El Origen

Capítulo II

El hedor a desinfectante no podía ocultar el olor dulzón y penetrante de la enfermedad. La habitación era un cubículo blanco y estéril, demasiado grande para la frágil figura que yacía en la cama de ajustes metálicos. Anya Solovyev, la hermana menor de Aleksander, era un espectro de la jovencita risueña de las fotografías. Su piel, antes sonrosada, era ahora de un tono cérea y translúcida, pegada a los huesos de su rostro. Su cabello castaño, largo y brillante, había sido devorado por la quimioterapia, dejando un vello fino como durazno. Sus respiraciones eran superficiales, un leve susurro que luchaba contra el silbido constante del monitor de signos vitales y la bomba de suero que goteaba en su vía intravenosa.

Aleksander Solovyev, de pie junto a la cama, parecía tallado en granito. Vestía el uniforme de faena del Grupo B#7, pero la autoridad y la fuerza que irradiaba se quebraban ante el lecho de su hermana. Su mano, capaz de desarmar una bomba o de fracturar un cráneo con facilidad, sostenía la de Anya con una ternura desgarradora. Ella dormitaba, exhausta por el dolor.

—Tiene que haber algo más —la voz de Aleksander era áspera, cargada de una impotencia feroz—. Otro tratamiento. Un trial en el extranjero. Lo que sea. Dinero no es un problema. Lo conseguiré.

Desde la puerta, Vladimir Mueller observaba la escena, su bata blanca sintiéndose como una prenda de culpabilidad. A su lado, James Dark, impecable en un traje oscuro, era una estatua de ambición serena.

—Hemos agotado todos los protocolos convencionales, comandante Solovyev —dijo Mueller, su voz suave, casi apologética—. La leucemia mieloide agresiva que padece Anya… es de una virulencia rara. Los tratamientos actuales solo están ganando tiempo. Tiempo que se agota.

Aleksander giró la cabeza lentamente. Sus ojos azules, usualmente fríos y calculadores, ardían con una angustia raw. —¿Y entonces qué? ¿Solo me quedo aquí y miro cómo se apaga?

—No —intervino Dark, su voz un filo de acero cubierto de seda. Avanzó un paso into la habitación, sus zapatos resonando sobre el piso de linóleo. —Hay una alternativa. No convencional. Experimental. Y extremadamente riesgosa.

Aleksander lo escrutó. Detestaba a Dark. Detestaba su frialdad, la manera en que sus ojos evaluaban a su hermana como un activo, no como una persona. —¿Experimental? ¿Qué clase de experimental?

Mueller tomó aire.

—El Proyecto Prometeo. Es una iniciativa de vanguardia en terapia génica. Busca… reescribir las instrucciones defectuosas del cuerpo a nivel molecular. Curar desde la raíz.

—Suena a ciencia ficción —espetó Aleksander, apretando la mano de su hermana.

—Es ciencia de punta, comandante —corrigió Dark suavemente. —Y Rusia está a la vanguardia. Hemos tenido… avances significativos en la regeneración celular y la fortificación de sistemas biológicos. Avances que podrían ser aplicados para erradicar la enfermedad de tu hermana de manera permanente.

Mueller encendio la tableta, y comenzó a otrarle gráficos y videos editados cuidadosamente. Se veía el ratón regenerando su pata a velocidad acelerada (se omitió la garra). Se mostraron datos de aumentos de glóbulos rojos y blancos en los primates del Grupo B (se ocultó su agresividad). Era una presentación pulcra, esperanzadora, un espejismo de solución perfecta.

—¿Y el riesgo? —preguntó Aleksander, su mirada clavada en el video del ratón, una chispa de esperanza terrible encendiéndose en su interior contra su mejor juicio.

—Siempre existe riesgo con lo experimental —admitió Mueller, evitando su mirada. —Reacciones autoinmunes inesperadas. Estrés metabólico. Pero los beneficios potenciales… Comandante, no estamos hablando de una remisión. Estamos hablando de una cura. De devolverle a Anya una vida no solo normal, sino… mejorada. Un sistema inmunológico impenetrable. Una gran vitalidad.

La palabra "mejorada" resonó en la habitación, cargada de un significado que Aleksander, en su desesperación, no captó por completo.

—¿Por qué a mí? —preguntó, suspicaz. —¿Por qué me lo ofrecen a mí?

Dark sonrió, una expresión fría y calculadora.

—Porque el Proyecto Prometeo también necesita participantes. Hombres excepcionales, como usted, dispuestos a servir a su país de la manera más profunda posible. Su perfil genético, su historial de servicio, su… resiliencia física y mental, lo convierten en un candidato ideal para la Fase III. — Hizo una pausa dramática. —La participación de su hermana en el programa de tratamiento está… vinculada a la suya propia. Es un paquete. Usted nos ayuda a perfeccionar la tecnología que salvará a Anya… y nosotros garantizamos que ella sea la primera beneficiaria de sus frutos.

Era un chantaje. Brillante, envuelto en papel de regalo de esperanza, pero un chantaje al fin. Mueller sintió una punzada de náusea. Miró a Anya, que tosía débilmente en su sueño, una gota de sangre asomándose en su labio. Miró a Aleksander, cuyo rostro era un campo de batalla entre el amor de hermano, el deber militar y un instinto primal que le gritaba que algo estaba terriblemente mal.

—¿Qué tendría que hacer? —preguntó Aleksander, su voz apenas un susurro. Había mirado el labio sangrante de su hermana. La batalla estaba perdida.

—Someterse a una serie de procedimientos médicos —dijo Mueller rápidamente, antes de que Dark pudiera hablar. —Terapias génicas. Implantes de soporte. Es… intensivo. Requiere una estancia prolongada aquí, en AC-009. Pero estarías junto a ella. Podrías ver su progreso día a día.

—Y estarías sirviendo a Rusia de una manera que muy pocos pueden imaginar, Solovyev. Te convertirías en el primer escalón de una nueva era. Un héroe no solo en el campo de batalla, sino en la historia de la evolución humana.— Dark añadió

Aleksander no se inmutó por la grandilocuencia. Sus ojos estaban fijos en su hermana. Finalmente, con un movimiento lento, como si cada centímetro le costara una parte de su alma, asintió.




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