El Origen

Capítulo VI

El mundo arriba ardía. Mueller lo sabía. Las pocas y entrecortadas transmisiones que captaba su radio de onda corta, escondido en las profundidades de Moscú, hablaban de caos, de ataques bestiales, de una guerra invisible. Él lo había previsto. Él lo había creado. Y ahora, mientras James Dark jugaba a ser Dios con su manada de monstruos y el oso ruso cargaba con furia ciega, Mueller había encontrado su propio cielo… o su propio infierno.

No estaba en un laboratorio brillante. Estaba en las entrañas podridas de la ciudad. Un tramo abandonado de los túneles del metro, sellado en los años 50 y olvidado por todos. El aire era espeso, cargado con el olor a óxido, humedad y el constante zumbido de un generador diésel que robaba combustible de tuberías cercanas. La luz provenía de lámparas LED alimentadas por baterías, proyectando sombras danzantes en las paredes de concreto cubiertas de musgo y grafiti antiguo.

Este era su nuevo reino: "El Vagón". Un laboratorio de pesadilla montado dentro de dos coches de metro oxidados. Por fuera, era chatarra. Por dentro, era un santuario de ciencia perversa. Mueller había robado lo más preciado antes de su destierro: muestras criogénicas. Sangre de Aleksander Solovyev. Tejido muscular. Fragmentos de hueso con la médula aún vital. Y lo más importante: una copia encriptada de la secuencia completa del Genoma BQ25.

—El error no fue la ciencia —murmuraba para sí, mientras ajustaba el flujo de un bioreactor que zumbaba como un enjambre de insectos metálicos—. El error fue la aplicación. Dark es un carnicero. Un vendedor de humo. Él quiere armas. Yo… yo busco la perfección.

Su remordimiento era una fina capa de escarcha sobre un océano de ambición congelada. Por las noches, sudaba frío, atormentado por la imagen de Aleksander gritando el nombre de su hermana. Pero al amanecer o lo que parecía el amanecer en su eterna noche subterránea, la obsesión lo devoraba de nuevo. Dark había creado un Alfa emocional, roto, lleno de un odio que lo hacía impredecible. ¿Y si se podía refinar? ¿Extraer la debilidad? ¿Crear un organismo puro, libre de las cadenas del sentimiento y el dolor?

El Proyecto: "Cain". Un clon. Una versión mejorada.

—Sin hermana por la que llorar —musitó, inyectando un vial de sangre ámbar de Aleksander en un útero artificial de su propia creación, una cápsula de cristal llena de un líquido nutritivo que brillaba con una luz fantasmal—. Sin madre por la que sufrir. Sin recuerdos. Solo instinto. Solo propósito. La perfecta máquina de guerra.

El proceso era lento, pero grotescamente bello. Mueller observaba, hora tras hora, cómo las células se dividían en el biorreactor. No crecía un feto. Crecía una forma acelerada, una silueta humana que se desarrollaba a un ritmo antinatural, alimentada por cócteles de hormonas de crecimiento derivadas del BQ25 y bañada en radiación UV para estimular la mutación controlada.

—Los mismos componentes —le explicaba a nadie, a las sombras, a su propia locura—. La misma base genética sublime. Pero la receta… la receta es diferente. Menos córtex prefrontal. Más sistema límbico primario. Menos conexiones de empatía. Más… obediencia pura.

Usó su propio ADN como plantilla estabilizadora, para "anclar" la secuencia lupina a algo familiar, controlable. Era su hijo, en el sentido más retorcido y blasfemo posible. Su obra maestra definitiva.

El sonido del generador era el latido de su mundo. La criatura en el útero artificial crecía. No como un niño, sino como un ser contrahecho, luego como un joven. Sus músculos se definieron con una rapidez obscena. Su estructura ósea se densificó. A través del cristal, se podían ver sus ojos, cerrados, pero los párpados a veces se movían bajo una fina capa de piel, como si soñara con cazar.

Finalmente, el día llegó. El líquido nutriente se drenó con un silbido. La criatura tosió, un sonido seco y áspero, y abrió los ojos.

Oro. Pero no era el oro ardiente, inteligente y torturado de Aleksander. Era un oro plano, metálico, como el de una moneda vieja. Vacío. No hubo reconocimiento. No hubo confusión. Solo una mirada que escaneó el entorno con la curiosidad fría de un depredador recién nacido.

Mueller, temblando de emoción y algo de miedo, abrió la cápsula. —Bienvenido, Cain —susurró.

La criatura, el clon, se incorporó. Sus movimientos fueron fluidos, poderosos, pero carentes de la gracia felina de Aleksander. Eran eficientes. Mecánicos. Olfateó el aire. Sus ojos se posaron en Mueller. No hubo vínculo. No hubo odio. Solo… evaluación.

—Sujeto Cain —dijo Mueller, intentando imponer autoridad—. Levántate.

Cain obedeció de inmediato. Se puso de pie, desnudo y perfecto como una estatua de marfil y músculo. Era ligeramente más alto que Aleksander, sus rasgos una copia casi exacta pero pulidos, más fríos, como si le hubieran limado todas las asperezas que dan carácter.

Las pruebas comenzaron. Mueller le mostró imágenes de soldados rusos en una pantalla. —Amenaza —dijo.

Cain gruñó, un sonido bajo y sin emoción, como el de una máquina con un fallo. Sus músculos se tensaron.

Mueller le mostró el símbolo de World Exploration. —Enemigo.

Cain mostró los dientes, una mueca perfecta pero vacía.

Luego vino la prueba de dolor. Mueller, con mano temblorosa, usó un taser modificado en el brazo de Cain. El voltaje habría derribado a un caballo. Cain ni siquiera parpadeó. Su mirada dorada se desvió del punto de impacto hacia Mueller, como preguntando si eso era todo.

—Increíble —jadeó Mueller, una sonrisa de triunfo demencial dibujándose en su rostro demacrado—. ¡No siente nada! ¡Es perfecto!

Pero en su éxtasis, no vio lo que cualquiera con algo de humanidad habría visto: la absoluta y terrorífica nada en esos ojos. Aleksander era un volcán de emociones reprimidas. Cain era un pozo seco. Un vacío. Y la naturaleza aborrece el vacío.

Esa noche, Mueller celebró con vodka adulterado. Mientras dormía una sueño intranquilo en su litera oxidada, un sonido lo despertó. Un clic metálico. Se incorporó, su corazón latiendo con fuerza. Cain estaba de pie en medio del laboratorio. Había encontrado el contenedor criogénico donde Mueller guardaba las muestras restantes de Aleksander. Con una precisión inquietante, había manipulado la cerradura.




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