El vidrio agrietado de "La Cripta" fue reemplazado por muros de acero reforzado y puertas de contención hidráulicas. La Cripta era el vientre de la bestia, el lugar donde la promesa de gloria se transformó en una rutina de horror metódico. Aleksander Solovyev, el Experimento 09A, ya no yacía en una camilla. Ahora habitaba una celda de acrílico de tres metros por tres, forrada con un material acolchado resistente a las garras, que él mismo había desgarrado en incontables ocasiones.
Los primeros días fueron de observación. Mueller y su equipo, ahora operando desde salas de control blindadas, documentaban cada cambio. El crecimiento muscular era exponencial y desproporcionado. Sus piernas se alargaron, sus hombros se ensancharon hasta volverse casi grotescos. Los colmillos, que habían brotado durante la primera transformación, fueron limados en un intento fallido de control, solo para que volvieran a crecer, más afilados y fuertes, en cuestión de horas. Sus ojos ya no perdían el color dorado. Era permanente. Una lámpara constante de inteligencia bestial y furia contenida.
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Prueba 09A-734: "Umbral de Dolor y Regeneración Tisular"
Aleksander estaba encadenado a una mesa de acero, las esposas de aleación especial mordiendo sus muñecas ya deformadas. Un técnico, con manos enguantadas y temblorosas, se acercó con un soplete de plasma de baja intensidad.
—Sujeto 09A, procedimiento de calibración de regeneración —dijo una voz metálica por los altavoces. Era Mueller, oculto tras el cristal.
El técnico aplicó el soplete en el antebrazo de Aleksander. La carne chisporroteó, el olor a carne quemada llenó la celda. Aleksander no gritó. Un gruñido profundo, como el de un motor averiado, retumbó en su pecho. Sus músculos se tensaron hasta parecer cables de acero, pero no se movió. Sus ojos dorados, vidriosos por el dolor, se clavaron en el técnico, memorizando su rostro, su olor. En cuestión de minutos, la piel carbonizada comenzó a caer, revelando tejido nuevo, rosado y palpitante, que se extendía como una plaga voraz.
— Más... — rugió Aleksander, su voz un cascajo de su antiguo tono. — ¡QUEMA MÁS!
Era un desafío. Una burla. La bestia disfrutaba del fuego, del desafío a su capacidad de regeneración. Mueller, al otro lado del cristal, anotó con mano febril: "Regeneración tisular acelerada confirmada. Umbral de dolor excede cualquier parámetro humano. Sujeto parece... disfrutar del estímulo. O desafiar al que lo aplica."
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Prueba 09A-881: Evaluación de Fuerza y Adaptación Ósea
Esta vez fue una prensa hidráulica. Aplastaron su mano izquierda, metódicamente, incrementando la presión lentamente. Los huesos crujieron, se astillaron, se pulverizaron. Aleksander aulló, pero no de dolor, sino de rabia pura. Cuando retiraron la prensa, su mano era una masa informe de carne y hueso molido. Lo dejaron así, encadenado, durante doce horas. Lo observaron. Al cabo de ese tiempo, la mano había comenzado a reformarse. No era una mano humana. Los huesos se soldaron más gruesos, más largos, los dedos se curvaron hacia dentro, las articulaciones se volvieron más robustas, preparadas para golpear y desgarrar. Las uñas habían sido reemplazadas por garras negras de queratina densa.
— Ver... a Anya… — fue lo único que dijo, su voz ronca por el desuso y el dolor. Era su mantra. Su ancla. Lo repetía después de cada prueba, mirando fijamente la cámara tras el cristal. — Lo prometieron. Quiero ver a mi hermana.
La respuesta de Mueller, siempre la misma, fría y distante por los altavoces.
— Su hermana se recupera, 09A. Su participación es crucial para su cura. Prosiga con la cooperación.
Era una mentira. Una mentira que Aleksander, con su mente cada vez más nublada por el instinto lupino y el dolor constante, aferraba como un dogma.
Mientras tanto, en el Nivel Médico...
Anya Solovyev se estaba muriendo. La leucemia, lejos de retroceder, había mutado agresivamente. Los tratamientos experimentales basados en datos preliminares del BQ25 habían fallado catastróficamente. Su cuerpo, ya debilitado, no pudo soportar la carga. Murió en su sueño, dos semanas después de que comenzaran las pruebas de Aleksander. Su último suspiro fue un leve murmullo.
— Aleks...
James Dark dio órdenes estrictas.
— Silencio absoluto. La muerte de la sujeto civil es irrelevante para el progreso del Proyecto Prometeo. El Experimento 09A no debe saberlo. Es una variable de riesgo inaceptable.
La noticia también llegó, como un golpe bajo, a la madre de Aleksander y Anya. La mujer, ya debilitada por la angustia de tener a sus dos hijos desaparecidos en un supuesto " programa médico gubernamental de alto secreto", recibió la noticia oficial de que ambos habían fallecido en "un accidente durante unas prácticas". El corazón, roto por el dolor, se detuvo en su pecho esa misma noche. Una familia entera, borrada por la maquinaria del estado y la ambición.
Aleksander, en su celda de la Cripta, sintió un dolor agudo y repentino que no provenía de ninguna prueba. Se despertó de un forcejeo con sus propias cadenas, jadeando. Un vacío profundo, un frío que nada tenía que ver con la temperatura de la celda, se abrió en su pecho. Olfateó el aire, confundido. Algo se había roto. Algo se había ido. Un lazo que siempre había sentido, tenue pero constante, se había esfumado.
— ¿Anya? — gruñó, mirando a su alrededor como si esperara verla. ¿Mamá? La palabra — mamá — salió torpemente, un eco de una humanidad lejana.
Desde los altavoces, la voz fría de Mueller.
— 09A, centre su atención. Preparándose para la prueba de tolerancia a neurotoxinas.
La desesperación se tornó en rabia. Una rabia ciega, absoluta. Aleksander se lanzó contra las paredes de acrílico de su celda. No con la fuerza disciplinada de antes, sino con la furia de un animal herido en lo más profundo. El material acrílico, diseñado para resistir el impacto de una granada, comenzó a ceder. Aparecieron grietas.
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Editado: 30.01.2026