El Origen

Capítulo V

La declaración de guerra del Presidente Romanov no resonó como un discurso, sino como el gruñido profundo de un oso pardo herido: gigantesco, lento, pero con la furia acumulada de siglos y garras capaces de desgarrar acero. El ejército ruso, ese coloso burocrático adormecido por la paz ficticia, se puso en movimiento. Tanques rodaron por carreteras heladas, aviones despegaron en formaciones cerradas, y un millón de botas pisaron la nieve con determinación renovada. Era la furia del Estado, lenta pero implacable, una avalancha de hierro y voluntad.

Pero se enfrentaba a una sombra.

James Dark, desde su centro de mando oculto en algún lugar entre satélites privados y cuentas bancarias fantasma, desató a sus sabuesos con la precisión de un cirujano sádico. Los AQ-09A ya no eran meras armas; eran portadores de un mensaje más profundo: el terror como lenguaje, la vulnerabilidad como lección.

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Base Volgogrado-12 23:47 horas

La Base dormitaba bajo la luna llena, sus silos de combustible brillando como tumbas metálicas bajo las luces de seguridad. El objetivo no era la destrucción, sino una demostración: podían llegar al corazón logístico del oso y acariciar su arteria principal sin que éste sintiera más que un escalofrío.

Svetlana y Fyodor emergieron de la tundra como fantasmas del viento. Fyodor, cuyas piernas alargadas y musculosas parecían diseñadas por un ingeniero demente, fue el primero en moverse. Un borrón contra la nieve. Llegó a la valla perimetral y saltó los seis metros de alambrada con un movimiento fluido que desafió la gravedad, aterrizando en silencio absoluto. Sus ojos, adaptados a la oscuridad, veían el panorama térmico: los guardias en sus torretas, los puntos calientes de los generadores, el latir eléctrico de la base.

Con una precisión que hacía parecer lento al relámpago, se dirigió a la sala de generadores. Sus manos, terminadas en garras negras y afiladas como estiletes, no destrozaron la puerta; manipularon la cerradura con delicadeza perturbadora. Dentro, los motores diesel ronroneaban. Fyodor extendió los dedos y, con un movimiento casi cariñoso, desgarró los cables principales. No hubo chispas, solo un click sordo y el rugido de los motores muriendo en un estertor.

La oscuridad cayó sobre Volgogrado-12 como un manto.

Ahora era el turno de Svetlana, y esta se movió diferente a Fyodor. Donde él era velocidad pura, ella era fluidez líquida. Se deslizó entre las sombras, su delgado cuerpo contorsionándose para pasar por aberturas imposibles. El primer centinela estaba junto a un vehículo blindado, fumando un cigarrillo que brillaba en la oscuridad como una luciérnaga condenada. Ni siquiera vio la silueta que se desprendió de la sombra del vehículo. Solo sintió un brazo delgado pero fuerte como acero alrededor de su cuello, y el shink húmedo de una garra ultrafina que perforó su yugular desde un ángulo imposible. Cayó sin un sonido.

Svetlana no se detuvo. Se convirtió en el silencio personificado. Subió a una torre de vigilancia donde dos soldados estaban maldiciendo la falla eléctrica. Entró por la escotilla inferior. Lo que siguió fue un ballet de muerte: un giro, un destello de garras que reflejaron la tenue luz de las estrellas, dos cuerpos que se desplomaron con gargantas abiertas de par en par. Su respiración ni siquiera se aceleró.

Durante dos horas, el dúo trabajó. Fyodor desactivaba comunicaciones, abría puertas, creaba caminos. Svetlana cazaba. No hubo alarmas. No hubo disparos. Solo el ocasional gorgoteo ahogado, el roce de un cuerpo siendo arrastrado, el drip-drip de sangre sobre nieve virgen.

Al amanecer, cuando el primer teniente enviado a investigar la falta de comunicación entró a la base, encontró una escena de pesadilla surrealista. La instalación estaba intacta. Los equipos funcionaban, Fyodor había restaurado la energía. Los vehículos estaban alineados. Pero no había una sola alma viva.

Y en el depósito de combustible principal, escrito con aceite de motor sobre el acero pulido, brillaba el mensaje: una "W" estilizada que se enroscaba como una serpiente constrictora alrededor de la silueta de un lobo con la cabeza alzada en un aullido eterno. El símbolo de World Exploration. No era vandalismo. Era una firma.

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Puente Transiberiano, Tramo 45 10:32 horas.

El puente se alzaba sobre el abismo como un coloso de acero y orgullo soviético. Mil metros de longitud, el único enlace ferroviario vital para mover tropas hacia el este. El ejército ruso lo había preparado para la demolición: cargas explosivas estratégicamente colocadas, zapadores listos, órdenes estrictas.

Ivan apareció como un espectáculo de terror deliberado. No se infiltró. Cargó.

Salió del bosque nevado al amanecer, su masa de dos metros y medio de músculo puro y cicatrices brillantes a la luz del sol naciente. Llevaba lo que quedaba de un uniforme Spetsnaz, desgarrado por músculos que seguían creciendo. Cuando el primer puesto de control abrió fuego, las balas de 7.62mm le impactaron en el pecho. Se estremeció, como si le hubieran arrojado guijarros. Los orificios sangraron un instante antes de cerrarse con un sonido de carne apretándose.

Ivan rugió, un sonido que compitió con el viento del abismo, y embistió. La barricada de sacos terreros y alambre de púas voló como juguete. Los soldados retrocedieron, disparando frenéticos. Una ráfaga le arrancó un trozo de hombro. Ivan ni siquiera disminuyó la velocidad. Agarró a un soldado que intentaba recargar y lo lanzó por encima del barandal del puente. El grito del hombre se perdió en el vacío.

Mientras Ivan era el caos hecho carne, Vassil era la muerte silenciosa. Se había posicionado horas antes en un acantilado a 800 metros de distancia, envuelto en un camuflaje térmico especial. No usaba un rifle normal. Usaba un monstuo experimental de 20mm, un arma antimaterial que ningún humano podría disparar sin trípode. Vassil lo sostenía como si fuera una carabina, sus huesos modificados absorbiendo el retroceso.




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