Su piel, donde era visible, parecía tener una textura coriácea, y sus dedos terminaban en garras curvadas y afiladas, perfectas para escalar. La segunda era más baja, robusta, con una mandíbula poderosa y dientes que incluso en la muerte parecían capaces de triturar roca. Pero fue la tercera la que le heló la sangre de una manera diferente.

Era… casi humana. Su estructura ósea era notablemente similar, pero mejorada. Las inserciones musculares sugerían una fuerza brutal. Las piernas eran más largas, los huesos de los pies estaban estructurados para el salto y la velocidad. Y el cráneo… el cráneo albergaba una cresta sagital prominente, denotando unas mandíbulas poderosas, pero la caja craneana era grande, prometiendo una inteligencia significativa. Y alrededor de su cuello, una melena gruesa y fosilizada de pelaje oscuro.

—Dios mío… — murmuró Mueller, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta. —Es una quimera. Un cruce imposible. Un… lobo-humano.

—Las lecturas de datación son… imposibles, doctor — dijo Solovyev, su voz temblorosa no solo por el frío. —El hielo tiene más de 30.000 años. Pero la composición genética… se acerca mucho más a la nuestra de lo que debería. Es como si… como si la evolución hubiera tomado un atajo diferente aquí, en este valle. Una línea paralela.

El equipo trabajó durante 72 horas seguidas, en turnos agotadores, rodeados de la inmensidad silenciosa y hostil de los Urales. Usando taladros de ultrasonidos y herramientas de precisión criogénicas, extrajeron muestras de tejido, pelo, fragmentos óseos. Cada muestra era colocada en contenedores estériles y sumergida en nitrógeno líquido al instante, preservando la preciada y frágil cadena de ADN.

De regreso al laboratorio de campo, una instalación portátil de alta tecnología anclada al permafrost, Mueller se encerró con sus hallazgos. El aire olía a café quemado, a electrónica caliente y a la excitación nerviosa de un descubrimiento que podía reescribir todos los libros de texto, incluso se podría decir nuestra historia misma.

Bajo los microscopios electrónicos y los secuenciadores genéticos de última generación, la verdad comenzó a desplegarse, más increíble que cualquier ficción.

—Mira, Anya — dijo Mueller, sus ojos inyectados en sangre reflejados en la pantalla que mostraba hélices de ADN girando. — Es un manual de instrucciones. Un manual para la perfección biológica.

—El espécimen 03, el lobo-humano. Su ADN no es una mezcla simple. Es una simbiosis genética. Los genes lupinos no suprimen los humanos; los mejoran. Mira la densidad ósea: un 40% superior a la nuestra. La regeneración tisular: los marcadores indican una capacidad de cicatrización acelerada, casi regenerativa. El sistema muscular: fibras de contracción ultrarrápida, eficiencia metabólica increíble… — Hizo una pausa, tragando saliva. —Y el sistema límbico, Anya. El centro de la agresión, el instinto, la manada… está hiperdesarrollado, pero canalizado a través de una corteza prefrontal que sugiere una inteligencia táctica fría, no un salvajismo sin rumbo.

—Es un depredador supremo — susurró esta, fascinada y aterrada. —Con la fuerza de una bestia y la mente de un estratega.

—Peor… o mejor — corrigió Mueller, una chispa de ambición encendiéndose en su mirada, ahogando lentamente sus escrúpulos. —Es la evolución en su forma más pura y eficiente. No contaminada por la debilidad, la decadencia. — Tomó su tableta y comenzó a escribir en su diario digital, sus dedos volando sobre la pantalla.

"Anotación Personal - Día 4 en Dÿkov:

· Los especímenes no son meras curiosidades paleontológicas. Son la respuesta a preguntas que la medicina no se ha atrevido a formular.

· El 'Genoma BQ25', como he decidido llamar a la secuencia dominante del espécimen 03, posee la clave para una revolución biológica. Imaginen soldados que pueden regenerar miembros, soportar entornos extremos, operar con una fuerza y una coordinación de manada perfecta. Imaginen curar enfermedades degenerativas, reparar daños medulares… La ética se vuelve una neblina molesta ante tal potencial.

· Veo el futuro de la humanidad. O su perdición. La línea es tan delgada como el hielo que nos separa de estos durmientes.

· Mañana comenzamos la extracción del espécimen 03 completo."

Esa noche, Mueller no pudo dormir. Miraba por la ventana reforzada hacia el glaciar, ahora bañado por la luz de una luna llena espectacular. Le pareció ver, por un instante, no tres criaturas muertas en el hielo, sino una manada de sombras elegantes y poderosas corriendo por las laderas, aullando a un cielo olvidado. No eran monstruos. Eran la naturaleza en su estado más crudo y perfecto.

Y él estaba a punto de despertarlas.

El Genoma BQ25 no era un invento. Era un redescubrimiento. Una fuerza primigenia de la naturaleza, dormida en el hielo, esperando que un hombre ambicioso y cegado por la promesa de gloria la liberara, sin entender que algunas puertas, una vez abiertas, no pueden cerrarse. El lobo no era un experimento. Era la base. Y su sombra se alargaría para devorar a todos aquellos que osaron jugar a ser dioses.




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