El Origen del Mal

Capitulo veintisiete

         

 

 

 

         No estoy orgullosa, la verdad es que la sensación que tengo en el pecho y el hormigueo en mi cara son la prueba de eso, pero extrañamente lo necesito, lo necesito tanto como que aire entre y salga de mis pulmones.

          Hemos estado estacionados frente a la casa oscura por varias horas, cuando aún el sol ni siquiera se había desvanecido por completo. Laika y Cypriam han dicho muy poca cosa en ese tiempo, de igual manera no he estado más que sumergida en mi cabeza, repitiendo por simple gusto retorcido todo lo que ha pasado hasta este mes, hasta esta semana, hasta este día, a esta hora y este ascendente minuto que crece y crece apunto de crearme un agujero en el cuerpo.

         Laika se acomoda en el espacio que queda entre los dos asientos delanteros y pone una foto sobre mis muslos, cubiertos de tela dura.

        Que lo haga tan de pronto se me hace una sorpresa casi espeluznante, así que no me queda otra opción que despertar de mis pensamientos y poner mis ojos sobre el papel. Podría encender la lámpara interna del coche, pero no lo hago, la luz de los autos que pasan es suficiente para verlo de reojo, no necesito ver mas que eso.

         Sus rostros ya ni siquiera son importantes, así como las ochrannys se convirtieron en replicas exactas la una de la otra, así mismo son quienes están en estas fotografías. De nada me vale grabarme del todo sus rostros, si son los que posiblemente jamás volveré a ver, al menos no en vida. Y creo que lo más deprimente es el cómo Cypriam tuvo razón todo el tiempo. Aunque quizás no tenga en esto tanto como él, unos más y uno menos realmente deja de tener significado.

         En otra ocasión hubiese puesto mis ojos sobre él, desesperada, con las lagrimas apunto de salir y un nudo asfixiante en mi corazón. Le preguntaría un por qué, por qué tengo que hacer esto y por qué no solo podemos irnos lejos, pero él ya no es mi amigo, si es que alguna vez lo fue, y él no tuvo respuestas antes, no las tendrá ahora. Ya no las necesito, porque haré lo que tenga que hacer sin siquiera darme el lujo de tener una razón, solo el deber, sea cual sea.

        ―Comenzaremos con las piezas menos importantes ―dice Laika, y no entiendo realmente a los que se refiere.

        ―¿De qué hablas? ―pregunto en una voz que sale ronca, por todo el tiempo que he estado en silencio y con ganas de llorar detrás.

         Me aclaro la garganta y trato de que mi vista enfoque a la chica que me habla.

        ―Si eliminamos a los nuevos más importantes para Leónidas, él notara su ausencia, y sabrá que algo anda mal ―me explica. Ella tiene la razón.

         Realmente mis ganas son de ir directamente de regreso a casa y solo apuntarle en la cabeza, disparar sin decir nada y que todo esto termine al fin, pero no lo haría, no hay forma de que termine tan fácil aunque quisiera; porque entonces otro vendrá, y detrás de ese vendría otro más, más gente moriría, más chicas como yo tendrían que sobrevivir en el intento de vivir y mas chicas como Leiza terminarían justo como ella lo ha hecho.

          ―Hedeon Smirnov ―empieza Cypriam. Aunque hay una densa oscuridad entre nosotros veo de momento que sus ojos verdes me encuentran al instante en el retrovisor.― Tiene solo veintitrés, pero ya está al mando del negocio familiar.

         Trato de no hacer contacto visual con él, así que me esfuerzo por mirar más allá del portón de la gran casa.

         ―¿Y su familia?

          ―Su padre era uno de los colegas de Nikolai ―Laika entra en la conversacion para aclarar mi pregunta, tambien trata de mirar hacia la casa―, murió la noche del tiroteo, no dudo en lo que el mismo Hedeon lo haya matado.

         Esa noche muchos aprovecharon para hacer cosas sin dejar rastro.

        De haber sabido, yo también hubiese aprovechado tan buena oportunidad. y pensar que tuve enfrente a Nikolai, a Leonidas, a Macha y por supuesto a River. Estuve armada, y con mi rapidez y puntería pude haberlos matado más deprisa de lo que me hubiese gustado, pero no lo hice.

         Estar aquí y tener que hacer estas cosas es el resultado de eso.

         ―Vivían en una mansión a las afueras de esta ciudad ―sigue mi escolta―pero esta es una especie de residencia alternativa que le obsequiaron sus padres cuando cumplió dieciocho.

Me pregunto que me hubiese regalado Nikolai, si es que sobrevivo para entonces.

          ―¿Cual es el negocio familiar?―inquiero por sobre mi hombro.

          ―Dirigen una agencia de damas de compania.

         Esbozo una media sonrisa, prostitución más bien―¿Y al menos esas chicas están ahí por su voluntad? ―elevo una ceja, aunque la única que lo nota soy yo, en el reflejo del cristal.

         Laika se ríe, esa respuesta es suficiente para mí.

          El corazón se me sobresalta de momento, por la fuerte música con la que llega en un auto rojo reluciente. Detrás de él, unos cuantos autos más.

        ―Bueno, no parece muy triste con lo de su pérdida ―comenta Laika.

        La casa que hacía minutos estaba inundada de oscuridad, se ha encendido en colores vivos y una ola de música estruendosa. También el bullicio y las risas de chicas que salen sostenidas del que supongo es Hedeon.

         No hay que ser demasiado inteligentes, está sin duda siendo el centro de atención.

         Tiene un aire de River North que traspasa los vidrios del coche y se me mete directo por la nariz. Aprieto los labios, y me dispongo a salir del auto.

         ―Agatha ―nombra Cypriam antes de que termine de abrir la puerta.

          Me da como opción una de las armas que traje antes y mis ya conocidas tijeras. Las miro unos segundos, las tomo ambas, meto las tijeras en la parte trasera de mi pantalón y quito el seguro del arma.




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